El mentiroso

El mentiroso

Para el autor de esta columna, lo que está ocurriendo "se trata de vivir con temor, de hacer del miedo un objeto de administración y de convertir la política en una técnica para dirigir los comportamientos a través de las emociones".

Por Danilo Billiard B. L| Magíster en Comunicación Política

Habría que partir de una hipótesis muy sugerente para analizar la relación consustancial entre política y retórica: que en realidad la mentira se parece a todas las figuras literarias, en la medida que nada de lo que se dice en la narrativa es verdadero, en el sentido científico de la acepción. En consecuencia, lo que llamamos certeza habría sido siempre una invención afín a las convenciones sociales de una época —certeza, dicho sea de paso, nunca dada de una vez y para siempre—, artificio humano que estructura el lenguaje a partir de un sustrato de metáforas.

En ese contexto dirá Friedrich Nietzsche —promotor de este perspectivismo— que, pese al carácter retórico de la verdad, de igual forma hay reservado un lugar de deshonra para el mentiroso. Esta figura es descrita no como alguien que distorsiona la realidad empleando falsedades, sino más bien como aquel que nos engaña sobre la naturaleza inauténtica de los discursos, haciendo pasar por esencial aquello que es ficticio.

Esta simulación es estratégica: consiste en la utilización de una quimera que se alimenta de los temores más atávicos en una sociedad, porque estamos expuestos a la violencia por el solo hecho de vivir, de modo que la promesa de erradicarla completamente —la aspiración a una seguridad absoluta— tiene una función precisa como refugio ante nuestras angustias, por cuanto la convivencia humana es por antonomasia conflictiva y porque la sociedad capitalista, conforme progresa, se vuelve cada vez más hostil.

En efecto, las expectativas que nos proporciona la política son el placebo para canalizar nuestras ilusiones; por lo tanto, no se trata de que seamos engañados por ignorancia. Dicho de otro modo, el problema no está ligado a la educación —como erróneamente piensa buena parte de la izquierda— sino a los afectos, protagonistas de una sociedad que atraviesa por un proceso de desintegración. 

Por lo tanto, diremos que en las ilusiones nos apoyamos para imaginar lugares idílicos que nos devuelvan o nos arrojen a un estado de plenitud que en la práctica nunca ha existido ni va a existir, por lo que el significado de semejante estrategia radica en que esas representaciones solo pueden alimentarse de un deseo deficitario. No es entonces que el deseo sea constitutivamente una carencia, sino más bien estamos ante una configuración histórica que se corresponde con la época del capitalismo.

¿Cuáles son los temores y las ilusiones que están detrás de la promesa de expulsión de miles de migrantes en tan solo unas semanas? El miedo que comporta el racismo, que desencadena el odio contra los cuerpos indeseados, junto con la ilusión de un país higienizado, una nación auténtica y sin hibridaciones culturales que la desordenen y la contaminen. Es decir, la promesa de José Antonio Kast efectivamente tiene eficacia por su carácter metafórico, hiperbólico —o como él quiera llamarle—, por cuanto fortalece las subjetivaciones afines a su proyecto de sociedad.

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Dicho programa consiste en una oferta de protección que necesita de la perpetuación de una amenaza constante, la cual garantice la masificación capilar del control sobre los comportamientos. Su consecuencia no puede ser otra que la paranoia generalizada y la desintegración de los vínculos sociales que provocan aislamiento y desamparo en los individuos. Por eso, detrás del triunfo electoral de Kast no existe un movimiento sólido que pueda actuar como base de apoyo de su programa de gobierno.

Lo que explica su victoria es la misma crisis que estalló en octubre de 2019. En ese escenario, no puede pasarse por alto que la política de seguridad está estrechamente vinculada al dispositivo biomédico y, particularmente, al control de las epidemias (Cavalletti, 2010). Por ello, los mecanismos empleados por la política sanitaria parten de la premisa de que la principal amenaza de contagio para la población radica en sus vínculos sociales, razón por la cual estos deben ser sometidos a un estricto control estatal.

Es de esta manera que el Estado logra intervenir sobre las aglomeraciones que, durante la revuelta popular, eran un síntoma de la subversión en curso. Sin embargo, como sabemos, esto no impidió ni la propagación de los contagios ni la disminución en el número de muertes. De ahí que podamos afirmar que la forma en que los gobiernos sucesivos han abordado la crisis de seguridad pública es similar al tratamiento de un foco infeccioso que requiere medidas como el estado de excepción, la suspensión de libertades civiles, el control de los desplazamientos y la presencia de militares en las calles.

La zanja que se está construyendo en la frontera norte es tal vez la expresión de mayor espectacularidad dentro de esta mitología securitaria, la cual se despliega a través de una arquitectura hostil que ya se estaba implementando en Chile como parte de algunos planes de revitalización urbana, como las denominadas “piedras antiambulantes” ubicadas en ciertos sectores de la comuna de Estación Central. Por supuesto, esta arquitectura hostil no busca erradicar el comercio ambulante, sino desplazarlo hacia zonas periféricas con bajas proyecciones de inversión inmobiliaria.

Este fenómeno se traduce en la privatización de los vínculos sociales, pero también en un empobrecimiento del lenguaje, en la medida que nuestras experiencias se devalúan como resultado de la inmediatez y de los estímulos hostiles a los que estamos expuestos para que la oferta de protección permanezca vigente. En definitiva, se trata de vivir con temor, de hacer del miedo un objeto de administración y de convertir la política en una técnica para dirigir los comportamientos a través de las emociones.

Por eso la política, tal como existe en la actualidad, es un placebo frente a la angustia. Pero la angustia no tarda en estallar y volverse contra los mentirosos, no a causa de su engaño, sino porque lo ejercen en provecho propio y en perjuicio de los demás.

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