La ciencia chilena en la encrucijada

La ciencia chilena en la encrucijada

El poco conocido mundo académico, en particular la interna de los espacios de creación, investigación y docencia de grado superior, está viviendo un momento preocupante respecto a sus perspectivas de futuro.

Por Ariel Ríos

Desde la creación de CONICYT (Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica) en 1966, Chile estuvo dando un valor al desarrollo de la investigación en ciencias básicas y aplicadas, con el objetivo de aportar al desarrollo nacional. Eso mutó con el tiempo, incluyendo factores de apoyo al mercado una vez arribado el modelo neoliberal con la dictadura civil-militar, sello reforzado tras 1990 y refrendado en 2020 con la creación de ANID (Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo), que vino a reemplazar a CONICYT.

En la etapa actual, la valoración del área de investigación y desarrollo, recurrente en la narrativa de políticos de distinto signo, se encuentra permanentemente cuestionada en la realidad, cuestionada en sus aportes y sus formas de trabajo y transferencia al país. Cabe recordar, además, que el Estado chileno destina el 0,4% del PIB para este ítem, mientras que en la OCDE el promedio es 2,7%, siendo liderados por Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Alemania, todos países referentes del modelo político y social del establishment nacional.

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Este elemento se ha visto reflejado en las agendas políticas de los grupos de ultraderecha que hoy campean por Europa y América. En sus programas señalan cuestionamientos a esta inversión, particularmente en el área de las Ciencias Sociales, Humanidades y las Artes, llegando hasta el paroxismo del gobierno de Milei en Argentina, quien derechamente dejó de pagar múltiples compromisos en investigación, a grupos y proyectos ya adjudicados y cerrando líneas de financiación.

Las alarmas en Chile no tuvieron que esperar a la llegada de Kast a La Moneda. ANID acaba de cerrar el camino a centros históricos, como el COES, CR2 y el CIIR, todos investigando en el área de las ciencias sociales y afines. La minusvaloración de estas áreas se sostiene en que sus aportes al conocimiento no aportan al mercado, no rentan; olvidando que el saber reflexivo y la creación son vitales para que la sociedad entienda el valor del saber científico.

Se hace apremiante pensar un sistema de Investigación y Desarrollo nacional que escuche a los académicos, a quienes hacen ciencia en Chile, apoye con presupuestos adecuados y piense en la mirada integral del saber, enfoque necesario para pensar soluciones y lecturas necesarias para un mundo cada vez más complejo.

La investigación no puede ser solo un eslabón en una vulgar correa transmisora de plusvalor entre la idea y el producto, hay mucho más en juego, desde perspectivas éticas hasta necesidades nacionales que deben ser parte de un debate, que ponga al centro lo público y colectivo.

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