“Disfruten lo votado”: una enfermedad infantil del progresismo

“Disfruten lo votado”: una enfermedad infantil del progresismo

Tras las primeras medidas anunciadas por el gobierno de Kast, sectores del progresismo han reaccionado atrincherándose en un discurso que se ha vuelto rápidamente viral en redes sociales: “disfruten lo votado”. Se trata de una interpelación de tono moralizante que, más que ironía, destila burla. El efecto es contraproducente: lejos de expresar lucidez crítica, proyecta una imagen de inmadurez política, como si se tratara de adultos despechados que, incapaces de procesar una derrota electoral, la atribuyen a la ignorancia de un pueblo al que observan con desdén.

Danilo Billiard

En otro tiempo, a esa distancia se le habría llamado desclasamiento. Hoy, en cambio, la consigna parece encubrir algo más profundo: una indiferencia ante las propias consecuencias del proceso político en curso. Como si las medidas adoptadas no les afectaran. Y es posible que, en gran medida, así sea, ya que, salvo excepciones, la cúpula del progresismo chileno no solo administra las gramáticas del orden vigente, sino que comparte las formas de vida de los sectores más privilegiados de la sociedad.

Desde ahí, su horizonte político se asemeja menos a un proyecto de transformación que a una versión secularizada de la caridad: políticas públicas orientadas a mitigar los efectos de la desigualdad mediante transferencias focalizadas, es decir, la persistencia del “subsidio a la demanda” como paradigma. En este marco, la llamada “justicia social” no desborda el neoliberalismo, sino que lo humaniza.

Se podrá objetar que esta caracterización es injusta. Algunos incluso se reivindican como marxistas, ahora desde espacios académicos tras su paso por el gobierno. Pero el problema no radica en las etiquetas, sino en la negativa a asumir responsabilidad política por el escenario actual. Como si el triunfo de Kast fuese simplemente el resultado de la ignorancia popular o de una supuesta deriva autoritaria de las masas.

Fotografía de voto en la última elección presidencial

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Lo que persiste allí es el eco de una tradición izquierdista que se concibió como vanguardia ilustrada: depositaria de un saber que la legitimaba para conducir al conjunto social.

La diferencia es que hoy ya no se trata de revolución, sino de gestión. La política se ha reducido a la administración eficiente de recursos, y la única alternativa frente a la extrema derecha parece limitarse a una consigna conocida en nuestro país: crecimiento con igualdad.

En ausencia de un proyecto que desafíe la racionalidad neoliberal, la política se reduce a gestión y convive sin fricciones con la lógica espectacular de los medios. La crítica se vuelve superficial, estilística, cuando no meramente performativa. Una oposición de memes. Desde ese lugar, además, se reproduce el “roteo” contra cualquiera que cuestione ese marco. Lo que une estructuralmente al progresismo con sus adversarios es, precisamente, la negación del pueblo como sujeto político: ambos lo conciben como una amenaza potencial para la estabilidad institucional.

Estamos, así, ante un progresismo que se vuelve reaccionario. No es casual que muchas de sus figuras hayan interpretado su tránsito desde el movimiento estudiantil hacia el Congreso como un proceso de “maduración”, reduciendo las organizaciones sociales a un estadio prepolítico, útil solo en términos electorales. El pueblo aparece entonces como recurso, no como protagonista.

Bajo esta lógica, la sociedad queda atrapada en una relación clientelar con la política, reducida a masa de consumidores y espectadores que se activa periódicamente en el mercado electoral. Es en este punto donde la consigna “disfruten lo votado” revela su sentido más inquietante: no tanto en la crítica a quienes apoyaron a Kast, sino en el gesto de separación que establece. Allí se insinúa una forma de desprecio que, paradójicamente, reproduce aquello que dice combatir: el fascismo.

Responsabilizar con sorna a los votantes adversarios por el rumbo del país es, en el fondo, un gesto conservador. Entonces el progresismo termina siendo reaccionario en la medida en que renuncia a interrogar su propia implicación en la emergencia de la extrema derecha.

Dicho con claridad: la ideología del progreso, tal como ha operado en la modernidad, no es ajena a las condiciones que hacen posible el fascismo. Las ruinas del crecimiento económico no son solo materiales; también se inscriben en las formas de subjetivación. El crecimiento no es neutro: es una condición de la dominación. Por ello, fenómenos como la crisis de seguridad o la expansión del crimen organizado no pueden comprenderse al margen de la dinámica del capital.

Cuando el gobierno de Boric, tras la derrota plebiscitaria, optó por estabilizar el neoliberalismo como tarea prioritaria, lo que se inauguró fue un proceso de restauración. En ese sentido, Kast no irrumpe como una anomalía, sino como la continuidad de una trayectoria previa. Más que un punto de quiebre, su triunfo expresa un derrotero ya en curso.
Por eso ganó. Y por eso, también, la burla resulta políticamente estéril.

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