
La autora de esta columna contrapone la mirada de la administración Kast, señalando que "la cultura importa. No como decoración, no como industria del entretenimiento, no como soft power de marca-país. Importa porque los seres humanos no solo necesitan empleo. Necesitan significado".
Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
El presidente Kast dijo algo la semana pasada. No fue un lapsus ni una broma fuera de micrófono: fue una declaración pública, frente a autoridades y académicos en Valdivia, con toda la intención del mundo. Dijo que los recursos destinados a investigación universitaria terminan en "un libro precioso, empastado, en la biblioteca", sin generar ningún empleo. Y lo dijo como quien revela algo que el resto finge no ver.
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Cuesta saber por dónde empezar. ¿Cuántos trabajos produjo la teoría de la relatividad antes de que existiera el GPS? ¿Qué retorno de inversión tuvo Papelucho, ese libro que Marcela Paz escribió y que durante décadas le explicó a los niños chilenos que leer podía ser placer, que la infancia podía ser narrada, que existían palabras para lo que uno sentía? ¿Y Neruda? ¿Y Mistral, que le dio al país un Nobel? ¿Y Nicanor Parra, que dinamitó el lenguaje poético con herramientas que cualquier oficina de productividad habría desechado? ¿Y Alejandro Zambra, cuyos libros circulan en universidades de todo el mundo y hacen que Chile exista literariamente más allá de sus fronteras?
La pregunta es absurda. Y es absurda precisamente porque revela lo absurdo de la lógica que la origina.
El desprecio del pensamiento
Lo que Kast expresó no es solo una opinión sobre el presupuesto universitario. Es algo más antiguo y peligroso: la convicción de que el valor de una cosa es idéntico al precio que alguien está dispuesto a pagar por ella. Lo que no tiene precio no tiene valor. Lo que no genera empleo de forma inmediata y visible es un gasto que no se justifica.
Pero esta lógica no opera sola. Se instala sobre un terreno que ya ha sido preparado. En La batalla del pensamiento, el filósofo Amador Fernández-Savater describe cómo el pensamiento está hoy cercado por todos los flancos: en los medios, por el régimen de la opinión superficial; en la política, por la obligación de tomar partido en un espacio polarizado; en la vida cotidiana, por los automatismos tecnológicos que dirigen nuestra percepción sin que lo advirtamos. El resultado no es solo que pensamos menos: es que hemos llegado a sospechar del pensamiento mismo, a confundir la reflexión con la pérdida de tiempo, la duda con la debilidad, la complejidad con la extravagancia. Lo que Kast dijo en Valdivia es la expresión más descarnada de ese cerco desde el poder del Estado.
Porque lo verdaderamente inquietante no es la ignorancia pasiva —la de quien no sabe porque no tuvo acceso. Es la ignorancia activa, la que elige no saber, la que renuncia a la elaboración crítica en favor de la certeza rápida y la consigna lista. Esa renuncia no es nueva ni exclusiva de la derecha chilena: es un síntoma de época, una tendencia que atraviesa culturas y espectros políticos. Pero cuando llega al poder ejecutivo, deja de ser un problema cultural para convertirse en política de Estado.
David Graeber documentó durante años cómo las sociedades contemporáneas han construido una moral del trabajo productivo tan estrecha que terminó por excluir de su definición de "valor" casi todo lo que hace que la vida valga la pena: el cuidado, el arte, el pensamiento, la investigación sin aplicación inmediata. Y Hannah Arendt fue más lejos: no llamaba a esto ignorancia sino ausencia de pensamiento, la incapacidad —o la negativa— a detenerse, a dudar, a preguntarse por qué. Eichmann no era un monstruo, escribió Arendt; era un funcionario que no pensaba. La banalidad del mal no requiere malevolencia. Requiere solo esa particular forma de eficiencia que prescinde de la reflexión.
La declaración de Kast sobre los libros es banal en ese sentido. No es una declaración de guerra a la cultura. Es peor: es una declaración de indiferencia.
