Karina Narbona, investigadora de Fundación SOL sobre implementación de IA en trabajos: "Se estima que cerca del 40% de la fuerza laboral deberá reconvertirse o reorientar sus tareas"

Karina Narbona, investigadora de Fundación SOL sobre implementación de IA en trabajos: "Se estima que cerca del 40% de la fuerza laboral deberá reconvertirse o reorientar sus tareas"

La Inteligencia Artificial (IA) ha generado impactos en el mundo del trabajo. En contacto con RESUMEN, Karina Narbona, investigadora de Fundación SOL, aborda aspectos de la cartilla "Trabajo, Sindicatos e Inteligencia Artificial: ¿Quién controla la tecnología?" donde dan cuenta de riesgos y oportunidades de su implementación en Chile.

Por J. Arroyo Olea | Equipo editorial de Resumen.cl

¿Cuáles son los riesgos más urgentes que enfrentan las y los trabajadores en Chile ante la expansión de la IA?

Más allá de los debates sobre si la expansión de la inteligencia artificial impulsará la productividad, reactivará el crecimiento económico o si estamos frente a una burbuja financiera inflada por las grandes empresas tecnológicas -cuestiones aún abiertas y con importantes implicancias para la vida en común- existen efectos concretos que ya se están manifestando y que constituyen riesgos inminentes tanto en Chile como a nivel mundial.

En primer lugar, preocupa la posibilidad de despidos masivos, la reducción del empleo estable y el aumento del desempleo. A ello se suma la merma de la base afiliada y afiliable a los sindicatos y el reemplazo tecnológico de trabajadores en huelga, lo cual debilita la capacidad de negociación y erosiona la fuerza colectiva, afectando directamente los equilibrios de poder en los lugares de trabajo.

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Otro riesgo central son las nuevas formas de control que introduce la gestión algorítmica, tanto en el ritmo como en la organización y la evaluación del trabajo, con impactos severos en la autonomía, la privacidad y la salud laboral. Esto puede venir acompañado de un aumento de la carga de trabajo, pues la IA muchas veces agrega nuevas exigencias sin eliminar las anteriores. La creciente opacidad de las metas y de los criterios que determinan los ingresos variables también genera incertidumbre y presión constante.

A estos se suman otros riesgos, como el deterioro de los salarios y la expansión de modalidades de empleo “a demanda”, propias de las plataformas digitales, con la consecuente informalización del empleo y desresponsabilización empresarial, en la medida que se difuminan o disfrazan relaciones asalariadas.

Todos estos problemas aparecen en un escenario marcado por la búsqueda de aumentar la tasa de ganancia reduciendo al mínimo el costo laboral, expresión de la contradicción entre capital y trabajo. En estas condiciones, el potencial de la tecnología para aliviar la carga laboral, elevar la calidad de vida o mejorar el trabajo se ve opacado por la tentativa de maximizar el lucro a toda costa.

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Autores como Daron Acemoglu, junto con organismos como la OIT y la OCDE, han advertido sobre el aumento de la desigualdad asociado a la actual dirección del cambio tecnológico, con precarización, polarización ocupacional y caída de la participación de los salarios en el PIB. En un país como Chile, caracterizado por empleos frágiles, salarios insuficientes y una de las desigualdades más altas del mundo, corresponde que estos riesgos se aborden como un tema prioritario de debate público, disputa política y estudio

¿Qué tipo de empleos están más amenazados?

La evidencia internacional coincide en que los empleos más susceptibles de automatización mediante IA son aquellos rutinarios, especialmente los vinculados a oficina, procesamiento de información y tareas administrativas estandarizadas. Aunque en Chile aún no es posible medir con precisión el impacto efectivo de la IA sobre el empleo, ya existen aproximaciones. Un estudio de varios autores publicado por CEPAL (2023) identificó que las personas de ingresos medios y bajos empleadas en ocupaciones rutinarias asociadas a tecnologías de la información se encuentran entre las más expuestas, en línea con las tendencias globales.

En el caso chileno, estos riesgos se pueden ver amplificados por la estructura del mercado laboral. El país arrastra desde hace años una marcada escasez de empleos estables y protegidos, tendencia que se profundizó tras la pandemia. A ello se suma que una proporción significativa de la fuerza de trabajo se concentra en comercio y servicios, sectores donde la digitalización y el uso de plataformas han avanzado con rapidez y donde la sustitución de tareas humanas por sistemas automatizados es más probable. No obstante, el panorama no es uniforme: buena parte del empleo también se genera en micro y pequeñas empresas, donde las decisiones de inversión en automatización suelen ser inviables, lo que reduce -al menos por ahora- la probabilidad de reemplazo tecnológico.

