
La autora de esta columna analiza, en profundidad, un problema estructural del país, señalando que "la subsidiariedad hizo el trabajo sucio: el Estado no garantiza derechos, financia demanda privada. Subsidia a los que ya tienen para que elijan en el mercado, y a los que no les ofrece la versión precaria del mismo servicio".
Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política
Siempre hay alguien que lo dice. En el asado, en la pega, en la sobremesa navideña, con esa mandíbula apretada de quien va a darte una lección de vida: "A mí nadie me ha regalado nada". Lo dice el tipo que vive en el departamento que le traspasaron los viejos. La profesional que hizo un voluntariado medio año porque alguien le pagaba el arriendo. Quien fue a colegio privado, tuvo inglés desde kínder, magíster afuera, y cayó en su primer trabajo por un contacto del papá.
Lo dice de buena fe. Eso es lo que importa. No miente, no actúa, lo cree de verdad. Y ahí está la clave de todo: esa frase no es un error. Es una prueba de funcionamiento. El sistema que produce herenciocracia produce, al mismo tiempo, sujetos incapaces de verla. Eso no es una falla. Es el diseño.
La máquina invisible
Wendy Brown lo dijo: el neoliberalismo no es solo economía. Es una fábrica de subjetividad. Te convierte en emprendedor de tu propia vida, en capital humano que se autovaloriza. Desde esa lógica, todo lo que recibiste se borra del relato. Queda solo tu esfuerzo. Tu madrugón. Tu sacrificio. La meritocracia no describe cómo funciona el mundo, fabrica la percepción de que funciona así. Y lo hace tan bien que quienes más se benefician del privilegio heredado son los más convencidos de que se lo ganaron solos.
Te puede interesar | Los grandes grupos económicos se harán más millonarios con la megarreforma de Kast
Pero la máquina tiene dos caras. Porque no solo produce privilegiados ciegos a su privilegio produce también no privilegiados convencidos de que si no llegan es porque no se esforzaron lo suficiente. La culpa como disciplinamiento. El tipo que trabaja doce horas y no llega a fin de mes no piensa "el sistema está roto" piensa "me falta un curso", "debería emprender", "no estoy haciendo lo suficiente". Esa es la operación más perversa de la meritocracia: convierte la desigualdad estructural en fracaso personal. Y así, los de arriba se sienten merecedores y los de abajo se sienten responsables. Nadie mira la estructura. La máquina funciona perfecta.
La historiadora británica Eliza Filby le puso nombre al mecanismo que la meritocracia esconde. En Inheritocracy documenta que el motor real de la posición social es la transferencia familiar de capital. Plata, propiedades, redes, contactos, códigos culturales — todo circula entre generaciones como un río subterráneo. Filby lo llama Bank of Mum and Dad, el Banco de Mamá y Papá, y muestra que no es solo retórica: en muchos países es el principal financista de la vida adulta. Quien tiene familia que respalde puede arriesgar, esperar, elegir. Quien no, se endeuda, acepta lo primero que aparece y corre una carrera con los zapatos rotos.
El nombre preciso del sistema es herenciocracia. Suena a tumor. Funciona como uno.
Lo que se siente y no se dice
Los datos explican la estructura. Pero la herenciocracia también se vive en el cuerpo, y eso nadie lo pone en los informes.
¿Alguna vez llegaste a un lugar y supiste inmediatamente que no era para ti? No por un cartel — por algo más fino. Por cómo hablaban, cómo se movían, cómo daban por sentado cosas que para ti eran impensables. Eso se llama ansiedad de clase. Es la fatiga de performar que perteneces a un mundo que no te pertenece. Sonreír en la cena correcta, usar las palabras justas, fingir que el vino te resulta natural cuando tu mamá tomaba jugo en caja.
Bourdieu lo explicó hace décadas: lo que heredamos no es solo plata. Es capital cultural, social, simbólico. Los códigos para moverse en ciertos espacios, el tono para una entrevista de trabajo, la soltura para sentarte en un directorio como si fuera tu living. Todo eso se transmite en la mesa familiar, no en la sala de clases. Y quien no lo tiene lo siente — en la piel, en la guata, en esa voz interior que dice me van a cachar.
Del otro lado no hay angustia. Hay comodidad. La tranquilidad tibia de quien nunca necesitó pensarse como privilegiado. Las puertas se abren y nadie registra quién las abrió. Y cuando alguien lo señala, la reacción es instantánea: "¿Me estás diciendo que no me lo merezco?". Nadie dice eso. Lo que se dice es que el juego estaba arreglado antes de que te sentaras a la mesa. Que no ver las reglas no significa que no existan — significa que fueron escritas a tu favor.
La arquitectura
En Chile esto no es abstracto. Es arquitectura política con nombre y apellido.
La calidad educativa es proporcional a la cuenta corriente de los padres. Hay niños que entran a primero básico con laboratorio de ciencias y pupitre nuevo. Otros comparten sillas rotas, libros de hace diez años, y después de clases trabajan para aportar en la casa. Ambos tienen talento. Solo uno tiene condiciones. Piketty lo demostró con datos que aburren de tan contundentes: la acumulación hereditaria de capital es la fuerza más potente de la desigualdad contemporánea. La universidad no corrige esa distorsión — la certifica con un título. Y a quienes no tienen respaldo les queda el CAE: décadas de deuda a cambio de un cartón que no garantiza nada. La movilidad social sin redistribución estructural es un espejismo, y el CAE es su versión chilena más cruel.
