¿Por qué vivimos peor que nuestros padres? Millennials y Z: las generaciones estafadas

¿Por qué vivimos peor que nuestros padres? Millennials y Z: las generaciones estafadas

La autora de esta columna realiza una radiografía al mito de la meritocracia donde, a la generación de nuestros padres, "le prometieron progreso colectivo: trabaja duro y tu familia estará mejor que la anterior. A la mía nos vendieron mérito individual: fórmate, compite, optimízate, y si te esfuerzas lo suficiente, ganarás el premio".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

Mi mamá es dueña de casa. Mi papá era taxista.  Se casaron alrededor de los veinte años y, si bien no fue nada de fácil con cuatro hijos a cuestas —tres hombres y yo, la única mujer—, lograron tener su casa propia. Es una casa humilde, en Talca, y es la misma en la que viven hasta el día de hoy.

El sueño, repetido como mantra durante toda mi infancia, era uno solo: con la educación vas a tener una vida mejor que la nuestra. Estudia, mijita. Estudia para que tengas lo que nosotros no tuvimos.

Estudié. Estudié mucho. Y resulta que no tengo casa, no tengo auto, no tengo ahorros. Lo que sí tengo es CAE, ese crédito diseñado por bancos que ganaron miles de millones cobrándonos intereses usureros por el pecado de querer estudiar, y que me recuerda mes a mes que el camino que mis papás me dibujaron como salida fue, en realidad, la entrada a otra cosa.

Podría contarlo como una desgracia personal —mala planificación, mala pega, mala suerte— y sería exactamente lo que el sistema espera que haga. Pero mi historia es la historia estadística de una generación entera, y eso ya no es anécdota: es diagnóstico estructural.

Los datos chilenos son brutales. Según la Cámara Chilena de la Construcción, una familia de ingresos promedio necesita ahorrar 11,4 años íntegros de sueldo para comprar una vivienda de precio medio. Once años sin comer, sin pagar luz, sin existir. El ingreso promedio de una persona joven asalariada es de $445.000 líquidos, la mitad de lo que gana la población general, y un arriendo modesto en Santiago parte en $300.000. Haz la cuenta: el setenta por ciento del sueldo se evapora antes de comprar pan. La tasa de desempleo entre jóvenes de 15 a 24 años supera el 20%, y entre quienes sí tienen trabajo, apenas el 21,5% está en empleo formal protegido. Somos la generación más educada de la historia de Chile y también la más precarizada desde la dictadura. Chile niveló hacia abajo, concluyó Fundación SOL en su último informe. La frase es exacta.

Lo que mis papás no sabían cuando me repetían que estudiara —y no los culpo, era el relato que les habían vendido a ellos también— es que el contrato había cambiado. A su generación le prometieron progreso colectivo: trabaja duro y tu familia estará mejor que la anterior. A la mía nos vendieron mérito individual: fórmate, compite, optimízate, y si te esfuerzas lo suficiente, ganarás el premio. El segundo contrato es infinitamente más cruel, porque privatiza el fracaso. Si no te alcanza para arrendar sola, es porque no te esforzaste lo suficiente. Si no puedes tener hijos, es porque no organizaste bien tus prioridades. Si estás cansada, es porque no haces meditación ni tomas magnesio. Si tu doctorado no se traduce en estabilidad económica, es porque elegiste mal la carrera, el país, la vida.

La escritora estadounidense Anne Helen Petersen lo llamó la generación del burnout, y tuvo razón en algo crucial: el agotamiento millennial no es un problema de gestión del tiempo ni de autocuidado. Es la condición estructural de una cohorte criada para optimizarse permanentemente en un sistema que le prometió recompensas que nunca llegaron. Malcolm Harris fue más lejos y dijo que fuimos producidos como capital humano: desde la infancia, nos entrenaron para ser trabajadoras hiperproductivas, endeudadas y dóciles. Cada peldaño prometía el siguiente, y ninguno entregó lo prometido. Remedios Zafra nombró la trampa específica del trabajo intelectual y cultural: la precariedad vendida como vocación. Das clases por amor al conocimiento. Publicas por amor al oficio. El amor, convenientemente, no paga arriendo.

