
Tomando como referencia los nefastos dichos del cantante de cumbia, la autora de esta columna plantea que "cuando un hombre público se burla del empoderamiento, no está creando el problema; lo está revelando. Está mostrando la fisura. Y la fisura duele. Ya no somos las mismas, ya no aceptamos el chiste fácil, ya no nos reímos por cortesía".
Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
¿Vieron la última movida de Américo? Por si alguien estuvo debajo de una piedra o decidió proteger su salud mental, lo resumo: en pleno show lanzó esa frase que ya es síntoma de época —“¿Por qué son así? ¿Por qué se empoderaron? ¿Qué les pasó?”— y remató con un “Te odio, Shakira” que pretendía ser gracioso, pero sonó más a berrinche que a ironía. No lo cito para cancelarlo, ni porque crea que un cantante concentra los males del mundo. Lo traigo porque en esa frase hay algo obscenamente revelador. Es una radiografía del malestar masculino cuando el monopolio del poder empieza a resquebrajarse.
No es una anécdota. Es una estructura hablando por su boca.
Hay algo casi tierno en la pregunta “¿qué les pasó?”. Como si el empoderamiento femenino fuera una enfermedad autoinmune. Como si un día nos hubiéramos despertado poseídas por un virus ideológico que nos hizo exigir igualdad salarial, denunciar violencia, hablar de consentimiento y dejar de agradecer migajas emocionales. ¿Qué nos pasó? Nos pasó la historia. Nos pasó el cuerpo. Nos pasaron los golpes, simbólicos y no simbólicos durante siglos. Nos pasó que nos cansamos.
Cuando Pierre Bourdieu hablaba de violencia simbólica no estaba escribiendo para decorar bibliotecas progresistas; estaba describiendo la forma más eficaz de dominación: aquella que no necesita puños porque habita el lenguaje, el gesto, la risa cómplice. La violencia que hace que una frase como esa parezca “solo una opinión” o “solo humor”. El humor es un dispositivo político. Lo sabía Freud y lo sabe cualquier comediante decente. Reírse de algo es fijar jerarquías. Y cuando un hombre pregunta por qué nos empoderamos, lo que está diciendo es: yo estaba cómodo antes.
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El problema no es que un cantante diga algo “torpe”. El problema es que esa torpeza encuentra eco. Que miles asienten porque sienten que algo se les escapó de las manos. Rita Segato lo ha dicho con una claridad que incomoda: la violencia contra las mujeres no es un asunto privado, es un mensaje disciplinador. Cuando el orden patriarcal se siente amenazado, reacciona. No necesariamente con un golpe —aunque demasiadas veces sí— sino con burla, descrédito, desprecio. La masculinidad hegemónica se construyó históricamente en torno al dominio. Cuando ese dominio se cuestiona, algunos hombres no saben quiénes son sin él. Y en esa crisis identitaria, la reacción puede volverse más agresiva.
En Chile, esa estructura no es abstracta. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Violencia contra las Mujeres del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, aproximadamente un 22% de las mujeres ha experimentado algún tipo de violencia —física, psicológica o sexual— en el último año. A su vez, datos oficiales del Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (SernamEG) y del Ministerio Público indican que solo el año pasado se registraron decenas de femicidios consumados y cientos de femicidios frustrados, además de miles de denuncias por delitos sexuales. Las estadísticas de violencia intrafamiliar reportadas por la Subsecretaría de Prevención del Delito muestran, consistentemente, que la mayoría de las víctimas son mujeres. No son números fríos; son cuerpos, son biografías truncadas, son niñas aprendiendo demasiado pronto que el mundo no es un lugar neutro.
Y entonces aparece la pregunta indignada: “¿por qué se empoderaron?”. Y lo digo sin eufemismos: porque estamos hartas de que nos maten, de que nos violen, de que nos paguen menos, de que nos digan locas cuando señalamos abusos, de que nos pidan ternura mientras nos agreden. Porque el empoderamiento no es una moda instagramera, es una estrategia de supervivencia.
El “Te odio, Shakira” no es sobre Shakira. Es sobre el castigo simbólico a la mujer que habla demasiado alto, demasiado claro, demasiado rentable. Es el viejo mandato: puedes sufrir, pero no lo politices; puedes llorar, pero no factures; puedes ser traicionada, pero no incomodes. Y ahí está el punto. No es ella. Es lo que representa en el imaginario colectivo: una mujer que no se disculpa por existir en voz alta.
Judith Butler lleva décadas insistiendo en que el género no es esencia sino performance reiterada. Lo que estamos viendo es una performance masculina en crisis. Cuando ese guion se altera, cuando la mujer nombra la violencia, cuando exige reciprocidad, cuando se va, el escenario se vuelve inestable.
