Disfrútalo, gózalo, báilalo, pero no lo confundas con revolución: la trampa de la política celebrity

Disfrútalo, gózalo, báilalo, pero no lo confundas con revolución: la trampa de la política celebrity

La autora de esta columna señala que el problema no es bailar, celebrar o emocionarse colectivamente, sino que es "el lugar político desmedido que hemos comenzado a otorgarle a esos gestos y la expectativa de que allí —en el espectáculo— esté ocurriendo algo equivalente a la movilización política real".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

Hay algo profundamente revelador en la manera en que hoy reaccionamos ante cada crisis. No preguntamos primero qué ocurrió, ni quiénes son los responsables políticos, ni qué se está haciendo a nivel comunitario o institucional para enfrentarla. Lo primero que emerge, casi de forma automática, es otra inquietud: Quién se ha pronunciado.

Si alguna celebridad publicó algo. Si tal cantante subió una historia. Si tal actor escribió un comunicado. Como si la realidad necesitara ser bendecida por la fama para existir plenamente, como si el dolor requiriera validación mediática para volverse legítimo. Hemos convertido la política en una antesala de Instagram y a las celebridades en una suerte de oráculos morales contemporáneos, depositando en ellas una esperanza que antes estaba puesta —con todos sus problemas, contradicciones y fracasos— en los movimientos sociales, en la organización colectiva, en los liderazgos políticos, en las comunidades.

Conviene aclarar algo desde el inicio: esta crítica no apunta a una figura en particular ni busca demonizar a artistas, cantantes o actores concretos. Tampoco se trata de un rechazo al entretenimiento ni a los espectáculos masivos como tales. Bailar, cantar, emocionarse colectivamente, incluso celebrar, no es el problema. El problema es otro: el lugar político desmedido que hemos comenzado a otorgarle a esos gestos y la expectativa de que allí —en el espectáculo— esté ocurriendo algo equivalente a la movilización política real.

Este desplazamiento no es casual ni superficial. Guy Debord lo anticipó con una lucidez que hoy resulta casi incómoda de leer. En la sociedad del espectáculo, escribió, la realidad se aleja en representaciones, se convierte en imágenes que ya no son un reflejo del mundo sino el mundo mismo mediado por pantallas. No vivimos los acontecimientos, los contemplamos. No participamos de la política, la consumimos como una experiencia emocional. Todo se vuelve escena, narrativa, contenido. La injusticia se estetiza. La indignación se transforma en una performance colectiva donde miles de personas reaccionan, comparten, comentan y sienten que algo ocurrió, cuando en realidad lo único que ocurrió fue una circulación masiva de símbolos.

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El espectáculo no es, en sí mismo, dañino. El daño aparece cuando lo confundimos con acción, cuando creemos que la visibilidad equivale a transformación y que la emoción compartida reemplaza al conflicto político. Allí se produce una ilusión particularmente eficaz: sentimos que algo se movió, que algo se dijo, que algo se hizo, cuando en realidad nada estructural se alteró.

En este paisaje, las celebridades no son un adorno del sistema: son su engranaje más sofisticado. Chris Rojek explica que en sociedades donde las instituciones tradicionales se han vaciado de credibilidad, las figuras famosas ocupan el lugar de referentes morales y emocionales. La fama se transforma en autoridad. Ya no miramos a quienes organizan procesos políticos, sino a quienes concentran visibilidad. No seguimos ideas, seguimos personas. No buscamos proyectos colectivos, buscamos relatos individuales con rostros conocidos. La celebridad ofrece algo que la política real no: simplicidad narrativa, emociones claras, identificación inmediata.

Pero aquí está la trampa central de nuestra época: esas mismas figuras en las que depositamos expectativas de rebeldía son, en realidad, una de las expresiones más exitosas del sistema que decimos querer transformar. No están fuera del capitalismo global, están en su corazón. Son millonarios o multimillonarios, beneficiarios directos de la concentración de riqueza, marcas internacionales con equipos de marketing, abogados, patrocinadores y contratos publicitarios. Sus carreras dependen de corporaciones, plataformas tecnológicas y conglomerados culturales que son parte fundamental del mismo orden económico que produce desigualdad, precarización y exclusión.

