Capitalismo sacrificial: la vida como deuda permanente

Capitalismo sacrificial: la vida como deuda permanente

Para el autor de esta columna, mientras no se cuestione la normalización del sacrificio vigente en el actual paradigma capitalista, este "seguirá siendo presentado como virtud, cuando en realidad es el mecanismo que sostiene una forma de vida cada vez más inviable".

Por Danilo Billiard B. | Magíster en Comunicación Política

En Chile, hablar de economía ya no es solo hablar de cifras, crecimiento o inflación. Es hablar de cómo vivimos. O más precisamente, de cómo se nos ha enseñado a vivir bajo una lógica donde el sacrificio dejó de ser excepcional para convertirse en norma. El capitalismo, más que un sistema económico, opera hoy como una forma de vida que moldea nuestras emociones y expectativas. 

No es casual que la deuda ocupe un lugar central en esta forma de organización social. Más que un instrumento financiero, la deuda funciona como un mecanismo de subjetivación: nos disciplina, nos ordena y nos responsabiliza individualmente de nuestra propia precariedad. Tal como lo anticipaba Nietzsche, la deuda está íntimamente ligada a la culpa, y ambas configuran una moral donde el sacrificio aparece como una obligación permanente. En el capitalismo contemporáneo, endeudarse ya no es una excepción: es la condición misma de la existencia.

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Walter Benjamin lo vio con claridad al definir el capitalismo como una religión. Pero un culto religioso sin redención. A diferencia del cristianismo, aquí no hay salvación final: el sacrificio no se suspende nunca. Se trabaja más, se rinde más, se optimiza cada aspecto de la vida cotidiana en nombre de una promesa de prosperidad que rara vez llega. Y lo más inquietante es que este mandato no se percibe como imposición externa, sino como una responsabilidad personal. Si no prosperamos, es porque no nos esforzamos lo suficiente.

Este culto al sacrificio tiene efectos concretos y desiguales. En particular, recae con mayor intensidad sobre las mujeres que trabajan y son madres, obligadas a sostener simultáneamente la productividad económica y el cuidado, como si ambos ámbitos fueran naturalmente compatibles. Pero también se expresa en el deterioro generalizado de la salud mental: depresión, ansiedad, consumo masivo de psicofármacos. En una sociedad donde vivir implica sostener una deuda permanente, el malestar deja de ser una anomalía para convertirse en síntoma estructural.

Las recientes decisiones económicas del gobierno —como el alza sostenida en el precio de los combustibles junto con beneficios tributarios a grandes empresas— no hacen más que reforzar esta lógica. Se nos dice que las alzas son inevitables, que responden a factores externos o a herencias del pasado. Sin embargo, esta narrativa oculta una decisión política: trasladar el costo de la crisis a la población trabajadora mientras se protege la expansión del capital.

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Pero el problema no se limita a lo humano. El mismo principio de sacrificio se extiende a la naturaleza, reducida a recurso explotable. En este esquema, no hay distinción sustantiva entre cuerpos y territorios: ambos son insumos de un proceso de acumulación que avanza incluso a costa de su propia destrucción. Lo verdaderamente “inevitable” no son las medidas económicas, sino las consecuencias sociales y medioambientales del capitalismo. 

Frente a este escenario, la crítica al capitalismo requiere un giro. No basta con denunciar la desigualdad o la concentración de la riqueza; es necesario cuestionar el lugar del sacrificio como núcleo organizador de la vida social. Esto implica también repensar nuestras formas de resistencia.

En esa línea, la noción de “deserción”, propuesta por Franco “Bifo” Berardi, ofrece una pista sugerente. No se trata de escapar físicamente ni de buscar refugios temporales —unas vacaciones, una pausa— para luego volver al mismo circuito de agotamiento. La deserción es más radical: consiste en transformar nuestra manera de vivir, empezando por abandonar la idea de que el sacrificio es inevitable.

Eso supone, por ejemplo, poner límites efectivos al trabajo en una época donde la conectividad lo vuelve omnipresente; resistir los dispositivos que capturan nuestra atención y gestionan nuestro agotamiento; y cuestionar activamente los discursos que nos invitan a adaptarnos —como los consejos para “ahorrar bencina”— en lugar de interpelar las decisiones que producen esas condiciones.

Pero también implica algo más incómodo: dejar de pensar la sociedad y la naturaleza como algo externo a nosotros. Mientras sigamos percibiéndonos como individuos aislados enfrentados a un sistema inevitable, el sacrificio seguirá operando como destino. En cambio, reconocer nuestra implicación en esas estructuras abre la posibilidad de transformarlas colectivamente.

Nombrar la deuda —educativa, hipotecaria, previsional— como una forma de despojo no es un exceso retórico, sino un gesto político. Porque detrás de su normalización hay una transferencia sistemática de riqueza hacia una minoría social que se beneficia de ella a costa del sacrificio. Y mientras esa lógica no sea cuestionada, el sacrificio seguirá siendo presentado como virtud, cuando en realidad es el mecanismo que sostiene una forma de vida cada vez más inviable.

El primer paso para resistir a esta forma de vida, es dejar de sacrificarlo todo.

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