Lee también | La ignorancia del presidente: Los empleos precarizados que Kast no ve en investigación
En el mercado laboral, Filby documenta que la mayoría de los empleos de alta remuneración en países desarrollados se consiguen por redes y recomendaciones. Las pasantías sin sueldo — ese filtro disfrazado de oportunidad — son una barrera de clase pura: solo trabaja gratis quien tiene a alguien que le financia la vida mientras tanto. ¿Cuántas veces alguien te abrió una puerta que ni registraste? ¿Cuántas tocaste que nunca se abrieron? La respuesta a esas dos preguntas dice más sobre tu posición social que cualquier título en la pared.
En vivienda, más de doscientas mil transmisiones en España en 2025 fueron herencias. En California, el 18% de todas las transferencias inmobiliarias. En Chile, menos de la mitad de los hogares tiene la casa pagada. Quien hereda propiedad acumula patrimonio desde los veinte. Quien no, paga arriendo hasta los sesenta sin haber construido nada propio.
El Estado que lo sostiene
La herenciocracia necesita un Estado cómplice para funcionar, y en Chile lo tiene.
La subsidiariedad hizo el trabajo sucio: el Estado no garantiza derechos, financia demanda privada. Subsidia a los que ya tienen para que elijan en el mercado, y a los que no les ofrece la versión precaria del mismo servicio. Educación subvencionada que no compite con la privada. Salud pública reventada mientras las isapres seleccionan a dedo. Vivienda social en la periferia, lejos del trabajo, del transporte, de la vida. Los impuestos a la herencia son irrisorios. La regulación inmobiliaria, mínima. La renta urbana se acumula sin contrapeso.
Y cada vez que alguien propone tocar esas estructuras, la respuesta es un reflejo pavloviano: "van a espantar la inversión", "van a castigar el esfuerzo", "van a destruir la clase media". Como si la clase media no estuviera siendo destruida precisamente por el sistema que dicen proteger. La herenciocracia no solo se beneficia del Estado capturado — lo necesita. Lo financia. Lo defiende con lobby, con medios, con think tanks, con legisladores que hablan de meritocracia en cadena nacional mientras votan para que nada cambie.
La trampa blanda
Y acá hay que ser honesta con algo: reconocer el privilegio tampoco alcanza.
Se puso de moda decirlo. "Soy consciente de mis ventajas." Bien. ¿Y después? El check your privilege funciona como confesión laica — lo dices, te alivias, y al día siguiente sigues acumulando exactamente lo mismo. Conciencia sin consecuencia. Progresismo de biografía de Instagram. La introspección individual no toca la estructura. Nunca lo hizo. Es la forma más elegante de sentir que estás del lado correcto sin mover un peso de lugar.
Lo que sí la toca
La herenciocracia no se desarma con buena voluntad. Se desarma con política, y la política es lenta y disputada.
Reforma tributaria real sobre patrimonio y herencia — cada vez que se propone, el lobby la descuartiza antes de que llegue al Congreso. Educación y salud pública como derechos universales, no como servicios de segunda para quienes no pueden pagar — cada vez que se intenta fortalecer lo público, alguien grita "ideología" o "ineficiencia". Regulación del mercado inmobiliario para que la vivienda deje de ser el principal vehículo de acumulación hereditaria — cada vez que se menciona, los mismos de siempre hablan de libertad económica.
Eso es lo que enfrenta cualquier intento de redistribución: resistencia organizada, financiada, con poder real. Y del otro lado, atomización. Gente demasiado endeudada, demasiado agotada, demasiado ocupada sobreviviendo como para organizarse. Esa asimetría no es casual. También es parte del diseño.
¿Se puede? Sí. Pero no solo con conciencia. Ni con hashtags. Con organización política — y no solo la que pasa por el Congreso. También la que pasa por el sindicato, la asamblea territorial, la coordinadora de deudores, la huelga, la calle. La disputa por cómo se reparten los recursos no se da solo donde se redactan las leyes — se da donde la gente se junta, se reconoce y deja de creer que su problema es individual. Las instituciones importan, pero ninguna reforma llega al Congreso si antes no hubo alguien organizándose afuera para exigirla.
La frase
"A mí nadie me ha regalado nada."
Esa frase no es el problema. Es el síntoma perfecto. La prueba de que la máquina funciona. De que la herenciocracia logró su objetivo más sofisticado: que quienes más reciben sean los más convencidos de que todo fue mérito propio. Y que quienes menos reciben estén demasiado ocupados culpándose a sí mismos como para mirar hacia arriba.
La meritocracia lleva décadas muerta. Lo que respira en su lugar tiene nombre, tiene estructura, tiene quién lo defiende. Y mientras no haya redistribución real — no discurso, no conciencia, no buenas intenciones, sino poder colectivo disputando poder económico — esa frase se va a seguir repitiendo en cada asado, en cada oficina, en cada sobremesa.
Con total ceguera.