CRÓNICA | Las ‘animitas’ del fuego: velas ocultas y un incendio intencional en Los Álamos

CRÓNICA | Las ‘animitas’ del fuego: velas ocultas y un incendio intencional en Los Álamos

Cuando los brigadistas ingresaron al predio Llamico, ayer pasada las 22:00 hs en la comuna de Lebu, el incendio ya se expandía por sectores de difícil acceso. A simple vista parecía otro siniestro más dentro de una temporada marcada por la emergencia permanente. Pero al avanzar entre el humo y la vegetación, comenzaron a aparecer detalles que no encajaban.

Por: Gustavo Villarrubia

Pequeñas llamas aisladas, separadas por varios metros, avanzaban en distintos puntos del bosque. No respondían a un único frente de fuego. Durante las labores de control, las brigadas detectaron más de seis velas encendidas, cuidadosamente ocultas entre la vegetación y distribuidas en zonas estratégicas del predio. El hallazgo fue denunciado, como evidencia de una acción deliberada para provocar el incendio.

Las velas habían sido instaladas, en su mayoría, al pie de una quebrada, un lugar que los brigadistas identifican como altamente peligroso por la forma en que el fuego se comporta en ese tipo de geografía. El incendio alcanzó a consumir cerca de 17 hectáreas antes de ser contenido.

En el lugar, mientras continuaban las labores de extinción, conversamos con Pedro, brigadista con más de 25 años de experiencia combatiendo incendios forestales, quien no duda en su evaluación del escenario.

“Esto no es casualidad. Aquí hay conocimiento. El que puso esas velas sabía lo que hacía y sabía el daño que podía provocar”, afirma.

Pedro explica que un fuego iniciado en el fondo de una quebrada tiende a intensificarse rápidamente. “El calor sube, las llamas se inclinan cuesta arriba y el incendio se acelera. La quebrada funciona como una chimenea: el aire caliente asciende, succiona oxígeno desde abajo y el fuego corre con mucha más fuerza ladera arriba”.

A ese fenómeno se suma el viento. “Aunque arriba no se sienta tanto, en las quebradas el viento se canaliza y empuja el fuego. Eso genera temperaturas más altas, columnas de calor más violentas y hace mucho más difícil el trabajo de las brigadas”, agrega. Según el brigadista, este tipo de incendios tiende a unirse rápidamente en un solo frente, superando las capacidades iniciales de control.

“El objetivo aquí no era quemar un poco de pasto. Era provocar un incendio grande, que se descontrolara”, concluye.

Mientras el fuego avanzaba, la alarma también se encendía en las casas cercanas.

Camila, vecina del sector, fue una de las primeras en alertar a la comunidad a través del grupo de WhatsApp vecinal, creado originalmente para enfrentar problemas de delincuencia y, cada vez más, los incendios que se repiten en esta época del año.

“Cuando llegan estas fechas, la preocupación aumenta entre los que vivimos aquí”, relata. “Por un lado, esto es un paraíso: tenemos un río hermoso, mucho verde, sería el mejor momento para disfrutarlo. Pero vivimos con estrés permanente”.

Camila cuenta que ese día había salido brevemente al sector de Los Álamos. “Volví como a los 40 minutos. Cuando iba cruzando el río vi una columna de humo, primero pequeña, pero muy rápido empezó a crecer. Después empezaron a aparecer otras columnas”.

La reacción fue inmediata. “Avisé al grupo de WhatsApp y varios vecinos comenzaron a mandar fotos de cómo se veía desde sus casas. Cada uno veía el fuego desde un punto distinto”.

La noche fue, según describe, de miedo e incertidumbre. “Pasamos una noche de terror. Todo se veía rojo, y las llamaradas por momentos pasaban las copas de los árboles”.

La vecina insiste en que el problema no es nuevo. “Llevamos mucho tiempo diciendo que necesitamos más medidas de vigilancia. Por estos caminos circula mucha gente. Deberíamos tener cámaras que al menos registren los vehículos y a quienes transitan, no para meterse en la privacidad de nadie, sino por protección de todos los que vivimos en este sector rural”.

El temor, dice, es fundado. “Si este incendio no hubiera sido atacado a tiempo por los brigadistas, ahora estaríamos lamentando muertes, como pasó en Penco o Lirquén. Aquí hay casas donde vive gente mayor y tenemos pocos lugares de escape”.

Desde las 7 de la mañana, un vehículo de Carabineros se mantuvo apostado en el acceso al predio Llamico, impidiendo el ingreso de cualquier persona al lugar con el objetivo de resguardar el sitio del suceso y evitar su contaminación. La custodia se extendió durante toda la mañana y tuvo cambio de turno a las 13:00 horas, manteniéndose el control del perímetro.

Recién a las 15:57 horas arribaron al lugar tres vehículos de la Policía de Investigaciones (PDI). El equipo estaba compuesto por un perito, dos investigadoras y personal de la Bicrim de Lebu, quienes ingresaron al predio para realizar las primeras diligencias y periciar el área donde se habían encontrado las velas, conocidas en la zona como “animitas”, un término que ya forma parte del lenguaje habitual de quienes conviven con los incendios forestales cada verano.

Sin embargo, según el relato de uno de los funcionarios presentes, ya no quedaban vestigios materiales de estas velas. Habían sido consumidas por el fuego, dejando escasos elementos físicos que permitieran reconstruir con precisión la forma en que fueron instaladas y el tiempo exacto en que comenzaron a arder.

El caso vuelve a poner en evidencia una de las debilidades más señaladas por brigadistas y comunidades afectadas: la falta de coordinación y rapidez entre las distintas instituciones al momento de investigar los incendios forestales. Las horas que transcurren entre la extinción, el resguardo del sitio y la llegada de los equipos especializados pueden resultar determinantes para el éxito —o el fracaso— de una investigación.

En escenarios como este, donde todo apunta a una acción planificada, cada minuto perdido juega a favor de los responsables. Y mientras las pericias llegan tarde y las pruebas se diluyen entre cenizas, los incendiarios y pirómanos continúan actuando, sabiendo que el fuego, muchas veces, borra sus propias huellas antes de que alguien logre seguirlas.

Este episodio se suma a una temporada especialmente crítica. Hasta el jueves 29 de enero de 2026, Chile registra un 186% más de incendios forestales que en la temporada anterior a la misma fecha, una cifra que pone en evidencia no sólo la magnitud del fenómeno, sino también la urgencia de prevenir y perseguir los incendios de origen intencional.

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