Hay un cruce feminista que vuelve esta estafa todavía más afilada. La generación de mujeres más educada de la historia es también la que posterga maternidad por precariedad, la que sostiene trabajo de cuidados no pagado mientras firma contratos a honorarios, la que hace terapia para gestionar la culpa de no haber "aprovechado" oportunidades que nunca existieron materialmente. Silvia Federici lleva cuarenta años explicando que el capitalismo no solo explota el trabajo asalariado: necesita producir, sin pagar por él, un enorme reservorio de trabajo reproductivo que alguien tiene que hacer, y ese alguien somos nosotras. Verónica Gago, escribe sobre cómo la precarización golpea diferencial, con géneros. Y sin embargo, a nosotras nos siguen hablando del techo de cristal como si el problema fuera llegar a directora ejecutiva, cuando lo cierto es que la mayoría no llegamos ni a arrendar sola un departamento de treinta metros.

A los hombres jóvenes de mi generación esta estafa también los atraviesa, y de hecho los datos de Fundación SOL muestran que en algunos indicadores —caída de participación laboral, aumento de desempleo— les ha golpeado incluso más fuerte. Pero la respuesta que muchos de ellos están encontrando —el resentimiento contra las mujeres, contra los migrantes, contra todo lo que no sea un patrón claro— es exactamente la que el modelo necesita para reproducirse. Cuando el enojo de los precarizados se vuelve contra otros precarizados, los responsables reales respiran tranquilos.

Mark Fisher llamó a esto realismo capitalista: la clausura del imaginario. La imposibilidad de proyectar otra vida. Mis papás, con todas sus precariedades,  podían pensar en cinco años, en diez, en una jubilación, en cuatro hijos. Yo no puedo pensar en mayo. El contrato se acaba en tres meses, el arriendo sube en abril, la licitación no se renueva, el proyecto terminó. Planificar es un lujo de clase que ya no existe en mi generación, salvo para quienes heredaron departamento. La ironía es que, cuando decimos esto en voz alta, la respuesta institucional es ofrecernos un taller de habilidades blandas, un curso de inteligencia artificial o un subsidio de arriendo de 4,2 UF al mes que nos permite pagar —con suerte— un tercio de una pieza.

No es depresión. No es ansiedad generalizada. No es falta de resiliencia. Es un modelo económico específico que tiene beneficiarios específicos, y no somos nosotras. La crisis de vivienda no es un fenómeno natural: es el resultado de décadas de financiarización del suelo urbano, de especulación inmobiliaria y de un Estado que abandonó su rol planificador. La precariedad laboral no es un accidente: es la arquitectura misma de un mercado laboral diseñado para abaratar la fuerza de trabajo al máximo. La deuda educativa no es un mal necesario: es un dispositivo de control sobre toda una generación a la que se le cobra, con intereses, el derecho básico a formarse.

Y conviene aclarar algo: el problema no es haber estudiado. La educación me dio herramientas para pensar el mundo, para escribir esta columna, para reconocer que lo que me pasa no es culpa mía. No me arrepiento de haber estudiado y lo seguiré haciendo mientras pueda, porque estudiar es lo que me hace ciudadana plena. Ojalá todo el mundo pudiera. El problema no es la educación: el problema es un modelo económico que nos prometió que la educación bastaba, y luego se encargó de vaciarla de poder transformador. 

La salida, obviamente, no es individual. No es emprender, no es optimizarse más, no es otra terapia, no es otro magíster. Es política. Es colectiva. Es organizada. Es asumir que lo que nos pasa no es un fracaso biográfico sino una condición compartida, y que la única manera de revertirla es dejar de tramitarla a solas.

Mis papás criaron a cuatro hijos en una casa propia en Talca, con el sueldo de un taxista y la inteligencia descomunal de mi madre, que con muy poco hizo mucho. Yo, con un doctorado, no tengo dónde devolverles la visita. La diferencia entre una cosa y la otra no es mala suerte ni falta de esfuerzo. Tampoco es que ellos se esforzaron más que nosotras.

Es un modelo. Y los modelos se pueden cambiar.

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