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En los sectores productores de bienes, los efectos de la IA se manifiestan especialmente en la logística, reorganizando rutas, tiempos y cargas de trabajo o automatizando el transporte. En contraste, los empleos profesionales creativos suelen estar más protegidos del reemplazo total, aunque experimentan automatización parcial de tareas (como sucede con la edición, clasificación o generación inicial de contenidos). Los trabajos ligados al cuidado y al trabajo emocional se consideran relativamente más resguardados, pero actividades de atención al cliente y servicios persuasivos sí están siendo reemplazadas, fenómeno evidente en la banca, donde la reducción de sucursales y plantillas laborales ha sido drástica.

Este patrón también aparece en la distribución y venta de bienes de consumo. Un estudio que realizamos en Fundación SOL en la industria de bebidas lo muestra con claridad. A partir de entrevistas a trabajadores de Nestlé y CCU, y de una encuesta aplicada a afiliados del Sindicato N.º 2 de Ventas de la filial ECUSA (CCU), observamos que la fuerza de ventas ha sido fuertemente impactada por la incorporación de nuevas tecnologías. Los trabajadores manifestaron temor a la pérdida de empleo, conocimiento de despidos entre colegas con larga trayectoria y aumentos significativos en el ritmo de trabajo, la presión por rendir, el volumen de tareas y el control sobre sus actividades. Paradójicamente, señalaron un deterioro en su desempeño, pese a las promesas de eficiencia asociadas a la IA. No se trataba de que primara un rechazo a la tecnología -incluso había entusiasmo en un segmento relevante-, sino de una crítica al modo en que fue implementada: sin información, sin participación y con total unilateralidad empresarial. Este patrón es altamente representativo de lo que puede ocurrir a nivel nacional, en donde el empleador conserva facultades casi exclusivas de dirección, administración y organización de la empresa.

Finalmente, algunos analistas plantean que en Chile podrían estar sustituyéndose puestos ocupados por personas muy jóvenes, dado que ciertas tareas básicas y que requieren menor experiencia pueden ser reemplazadas fácilmente por algoritmos o robots. Si bien estas observaciones se basan en correlaciones e indagaciones aún tentativas, constituyen señales de alerta en un contexto donde para la población joven se ha vuelto más complejo conseguir empleo, especialmente entre varones, quienes se encuentran más susceptibles, también, y probablemente por las presiones sociales y económicas a las que enfrentan - a discursos de extrema derecha, como hemos documentado en estudios recientes de Fundación SOL

¿Qué rol deberían asumir los sindicatos frente al avance de la IA en empresas y sectores productivos?

Las respuestas a esta pregunta deben construirse colectivamente, al interior de los sindicatos y entre las y los trabajadores directamente afectados. Sin embargo, la investigación desarrollada en Fundación SOL permite identificar algunas orientaciones útiles. 

En el caso estudiado -la fuerza de ventas en la industria de bebidas- observamos que las dificultades asociadas a la incorporación unilateral de nuevas tecnologías actuaron como un factor de cohesión, aglutinando a las bases del sindicato. La presión material compartida reforzó la imagen social del sindicato, pero también fue clave que la organización se hiciera cargo del tema, levantara información mediante encuestas y representara a los trabajadores ante la empresa. Esto fortaleció la confianza en la acción colectiva, incluso entre quienes suelen mantener posturas más individualistas o bajo nivel de participación. En los resultados de la encuesta, una parte importante expresó disposición a avanzar hacia formas de coordinación sectorial, articulación con otros actores sociales, huelgas de solidaridad, campañas mediáticas y, en general, acciones que iban más allá de la dinámica rutinaria dentro de la empresa. Esto evidencia una oportunidad concreta para reconstruir solidaridades en el actual contexto.

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Entre trabajadores de plataforma, Chile también ha visto experiencias relevantes. El movimiento impulsado por Mancomunal Marea buscó avanzar en una regulación que reconociera la laboralidad del vínculo con las plataformas. Aunque el proceso enfrentó límites, dejó aprendizajes importantes, tal como ha documentado la socióloga Francisca Gutiérrez.