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Esto no implica que las celebridades mientan, ni que sus gestos carezcan de toda honestidad. Muchas veces hay convicción genuina, sensibilidad real, incluso voluntad de incomodar. El punto no es psicológico ni moral. Es estructural. El sistema puede tolerar —y rentabilizar— casi cualquier mensaje mientras no se traduzca en organización, redistribución de poder o amenaza concreta a sus intereses.

El sistema no les teme. Jamás lo ha hecho. Por el contrario, los invita, los promueve, los patrocina, les entrega micrófonos gigantescos y escenarios globales. Puedes criticar al sistema siempre y cuando esa crítica circule dentro de él y, sobre todo, siempre y cuando genere rentabilidad. De hecho, al sistema le conviene que se critique. Le sirve mostrar apertura, pluralidad, sensibilidad social. Le sirve incorporar la disidencia como parte del paisaje simbólico. Así se presenta como flexible, moderno, democrático, mientras mantiene intactas sus estructuras profundas.

Debord lo llamaría la absorción perfecta de la crítica: el espectáculo no reprime la rebeldía, la integra. La transforma en mercancía cultural. La convierte en contenido que se consume, se monetiza y se neutraliza. La rebeldía deja de ser una amenaza para convertirse en un producto más del mercado, muchas veces extremadamente lucrativo para quienes la protagonizan.

Por eso no hay ninguna contradicción real cuando una estrella pop lanza mensajes de resistencia desde plataformas repletas de publicidad de marcas globales, ni cuando denuncia desigualdades en conciertos patrocinados por bancos multinacionales, empresas tecnológicas o grandes corporaciones, ni cuando habla contra el consumismo mientras firma contratos millonarios con marcas de lujo. El mensaje crítico queda inmediatamente envuelto por otros mensajes que dicen exactamente lo contrario: compra, desea, aspira, consume, acumula. El mercado hace su trabajo con una eficacia impecable.

Cuando Bad Bunny aparece en espacios masivos hablando de injusticia social, su discurso convive, sin conflicto alguno, con anuncios de autos de alta gama, ropa de marcas nefastas, viajes exclusivos y productos inaccesibles para la mayoría de la población. Su figura —como la de tantas otras celebridades “comprometidas”— es al mismo tiempo símbolo de resistencia estética y emblema del éxito económico del capitalismo global. El mensaje de resistencia no se censura: se diluye. Se vuelve una experiencia emocional dentro de un entorno que promueve precisamente aquello que dice cuestionar. La rebeldía queda neutralizada no porque sea falsa, sino porque ha sido incorporada al circuito de producción de valor.

Y no solo incorporada: altamente rentable.

Cada pronunciamiento genera millones de interacciones. Cada polémica incrementa visibilidad. Cada gesto “valiente” fortalece marcas personales y abre nuevas oportunidades comerciales. Muchas celebridades que se posicionan como críticas del sistema firman luego contratos publicitarios con empresas que encarnan exactamente aquello que dicen cuestionar. La conciencia social se vuelve capital simbólico convertible en dinero real.

El ejemplo funciona precisamente porque es paradigmático, no excepcional. Podría tratarse de cualquier figura global. De hecho, el mecanismo es tan funcional que incluso permite que actores políticos tradicionales lo utilicen estratégicamente. No es casual que este tipo de intervenciones culturales sean el escenario perfecto para que figuras como Donald Trump aparezcan criticando a artistas después de eventos masivos como el Super Bowl. La polémica les sirve a todos: al artista, que refuerza su perfil “comprometido”; al político, que reafirma su posición ante su electorado; a los medios, que obtienen tráfico; a Zara y al sistema, que convierte el conflicto en contenido rentable. Todos salen ganando. En visibilidad, en posicionamiento simbólico y en dinero.

Y nosotros participamos activamente de ese proceso. Cada like, cada comentario, cada compartido alimenta la maquinaria. La indignación se vuelve rentable. La causa se transforma en contenido viral. La justicia en experiencia emocional. La política en espectáculo.

El resultado es perversamente eficiente: las celebridades sienten que están haciendo lo correcto al alzar la voz, el sistema se beneficia económicamente de esa visibilidad, las marcas se muestran comprometidas, las plataformas aumentan su tráfico y nosotros sentimos que estamos siendo críticos, conscientes y políticamente activos. Todos parecen ganar. Menos, por supuesto, las estructuras que generan desigualdad, explotación y concentración de poder, que permanecen exactamente igual.

