Los conservadores y los genitales

Los conservadores y los genitales

"Es sorprendente, en definitiva, la importancia que adquiere el falo para el contralor de genitales: ese ser fascinado por el pelo largo, las pastillas de estrógeno y la silicona."

Por Gino Briano M. Escritora.

Está claro que hoy en día se habla mucho del discurso trans, de la llamada "ideología de género". Se podría decir que es extremadamente interesante hablar sobre la identidad ajena. Resulta hilarante que se asuma que la comunidad intenta meter forzosamente su "ideología" en todas partes, cuando la realidad es que el tema solo se convierte en debate porque algunos detractores no logran comprender un concepto tan básico como que la presencia o ausencia de un falo no determina la identidad de una persona.

Esta falta de comprensión ha degenerado en un fenómeno peculiar: nos importa tanto la identidad ajena que, aparentemente, todos deberíamos llevar una banda en el antebrazo con el sexo biológico que "portamos". Lo curioso es que la duda ya ni siquiera parece venir del interés sexual por la otra persona; simplemente es una necesidad compulsiva de saber. Una voz más grave de lo esperado, unos hombros más anchos, algo más de vello facial: cualquiera de estas señales activa el instinto investigador del libertario de turno.

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Este mismo discurso que la comunidad supuestamente "fuerza" sobre los demás se ha trasladado a las grandes pantallas. Cada vez que aparece un personaje trans, gay, lesbiana o cualquier otra cosa, se convierte en motivo de debate. ¿Cómo es posible que el uno por ciento de la población aparezca en una producción de ficción? Estadísticamente improbable, dicen. La solución lógica, claro está, sería organizar el streaming como cierto otro tipo de industria audiovisual: en vez de dividir el contenido por género —terror, acción, lo que sea— dividirlo en categorías más relevantes. Así no hay inclusión forzada porque, sencillamente, no se incluye a nadie. Completamente viable. Y profundamente absurdo.

Parece chiste, pero se le tiene tanto miedo a la gente diferente, a lo que no se entiende y no se quiere entender, que la mera aparición de estas personas en el campo visual del auditor de Joe Rogan desencadena una reacción instintiva de autodefensa. Una sensación de inseguridad. Curioso, en un hemisferio político donde la seguridad es el valor supremo.

Es sorprendente, en definitiva, la importancia que adquiere el falo para el contralor de genitales: ese ser fascinado por el pelo largo, las pastillas de estrógeno y la silicona. A veces esa importancia toma una dimensión más profunda, o quizás es un anhelo de esa profundidad. Porque es una temática que, dicen, requiere seriedad y análisis agudo.

Lástima que el análisis, cuando finalmente llega, suele apuntar hacia adentro — y ese, para el conservador militante, es el único territorio verdaderamente inexplorado. Tal vez porque temen que, al dejar de vigilar los genitales ajenos, descubran que lo que realmente necesitan proteger no es la biología, sino la fragilidad de un ego que depende de ella para existir. Al final, cabe preguntarse: ¿es realmente un debate sobre identidad, o solo el pánico de quien sabe que la suya propia es demasiado frágil para soportar la libertad del otro?

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