Los números que no caben en un discurso
Los países que Kast quiere que Chile imite —los desarrollados, los eficientes, los que crecen— invierten en investigación y desarrollo cifras que harían ruborizar a cualquiera que haya intentado conseguir un Fondecyt. Corea del Sur destina el 5% de su PIB a I+D. Suecia, el 3,6%. Estados Unidos, el 3,4%. El promedio de los países de la OCDE es de 2,7%.
Chile: 0,39%.
No es un error tipográfico. Cero coma treinta y nueve por ciento. Eso nos sitúa en los últimos puestos del bloque, superando apenas a México, Colombia y Costa Rica. Somos, en términos de inversión en conocimiento, el alumno que copia mal el modelo que dice admirar.
Lo que Kast no dice —quizás porque no lo sabe, quizás porque le es indiferente— es que esos libros empastados que tanto le irritan son exactamente la condición de posibilidad del desarrollo que dice querer. Los países que lideran en innovación tecnológica, en salud, en energía, en productividad, son los mismos que llevan décadas financiando investigación básica sin exigirle rentabilidad inmediata. La investigación que parece inútil hoy es, con frecuencia, la base de la industria de mañana.
Lo que cuesta pensar en Chile
Hablo también desde adentro. Tere Paneque, astrónoma de la Universidad de Chile, acaba de liderar el hallazgo de agua pesada en un cometa interestelar —un hito científico global— usando el radiotelescopio ALMA, instalado en el norte de este mismo país que le niega financiamiento a sus investigadores. Hace meses recibió el equivalente al Oscar de la comunicación científica en Estados Unidos. Fue formada aquí. Tuvo que irse para poder hacer ciencia de verdad.
Eso también es un dato.
Como investigadora, puedo decir con precisión lo que significa intentar producir conocimiento en condiciones de precariedad estructural: los fondos que no alcanzan, los proyectos que se rechazan por falta de presupuesto, los contratos que no se renuevan, la imposibilidad real de vivir de la investigación en Chile sin combinarla con tres trabajos más. No es una queja personal. Es un síntoma de un sistema que ha decidido, antes que Kast y más allá de él, que pensar es un lujo que Chile no puede darse.
Y sin embargo, seguimos. Porque la investigación —también la humanística, también la que termina en un libro— no es un adorno de países ricos. Es lo que produce los conceptos con los que una sociedad se entiende a sí misma, diagnostica sus problemas, imagina sus salidas. Sin pensamiento crítico no hay democracia real. Sin ciencias sociales no hay política pública inteligente. Sin humanidades no hay memoria. Y sin memoria, una sociedad repite.
Chile tiene una historia muy concreta de lo que pasa cuando alguien decide que pensar es peligroso o innecesario. No hace falta ir muy lejos en el calendario para recordarlo.
La belleza también construye
Hay algo más que quiero decir, y es lo más difícil de argumentar en el lenguaje del presidente: la belleza importa. La cultura importa. No como decoración, no como industria del entretenimiento, no como soft power de marca-país. Importa porque los seres humanos no solo necesitan empleo. Necesitan significado.
Los países que mejor viven —no solo los que más crecen— son los que han entendido que la calidad de vida de una sociedad no se mide únicamente en puntos de PIB. Se mide también en la capacidad de sus ciudadanos para leer, para preguntarse, para disentir, para crear. En el grosor de su vida cultural. En si sus universidades son lugares de pensamiento libre o fábricas de capital humano.
Un libro empastado en una biblioteca no es el fracaso de la inversión pública. Es, a veces, la prueba de que alguien tuvo el tiempo, los recursos y la libertad para pensar algo que aún no tenía precio. Gabriela Mistral escribió poesía en escuelas rurales del sur de Chile. No generó empleo. Ganó el Nobel. Le dio al país una voz en el mundo que ningún tratado de libre comercio ha igualado.
La ignorancia es atrevida. Y en Chile, esta semana, quedó muy bien empastada.