Esta es la ilusión de movilización política más sofisticada de nuestra época: creer que participar emocionalmente en un espectáculo crítico equivale a disputar poder. Que compartir, comentar o defender a una celebridad comprometida es una forma de acción política. Cuando, en realidad, muchas veces funciona como su sustituto.

Rojek ayuda a entender por qué esta dinámica resulta tan seductora. Las celebridades nos ofrecen atajos emocionales. Nos permiten sentir que pertenecemos a una causa sin atravesar el conflicto real que implica transformarla. Compartir un mensaje crítico de una estrella pop es infinitamente más sencillo que organizarse en un barrio, participar en un sindicato, sostener procesos colectivos largos y muchas veces frustrantes. La política del espectáculo es rápida, estética, emotiva y sin costos personales significativos.

Nos da una dosis de conciencia sin exigir compromiso.

Por eso estamos tan pendientes de lo que dicen los famosos. No porque creamos, en el fondo, que van a cambiar el mundo, sino porque nos ofrecen una experiencia confortable de crítica. Nos permiten sentirnos del lado correcto de la historia sin incomodar a nadie, ni siquiera al sistema que dicen cuestionar y del cual se benefician directamente.

Mientras tanto, la verdadera disidencia —la que sí amenaza intereses, la que organiza, la que presiona, la que construye poder colectivo— suele ser invisible, precarizada, criminalizada o silenciada. No tiene patrocinadores. No aparece en tendencias. No es estética. No vende.

Así hemos llegado a una situación absurda: conocemos cada pronunciamiento de artistas globales, pero ignoramos qué decisiones toman nuestros representantes locales. Discutimos durante días si una cantante habló a tiempo o no, pero no participamos en espacios políticos concretos. Nos indignamos en redes sociales mientras abandonamos la organización real. La política se volvió farándula. El conflicto se volvió contenido. La esperanza se volvió espectáculo.

Por eso el capitalismo contemporáneo no censura a las celebridades críticas. Las amplifica. Las premia. Las convierte en portavoces de causas siempre y cuando esas causas circulen dentro del marco del consumo y la estética y, sobre todo, mientras sigan generando ganancias millonarias. Puedes denunciar injusticias todo lo que quieras mientras llenes estadios, aumentes reproducciones, vendas marcas y firmes contratos. Esa es la regla implícita del juego.

No se trata de dejar de escuchar música, ni de apagar pantallas, ni de renunciar al goce cultural. Se trata de dejar de confundir el goce con la política, la emoción con la transformación, el espectáculo con la acción colectiva. El entretenimiento no es el enemigo. La renuncia a la organización sí lo es.

Estamos, si no reaccionamos, condenados a que todo se vuelva imagen, performance, estilo. A la tiranía de la estética. A la política como escenografía. A la crítica como producto cultural. Porque hemos cedido a las celebridades el rol de brújulas morales y políticas de nuestra sociedad. Les entregamos la tarea de representar aquello que debería ser un proceso colectivo.

Tal vez el primer paso sea dejar de mirar hacia arriba buscando salvadores mediáticos. Entender que ningún artista multimillonario, por más honesto que sea en su intención, va a desmantelar estructuras de poder que se sostienen en intereses económicos gigantescos. Que ninguna celebridad va a reemplazar la organización social. Que ninguna historia viral va a hacer la revolución.

La transformación real, si llega, no va a venir envuelta en luces de escenario ni acompañada de patrocinadores. Va a surgir de procesos lentos, conflictivos, poco glamorosos, profundamente colectivos. De comunidades que se organizan. De movimientos que sostienen luchas en el tiempo. De personas comunes que construyen poder político real.

Quizás el gesto verdaderamente radical hoy no sea exigirle a una celebridad que se pronuncie, sino dejar de convertirla en referente político. Recuperar la acción colectiva. Volver a lo incómodo. Salir del consumo de rebeldía para entrar en la práctica política real.

Porque mientras sigamos contemplando las pantallas brillantes del espectáculo, el sistema seguirá intacto, fortalecido y rentable, lleno de emociones críticas que no incomodan a nadie y de escenas de resistencia que, en el fondo, trabajan para aquello que dicen combatir.

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