Y aquí es donde quiero ser incómoda: muchas relaciones heterosexuales han funcionado históricamente como pequeñas monarquías. Él administra el poder simbólico y económico; ella gestiona el afecto. Él tiene margen de error; ella tiene deber de comprensión. Cuando esa ecuación se rompe, cuando ella dice “no más”, el sistema entero cruje. No porque el amor haya muerto, sino porque el privilegio fue cuestionado.
Bell Hooks hablaba del amor como práctica de libertad. Pero para que el amor sea práctica de libertad tiene que haber igualdad real. No puede haber amor e intimidad donde hay miedo y jerarquía. En ese sentido, el empoderamiento femenino no destruye el amor; destruye la dominación disfrazada de romance.
Lo más interesante —y más peligroso— es cómo se nos culpa por la reacción masculina. “Se empoderaron y ahora los hombres están confundidos”. “Hablan mucho y por eso hay polarización”. Es el viejo mecanismo de inversión: la víctima como provocadora. Si los hombres se sienten desplazados, ¿no será que estaban demasiado cómodos en una posición de ventaja?
No estoy diciendo que todos los hombres sean violentos. Estoy diciendo que todos habitamos una estructura que normalizó la desigualdad. Y cuando esa desigualdad se cuestiona, hay resistencia. A veces elegante, a veces grotesca. A veces en forma de editorial solemne, a veces en forma de chiste de escenario.
Yo escribo esto porque me niego a que normalicemos la pregunta equivocada. Porque esto no va de funar a alguien. Va de entender por qué una frase aparentemente banal condensa tanto resentimiento.
La violencia simbólica prepara el terreno para la violencia material. Cuando se ridiculiza el empoderamiento, se trivializa la denuncia. Cuando se caricaturiza el feminismo, se debilita su legitimidad. Y cuando se debilita esa legitimidad, se fortalece el silencio y el silencio es el mejor aliado del abuso.
En Chile, miles de mujeres denuncian cada año agresiones que ocurren en el espacio íntimo. El hogar sigue siendo uno de los lugares más peligrosos para nosotras. Y aun así, se nos pregunta por qué “somos así”. Como si la exigencia de dignidad fuera un capricho generacional.
El feminismo no es una guerra contra los hombres, sino contra el sistema que los educa para dominar y a nosotras para soportar. Esa distinción es crucial. Porque si reducimos todo a una pelea de sexos, perdemos de vista el entramado económico, cultural y político que sostiene la desigualdad.
El neoliberalismo chileno, con su culto al éxito individual, ha sido particularmente eficaz en invisibilizar las estructuras. Si te va mal, es tu culpa. Si sufres violencia, “elige mejor”. Si te pagan menos, “negocia mejor”. El feminismo viene a decir algo incómodo: no, no es solo individual. Hay patrones. Hay estadísticas. Hay distribución desigual del poder.
Cuando un hombre público se burla del empoderamiento, no está creando el problema; lo está revelando. Está mostrando la fisura. Y la fisura duele. Ya no somos las mismas, ya no aceptamos el chiste fácil, ya no nos reímos por cortesía.
“¿Qué les pasó?” Nos pasó que leímos. Que nos encontramos. Que escuchamos a otras. Que entendimos que lo que creíamos fracaso personal era opresión estructural. Que el gaslighting no era sensibilidad excesiva, sino manipulación. Que el celo “romántico” es control y que el silencio es miedo.
Y sí, cuando el poder se redistribuye, hay conflicto. Segato advierte que los momentos de transición pueden intensificar la violencia porque el patriarcado se defiende. Pero esa defensa es precisamente la prueba de que el cambio está en marcha.
No quiero un mundo donde los hombres se sientan humillados. Quiero un mundo donde no necesiten humillar para sentirse alguien. Donde el empoderamiento femenino no se viva como amenaza sino como oportunidad de vínculo más justo. Pero para llegar ahí, hay que atravesar esta incomodidad. Hay que dejar de preguntarnos por qué nos empoderamos y empezar a preguntarnos por qué la igualdad provoca tanto pánico.
Así que no, no voy a responder con dulzura pedagógica. No voy a explicar una vez más por qué tenemos derecho a existir sin violencia. El empoderamiento no necesita permiso. No necesita aprobación masculina. Es, simplemente, la consecuencia lógica de siglos de subordinación.
Si a alguien le incomoda, quizás la pregunta correcta no es “¿qué les pasó?”, sino “¿qué pierdo yo cuando ellas ganan?”. Y si la respuesta es poder, control, centralidad absoluta, entonces estamos hablando exactamente de lo que había que perder.
Esto no va de un cantante. Va de una estructura que se resiste a morir. Y cada vez que alguien pregunta por qué nos empoderamos, confirma que el proceso es irreversible. Porque si el empoderamiento fuera irrelevante, no generaría tanto ruido.
Nos empoderamos porque la historia nos enseñó que callar es morir en vida. No es un capricho, ni una moda, ni un desahogo superficial: es la respuesta inevitable de quienes saben que la violencia y la desigualdad no son destino, sino estructura que se puede cambiar.