Educación cívica en disputa: Desmantelando la mentira sobre Chile y Venezuela

Educación cívica en disputa: Desmantelando la mentira sobre Chile y Venezuela

Asistimos a un espectáculo de miseria política. En un nado sincronizado de obscenidad editorial, las pantallas chilenas han decidido secuestrar el lenguaje para instalar una simetría forzada que violenta la historia: la tesis de que Augusto Pinochet y Nicolás Maduro son las dos caras de una misma moneda. No estamos ante una confusión inocente; es la consecuencia directa de haber vaciado de contenido nuestra memoria democrática, dejando a la ciudadanía a la intemperie frente a la manipulación mediática.

Por Jean Flores Quintana, politólogo

El problema estructural es que la transición pactada institucionalizó el olvido. Fabricaron una historia aséptica donde Pinochet aparece como un "mal necesario" ante el caos, borrando lo medular: el terrorismo de Estado fue la herramienta de la oligarquía para exterminar un proyecto popular. Allende no cayó por errores tecnocráticos, sino por un decreto imperial; fue un magnicidio ejecutado para castigar el atrevimiento de un pueblo que osó disputarle la riqueza a los dueños de Chile.

Esta narrativa no es un error, es una estrategia de la élite para legitimar el intervencionismo. El extravío moral toca fondo con personajes como Heraldo Muñoz: al afirmar que "ni Pinochet se atrevió a tanto", blanquea la dictadura chilena solo para golpear a Caracas. Replican el guion importado de que "todos los regímenes son iguales" para ocultar la diferencia estructural: a Pinochet lo instaló la CIA para robar nuestros recursos; al proceso bolivariano lo demoniza y asedia la misma CIA por defender su soberanía e independencia.

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Para distribuir esta mercancía ideológica, la derecha política y económica despliega sus sicarios mediáticos, operadores serviles encargados de masificar la mentira. Mientras José Antonio Neme banaliza el fascismo convirtiéndolo en farándula, Constanza Santa María impone el libreto estadounidense de "régimen", "dictadura" y "narco-estado". Su servidumbre queda desnuda ante Gaza: exigen credenciales democráticas a Caracas pero callan ante el genocidio palestino. No les molesta el autoritarismo, sino la insubordinación; si Maduro sirviera a Washington, lo blindarían con la misma reverencia cómplice que hoy dedican a Netanyahu.

La omisión más criminal de este relato es el saqueo. La crisis venezolana no se explica sin el robo de CITGO, el oro secuestrado en Londres y dos décadas de asfixia financiera. Hablar de "crisis humanitaria" ocultando que el bloqueo ha generado pérdidas estimadas en más de 640 mil millones de dólares —una cifra brutal que equivale a casi dos veces el PIB de Chile completo— no es periodismo, es complicidad con un genocidio económico planificado contra una nación soberana.

Nadie es ingenuo. Si Venezuela produjera choritos maltones y no tuviera la reserva de petróleo más grande del planeta, a la Casa Blanca no le importaría quién duerme en Miraflores. La operación mediática y diplomática no busca liberar a un pueblo, busca privatizar un subsuelo. Lo que la prensa hegemónica llama "vuelta a la democracia" es, en realidad, el retorno de las transnacionales energéticas al control del petróleo caribeño.

Finalmente, la comparación de las diásporas es un insulto. El exilio chileno fue el destierro de quienes pagaron con sangre la lucha contra el régimen asesino de la clase patronal criolla. La migración venezolana, en cambio, es fruto de una guerra híbrida y sanciones criminales solicitadas por la misma oposición que hoy pide invasión militar.

Basta de trampas. Hay una grieta moral insalvable entre quienes huían de la muerte administrada por el Estado y quienes hoy escapan de una asfixia económica planificada desde Washington. Confundir deliberadamente ambas realidades no es ignorancia, es colaboracionismo. Quienes igualan a víctimas del terrorismo con migrantes de una guerra híbrida no están haciendo periodismo, están aceitando los engranajes de la próxima intervención.

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