La experiencia internacional muestra un abanico amplio de respuestas sindicales. Además de aprovechar ciertas potencialidades de comunicación más instantánea y sin limitaciones geográficas y otras aplicaciones que pueden usar los sindicatos internamente para facilitar su labor, en cuanto a las acciones externas, destaca la negociación colectiva de los algoritmos, las políticas de formación continua y de acreditación de competencias, la lucha por la disminución de las horas de trabajo y por regulación de las nuevas tecnologías. También han surgido espacios transnacionales para compartir diagnósticos, coordinar apoyos y debatir proyectos programáticos de más largo plazo. Estas prácticas muestran que la acción sindical puede operar simultáneamente en un plano defensivo -contener los impactos inmediatos- y en un plano estratégico mayor, para disputar el rumbo de la sociedad y del cambio tecnológico.

En Chile, sin embargo, una herramienta crucial sigue ausente: la negociación por rama o sector económico. Sin mecanismos generalizados de coordinación y de disputa colectiva del poder empresarial, enfrentar los riesgos de precarización asociados a la IA se vuelve más difícil. Reactivar y ampliar esta posibilidad es clave para que las nuevas tecnologías se integren de un modo que beneficie a las mayorías trabajadoras, y no solo a los empleadores.

¿La automatización por IA necesariamente conduce a pérdida de empleos, o se puede pensar en una reconversión laboral que proteja a las personas empleadas?

La evidencia muestra que la automatización no produce exclusivamente reemplazo del trabajo humano. Con frecuencia implica reconfiguración de tareas, creación de nuevas funciones y expansión de ciertos sectores productivos. Por ello, no estamos necesariamente ante un escenario de desaparición total de oficios, aunque sí frente a transformaciones profundas: se estima que cerca del 40% de la fuerza laboral deberá reconvertirse o reorientar sus tareas.

Este hecho matiza las visiones más simplificadas o alarmistas. Sin embargo, también se deben mirar estas dinámicas con cautela. Estudios de Acemoglu y Restrepo muestran que, a diferencia de las olas previas de automatización -donde el desplazamiento se acompasaba con la creación de nuevos empleos-, desde los años 80 el avance de la digitalización ha ido más rápido que la capacidad de la economía de generar fuentes de trabajo, produciendo un desbalance estructural.

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Otros autores, como Jason E. Smith y Aaron Benanav, sostienen que la principal explicación del deterioro del empleo no es la tecnología en sí, sino el bajo dinamismo económico y el estancamiento de largo plazo. En una línea con ciertos puntos de coincidencia, pero diferente, Michael Roberts plantea que atravesamos una “larga depresión” derivada de las propias dinámicas internas del capitalismo, donde el peso creciente de la tecnología en la estructura de costos presiona la tasa de ganancia y genera estancamiento. En este marco, la IA se expande como un intento de recuperar rentabilidad, pero podría profundizar los problemas que pretende resolver. A ello se suma un problema ya señalado desde antiguo: quienes pierden su empleo debido a procesos de automatización rara vez son las mismas personas que ocupan los nuevos puestos que surgen. Una parte significativa queda a la deriva y completamente excluida.

Por estas razones, los mecanismos de apoyo robustos -comunitarios, sindicales y estatales-, los ingresos mínimos garantizados, así como los programas sólidos de formación y recolocación laboral son verdaderos salvavidas. Pero el problema va más allá. La coyuntura obliga a preguntarse cómo producimos, para qué y bajo qué formas sociales, lo que incluye interrogar quién controla el proceso tecnológico y cómo se distribuyen sus beneficios.

¿Qué medidas regulatorias y/o de política pública se pueden tomar para que la incorporación de IA profundice la precarización, desigualdad o informalidad del trabajo en Chile?

Organismos internacionales suelen subrayar la importancia de fortalecer la infraestructura digital, los sistemas de formación y los niveles educativos. Son dimensiones relevantes, pero resultan insuficientes si no se inscriben en una reflexión más amplia sobre el modelo de desarrollo y el tipo de actividades que queremos potenciar.

Creemos que se necesita retomar la discusión acerca del cambio de matriz productiva. Sin una estrategia que efectivamente reduzca la dependencia de actividades extractivas, afiance públicamente la investigación y el desarrollo local y regional y permita crear empleos de calidad, mejor remunerados y más estables, la expansión de la IA probablemente agudizará el actual subempleo profesional, la informalidad, la desigualdad y el deterioro ambiental en el país. Además, es imprescindible abordar la cuestión de los equilibrios de poder en el mundo del trabajo. Ello requiere avanzar hacia formas más coordinadas de negociación colectiva, en particular mediante la negociación por rama o sector económico, que permitiría establecer reglas comunes para la introducción de nuevas tecnologías, la distribución de sus beneficios y la contención de sus efectos negativos.

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