Influencers, farándula y extrema derecha

Influencers, farándula y extrema derecha

La autora de esta columna construye un análisis donde acredita que "los incels, los gym bros, los coaches de masculinidad, los criptobros — ninguno se presenta como agente político. Todos funcionan como puerta de entrada. La extrema derecha no inventa ese malestar. Lo redirige".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

Rodrigo Sepúlveda dice al aire, un 11 de septiembre, que le importa más la seguridad que la Constitución. No es un político. Es un conductor de noticias. Y esa es exactamente la razón por la que funciona.

Porque cuando José Antonio Neme editorializa cada mañana sobre delincuencia hasta ser denunciado ante el CNTV por sus comentarios sobre inmigración, cuando los matinales dedican el 40% de su tiempo a noticias policiales mientras Chile es uno de los países más seguros de América pero uno de los que tiene mayor sensación de inseguridad en el mundo, cuando los tres canales que transmiten esa pauta pertenecen a tres grupos económicos — Luksic, Bethia, Paramount — cuyos intereses jamás aparecen en pantalla, lo que estamos viendo no es periodismo. Es algo más eficaz que el periodismo. Es ideología que no se presenta como ideología. Sentido común manufacturado. Lo que yo llamaría hegemonía de entretención.

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El concepto importa porque señala el lugar exacto donde la extrema derecha chilena está ganando: no en el debate parlamentario ni en las editoriales de El Mercurio. Gana en la zona donde la opinión se disuelve en entretenimiento, donde una posición política se convierte en comentario de sobremesa, donde el marco ideológico desaparece y queda solo lo que "cualquier persona con sentido común piensa". La propaganda clásica necesita convencerte. La hegemonía de entretención no.

Solo necesita que repitas algo como si fuera obvio. Que digas "yo no soy de derecha ni de izquierda, pero la delincuencia está fuera de control", y lo que viene después del pero sea exactamente el marco que la derecha diseñó. Esa zona no se discute. Se habita. Y por eso la izquierda no sabe combatirla: porque sus herramientas — el dato, la denuncia, el argumento racional — están diseñadas para un debate que ya no es el campo de batalla. El campo de batalla es el afecto. La indignación que se siente personal pero que fue producida en serie. Cuando un matinal repite durante cuatro años la misma pauta de encerronas, portonazos y homicidios sin jamás contextualizar las cifras ni preguntarse a quién beneficia ese encuadre, no está informando. Está construyendo un electorado. No necesita decirte por quién votar. Solo necesita que sientas que el país se hunde y que alguien tiene que poner orden.

Y la producción tiene fábrica. En 2012, el empresario Nicolás Ibáñez crea la Fundación para el Progreso y financia casi la totalidad de su presupuesto. El holding Ultramar de la familia Von Appen — herederos del principal agente nazi en Chile durante la Segunda Guerra Mundial — aporta el resto.

La FPP se conecta con Atlas Network, la FAES de Aznar y Libertad y Desarrollo. Esa red produce los marcos narrativos — "batalla cultural", "marxismo cultural", "ideología de género" — que bajan a los "intelectuales" de la casa: Axel Kaiser, Tere Marinovic. Ellos los empaquetan en libros y conferencias, y los youtubers los reformatean en indignación de quince minutos. Chileno Furioso, Androide Oficial, Paralelo 33, Política para Patriotas — 19 de las 20 cuentas políticas más vistas de YouTube en Chile son de derecha. Paralelo 33 captura fragmentos de televisión, los edita invertidos para evadir derechos de autor y les superpone comentario ideológico. No produce información, reproduce rabia.

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Después la rabia baja un piso más. Actrices expulsadas de la televisión que abren canales donde normalizan el pinochetismo entre chismes de farándula. Un extenista que va a ese programa a burlarse de mujeres violadas hasta que YouTube baja el capítulo por incitación al odio. Un empresario que amenaza al aire con fusilamientos. Influencers populares que sin militancia formal atacan a "las feministas" por criticarlas cuando repiten el discurso de la patronal. Un diputado que confirmó haber difundido fake news por encargo del comando de Kast abrazándose con un exbarrista condenado por homicidio reconvertido en líder patriota. El think tank pone la legitimidad intelectual, el youtuber la masividad, la farándula la normalización, el matinal la repetición diaria, el barra brava la presión callejera. Cada piso diluye más el origen. Al final, lo que queda no parece propaganda. Parece obvio. Parece sentido común. Parece que siempre fue así.

La familia Kaiser es el diagrama de flujo completo. Axel preside la FPP y es subdirector de la Fundación Faro de Agustín Laje, brazo ideológico del gobierno de Milei — la misma fundación señalada como receptora de fondos de la criptoestafa $LIBRA. Johannes, su hermano, fundó el Partido Nacional Libertario y es excandidato presidencial aliado de Kast. El que ayer era youtuber hoy traduce suscriptores en votos. La "batalla cultural" es un modelo de negocios cuyo backend financiero no audita nadie.

Pero la fábrica tiene un sistema de captación que no pasa por la economía ni por la Constitución. Pasa por el cuerpo. Nuria Alabao, que ha investigado la intersección entre extrema derecha y género, lo formula así: la extrema derecha sabe convertir malestares diversos en identidad política. Los incels, los gym bros, los coaches de masculinidad, los criptobros — ninguno se presenta como agente político. Todos funcionan como puerta de entrada. La extrema derecha no inventa ese malestar. Lo redirige: el culpable es el feminismo, la solución es la virilidad, el vehículo es el voto. Alabao lo llama inversión de la víctima: el varón convertido en oprimido de un supuesto totalitarismo progresista. Operación afectiva antes que ideológica. Y cuando esa operación se cruza con la hegemonía de entretención — cuando el reel antifeminista convive en el mismo teléfono con el clip del matinal sobre encerronas y con el video de la influencer que ataca al feminismo entre consejos de skincare — el ecosistema se cierra. Ya no hay afuera. Todo confirma lo mismo.

Un chico de quince años no llega a Kaiser viendo un video sobre reforma tributaria. Llega porque el algoritmo le sirvió un reel sobre por qué el feminismo destruyó el dating. De ahí a las cuotas como discriminación inversa hay un scroll. De ahí al Estado como opresor hay otro. De ahí a Kast hay medio. Chile está entre los países latinoamericanos con mayor contenido antifeminista en redes: el 53% contiene desinformación de género. En cinco años — del estallido al Rechazo, del Rechazo a Kast como primera minoría — la derecha digital hizo lo que a otras les tomó una década.

La pregunta no es si este ecosistema va a tener impacto electoral. Ya lo tuvo en cada elección desde 2021. La pregunta es qué ofrece la izquierda a ese chico de dieciséis que nunca va a leer una columna como esta. Porque la extrema derecha le ofrece comunidad, pertenencia, narrativa. Le dice que su rabia es legítima, que alguien tiene la culpa, que hay un nosotros. La izquierda le ofrece gestión institucional y tuits. No ha producido ni un solo influencer con audiencia masiva. No ha disputado ni un solo espacio en las plataformas donde se forma la opinión de una generación. No ha entendido que la cultura popular no es un terreno menor sino el campo de batalla fundamental. Frente a una máquina de producir identidad, oponer solo administración del Estado es perder por default. Y para eso la izquierda tendría que hacerse una pregunta que hasta ahora ha evitado: por qué perdió la conexión con la cultura popular que alguna vez fue suya.

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