La ciudad de la furia: un barrio coqueto

La ciudad de la furia: un barrio coqueto

Hay muchas razones para destacar a La Furia del Libro de Santiago de Chile en el panorama literario del continente, empezando por el nombre. Más que un juego de palabras, la Furia subraya el carácter emocional de los hitos culturales asociados a los espacios públicos.

Por Carmen Avendaño

Para entender su valor no basta con aludir a las cifras de asistencia que han crecido ostentosamente en sus 17 años, al igual que el número de editoriales independientes partícipes. Hay que conocer Lastarria, el barrio santiaguino donde se gesta este proyecto. 

Lastarria está pegado al Santa Lucía, el más céntrico de los cerros capitalinos. Como lo evidencia su estación de metro, Bellas Artes, hay museos en la zona. Además del Museo Nacional de Bellas Artes está el de Arte Contemporáneo y el El MAVI, de Artes Visuales, se ubica en el paseo peatonal de Lastarria, no lejos del cine arte El Biógrafo.

Abundan los restaurantes sofisticados, los puestos de antigüedades, joyas artesanales; hasta la ropa de segunda tendida en la calle tiene estilo. En suma, es zona de coquetería intelectual, con casonas encantadoras que de manera abrupta terminan en la avenidad de seis carriles de la Alameda, donde el GAM levanta su monumental decoración de óxido y vidrio. 

El Centro Cultural Gabriela Mistral, que ha acogido 14 ediciones veraniegas de la Furia, es ejemplo de la disputa de la memoria en terreno. Proyectado durante el gobierno de la Unidad Popular para albergar la UNCTAAD, (Tercera Conferencia de las Naciones Unidas en Comercio y Desarrollo), fue bautizado Centro Cultural Gabriela Mistral.

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Tras el Golpe de Estado, se sentó en él alevosamente la junta militar que le cambió el nombre a Diego Portales (padre del autoritarismo chileno), y la oficina de censura operó en el sexto piso, definiendo qué libros y revistas podían circular y cuáles no. Cuando pasabas por ahí en dictadura te daba miedo hasta mirarlo. Sin embargo, no fue la democracia sino un incendio lo que llevó a la reconstrucción y restauración de la vocación cultural y nombre original de este complejo el 2010, bajo el gobierno de Michelle Bachelet, conocido como GAM. 

El 2009 ocurrió el episodio rabioso que dio origen a la Furia: el impedimento para la libre circulación de los libros ya no era la censura si no los problemas de distribución en el neoliberalismo, en especial cuando se trataba de cruzar la frontera.

Galo Ghigliotto (actual director de la Fundación La Furia y el Libro) junto a Gladys Mendía había empezado una distribuidora que pretendía incorporar sus descubrimientos de sellos de Argentina y Perú con una mirada a la materialidad y el diseño propias que encontró escasa receptividad en librerías.

«Gladys, triste por la situación difícil de nuestros libros, por el IVA, y en general por todas las dificultades que enfrentan los libros para su comercialización, le hablaba de esto a su amigo el poeta Gustavo Barrera, quien le dijo, ‘¿y por qué no organizan una feria para vender los libros?, y ya que están enojados le ponen ‘furia’ del libro en vez de ‘feria’… Era una broma de Gustavo, pero a nosotros nos gustó el nombre y decidimos tomarlo para organizar la feria”. (Entrevista en El Mostrador, 24/11/2014). 

La primera edición se realizó en un local de Lastarria con 18 editoriales, abarrotado. Al años siguiente ya se realizaba en el flamante GAM y la concurrencia se multiplicó por 10. Las microeditoriales encontraron en esta feria cercana a la navidad y en pleno verano chileno un lugar donde va la gente que lee y la que presume leer, donde se pone música, y hay fiesta, a la que acuden editores y editoras guapas y guapos de distintos lugares del país y más allá -de las cosas que más se disfrutan como feriante furiosa es ver desfilar las pintas que escogen para ir a lucir, tanto quienes van a comprar como quienes ofrecen. 

A la conquista del invierno

La Furia es una feria joven que ha entrado en carnes bien alimentada por las nuevas editoriales a su alero, preparada para afrontar los rigores del invierno en la que fuera la gran estación de trenes de Chile, país malcriado por el clima regular que amontona en los meses de primavera y verano las actividades culturales.

El Centro Cultural Estación Mapocho existe como tal desde 1995. Se ubica a un costado del Río Mapocho, en las inmediaciones del Mercado Central. Es una zona llena de vida cultural, mas no necesariamente vinculada a los libros, aunque en ella se lleve a cabo la FILSA (Feria del libro de Santiago), desde 1989, durante los calores decembrinos.  

El hecho de que la Furia de invierno llegue a su cuarta edición (de 23 en total), dice mucho de cuánto ha crecido: hasta consolidarse en el mismo lugar que ocupa la feria oficial de Santiago, organizada por la Cámara Chilena del Libro. A diferencia de otros recintos feriales en el mundo, la estructura de la Estación Mapocho, catedralicia, con metal y grandes ventanales, escapa al modelo de supermercado, y resalta más la sencillez del estilo furioso de montaje: una mesa y un mantel ponen en igualdad de condiciones a las editoriales consagradas y las emergentes, subrayando a la persona antes a que la empresa.

De nuevo la memoria se pone en juego: ese mismo estilo neoclásico majestuoso dignificó a través de los trenes la conexión interna del país, y con Argentina hasta que la dictadura con su modelo de rutas individuales de alta velocidad desmanteló los trenes en los años 80. La rabia que fue el combustible inicial de esta feria sigue dando un impulso importante a la escasa distribución de libros independientes a lo largo de Chile y entre países vecinos. 

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