"Maucha": Un poemario que recalca la fustigada vida de las mujeres en los campos

"Maucha": Un poemario que recalca la fustigada vida de las mujeres en los campos

Maucha (Editorial Deriva, 2025), tercer poemario de Gabriela Albornoz, confirma la presencia de una autora que ya se hace de un lugar entre las nuevas voces del panorama cultural. Su último libro confiesa, desde un arremolinado mundo interior, una serie de vivencias e impresiones que exponen sin tapujos los secretos de un pueblo precordillerano, que son, a su vez, los tabúes de cualquier de cualquier lugar, pueblo o provincia de este arrinconado país. La descripción, mayormente adusta, que aquí acontece, pone énfasis en la acción predadora y dañina de los habitantes del territorio poetizado por la autora, e incluso arremete contra ellos mismos. Un poemario que recalca la fustigada vida de las mujeres en los campos pero que a su vez reivindica el erotismo que se puede ejercer libremente sobre el cuerpo, confesando lo inconfesable y subvirtiendo la hegemonía del deseo. 

Por Alfonso Medrano B.

¿Se contaban muchas historias a tu alrededor cuando eras niña?

Sí, crecí en un entorno donde la oralidad era muy importante. Se contaban historias familiares, relatos del campo, anécdotas que mezclaban hechos reales con exageraciones, silencios o lagunas. No siempre eran relatos lineales: muchas veces aparecían como fragmentos sueltos, recuerdos incompletos o versiones distintas de un mismo hecho. Creo que ese modo de narrar, discontinuo, repetitivo, impreciso, influyó mucho en mi forma de pensar la escritura, en la voz y en mi interés por lo que no se dice del todo.

Mi madre no sabía cuentos de hadas solo historias de chonchones, brujas y enfermedades devastadoras, eso formó mi imaginario por sobre todo.

¿Qué clase de lectora te consideras? y ¿Qué géneros prefieres y cómo te relacionas con ellos?

Soy una lectora lenta y selectiva. Leo principalmente poesía, pero también ensayo y narrativa. Me interesa más la forma en que un texto piensa el mundo que el género al que pertenece. A veces leo de manera muy intensa durante periodos cortos y luego dejo reposar lo leído; necesito tiempo para que los textos decanten. Aprovecho la itinerancia de mi trabajo para leer en los viajes, es por eso que tal vez el fragmento se ha vuelto vital en mi forma de leer.

Quizás lo que más leo es Literatura infantil y juvenil, por lo que me dedico y por ser mi constante en materia de investigación y estudio, pero también porque me gusta, principalmente porque el trabajo del hablante o el narrador es tan cuidado como en ningún otro género.

Maucha (Editorial Deriva, 2025), tercer poemario de Gabriela Albornoz.

¿Cómo y cuándo supiste que querías dedicarte a esto?

No hubo un momento exacto en que lo supiera. Más bien fue un proceso lento, casi silencioso. Escribir empezó siendo una necesidad personal, una forma de ordenar la experiencia y de pensar lo que me rodeaba. Con el tiempo, esa práctica se volvió más consciente y rigurosa. Entendí que no se trataba solo de escribir, sino de trabajar con el lenguaje, de leer críticamente y de asumir una relación sostenida con la escritura. Ahí apareció la decisión, más como una persistencia que como una certeza temprana.

¿Cómo se incubó la idea del libro Maucha?

Maucha surge de una observación prolongada del territorio y de ciertas memorias familiares y materiales, junto a lecturas detonantes. El libro se fue armando a partir de fragmentos: imágenes, objetos, escenas mínimas. No nació como un proyecto cerrado, sino como una acumulación que poco a poco encontró una forma y una respiración común.

En un principio negué su existencia como libro, algo así como la negación de Pedro en la biblia, después lo acepté con la misma tristeza y vergüenza; me dije, supongo que aquí hay un libro, un libro horrible.

¿Qué lugar crees que este libro ocupa en la obra que empiezas a construir y en la tradición de la poesía maulina?

Lo pienso como un libro de inicio, en el sentido de que ensaya una voz y una relación con el territorio. Dialoga con una tradición maulina que ha trabajado lo rural, lo doméstico y la memoria, pero sin nostalgia. Me interesa más la fricción entre pasado y presente que una mirada idealizada del lugar.

¿Ejerces sobre lo que escribes alguna clase de control? Ya sea sobre la temática, la forma o la selección de los materiales.

Sí, hay un control formal importante. Aunque el poema pueda nacer de algo intuitivo, luego hay un trabajo consciente sobre la forma, el tono y la selección del material. Me interesa evitar el exceso explicativo y el sentimentalismo directo; prefiero que el poema sugiera más de lo que dice.

¿Cómo se origina un poema y cómo empiezas a escribirlo?

Generalmente a partir de una imagen, una frase o una sensación persistente. No empiezo escribiendo “un poema”, sino anotaciones sueltas. El trabajo viene después: ordenar, cortar, desplazar el yo, buscar una estructura que sostenga eso inicial sin agotarlo.

¿Cuál crees que es el estado de la palabra en la poesía chilena actual?

La poesía chilena actual me parece muy diversa y prolífica, con múltiples registros, generaciones y preocupaciones. Esa abundancia tiene algo muy valioso, aunque a veces también genera dispersión. Me interesa especialmente la poesía que trabaja la palabra con conciencia de su materialidad, de su dimensión histórica y política, sin caer en la consigna ni en la fórmula. Creo que hay una búsqueda activa por pensar el lenguaje desde nuevos lugares, y eso es una señal de vitalidad.

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