
¿Puede ser la irrelevancia y la levedad política el sustrato de un desastre? Sí, eso ocurrió este domingo.
Desde hace bastante tiempo, las alocuciones del presidente Gabriel Boric se oyen como un montón de palabras vanas, carentes de sentido, flatus vocis -como dirían los antiguos romanos- y sí, también se perciben como un flato mefítico.
Cuando Boric ganó las elecciones el 2021, lo hizo comprometiéndose al establecimiento de derechos sociales, superando al menos algunos enclaves neoliberales, como el sistema de AFP, la desindustrialización, el actual régimen tributario regresivo y groseramente ventajoso para los ricos y súper ricos, la educación y la salud como un negocio. Nada de esto tuvo siquiera un debate a través del cual la ciudadanía fuera partícipe, en ninguna de estas áreas se puede decir que se está mejor, al contrario, el resultado de dejar todo intacto durante estos cuatro años es apreciado como un agravamiento de los problemas que ya tienen larga data en el país.
Alguien podría esgrimir que no tuvo quórum favorable, por ejemplo, para una reforma tributaria o para construir un auténtico sistema previsional y no acabar con una reforma que favorece aún más a las AFP. No obstante, cuando los problemas políticos son entendidos como tales y no como disputas banales, se buscan diversas vías para que la voluntad popular se materialice en fuerza propulsora de los cambios necesarios, de eso se trata también la democracia.
Pero estamos pidiéndole peras al olmo, estamos pidiéndole una política democrática de comunicación al gobierno que mantuvo el financiamiento del oligopolio de la prensa a través del avisaje estatal y permitió que TVN siguiera funcionando como un canal que transmite la misma bazofia que cualquier otro; le estamos pidiendo fortalecimiento sindical a través de la negociación ramal a un gobierno que se sentó en los laureles de la disminución progresiva de la jornada laboral en 40 horas, sin darse por enterado que la mayoría la no goza, por estar sujeto al modo arbitrario en que el empleador la administra, porque deben seguir haciendo horas extras o hacer otra labor para generar un salario que les permita vivir o, sencillamente, porque trabajan en la informalidad y/o en el cuentapropismo.
En suma, la realidad de la clase trabajadora y la política parece muy agobiante para ser comprendida por las cabecitas gubernamentales, ávidas de autocomplacencia, que se ufanan al vociferar que "Chile es un hermoso país", que "nuestra institucionalidad es fuerte" y "democracia siempre".
El 12 de marzo de 2022 afirmamos: "El desembarco de la vieja Concertación en la cobertura de cargos del recién asumido gobierno trae su lastre: su defensa del orden neoliberal [...] Sería prudente que tuviera en consideración que la presidencia no se obtuvo por la sumatoria de votantes de primera vuelta aparentemente proclives, sino que por un amplio abanico que en realidad salió a votar contra Kast y los seres esperpénticos venidos con él. Ahora bien, si la política del gobierno frenteamplista no se diferencia ostensiblemente de lo que podría hacer cualquier otra coalición neoliberal, es muy probable que en las próximas elecciones no habrá la misma receptividad para el “prohibido virar a la derecha” que orientó esta vez a un segmento considerable de votantes".
Qué duda cabe, hoy las más profusas advertencias respecto al riesgo de un gobierno de Kast no fueron suficientes para frenar la indignación y una odiosidad difusa que incluso provocará autolaceración. Sin embargo, la verdad y lo que ocurra en realidad, no necesariamente será lo que se comprenda como tal. El padecimiento que viene estará sujeto a la guerra por imponer un relato interpretativo, una guerra en que la derecha históricamente se ha mostrado superior, con el dinero y el desparpajo para hacer de lo estrambótico una verdad y convertir esperpentos en ciudadanos ejemplares.
Resumen.