Matías Catrileo: la memoria como arma ante el retroceso civilizatorio

Matías Catrileo: la memoria como arma ante el retroceso civilizatorio

El autor de esta columna repasa las casi dos décadas del asesinato de Matías Catrileo, en un contexto sumamente adverso ante el avance de la impunidad, planteando que "la justicia chilena, con su clasismo brutal, es cómplice de este escenario".

Por Jean Flores Quintana | Politólogo

Hoy, 3 de enero, el calendario en el Wallmapu marca la efeméride de la infamia. Se cumplen 18 años exactos de la ejecución política de Matías Catrileo Quezada. La memoria nos exige volver al detalle de ese amanecer sangriento para desmantelar la mentira oficial. Corría el 2008 y Matías, con solo 22 años, participaba junto a la comunidad Yeupeko en la recuperación pacífica del Fundo Santa Margarita, predio en manos del latifundista Jorge Luchsinger. No hubo enfrentamiento, hubo retirada. Y en esa retirada, el cabo segundo de Carabineros, Walter Ramírez Inostroza, decidió ejecutar la pena de muerte que el latifundio reclama.

Armado con una subametralladora Uzi, Ramírez disparó ráfagas contra los jóvenes que buscaban refugio. Una de esas balas ingresó por la espalda de Matías, perforando su pulmón izquierdo y saliendo por el abdomen. Murió en minutos, ahogado en su propia sangre, sobre la tierra que intentaba liberar. Lo que siguió fue el segundo asesinato: el judicial. La Justicia Militar condenó al homicida a una pena irrisoria bajo libertad vigilada. Ramírez no pasó una sola noche en la cárcel. Esa es la pedagogía histórica del Estado chileno: el gatillo fácil tiene blindaje institucional cuando se asesina al mapuche.

Pero a Matías no lo mató solo un carabinero. Lo mató una maquinaria cultural y política diseñada para fabricar al "enemigo interno". La muerte de Catrileo ocurre en un ecosistema tóxico donde la clase patronal y las transnacionales dictan el guión. Una prensa servil a los intereses forestales lleva décadas criminalizando la protesta, bombardeando con titulares que disfrazan la recuperación de tierras de "terrorismo" y la defensa del agua de "obstáculo al desarrollo". Ellos preparan el terreno moral para que, cuando una placa aprieta el gatillo o un sicario actúa en la sombra, la élite chilena aplauda en silencio.

Esta criminalización es el oxígeno de la impunidad. El círculo de fuego se ha expandido. La persecución ya no solo apunta al comunero mapuche; hoy, la lista de defensores ambientales perseguidos, amenazados y encarcelados crece de forma alarmante bajo las narices de un Gobierno que firma el Acuerdo de Escazú, pero permite que se mate a quienes lo ejercen. Desde 1990, a los más de veinte comuneros mapuche asesinados —como Alex Lemun o Camilo Catrillanca— debemos sumar el "suicidio" simulado de Macarena Valdés, las muertes sospechosas de Alejandro Castro y Javiera Rojas, y los centenares de líderes territoriales que duermen amenazados.

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Sin embargo, el peligro hoy es aún mayor. Esta impunidad histórica ha pavimentado el camino para una arremetida fascista descarada. Ya no es solo la derecha tradicional; enfrentamos a una ultraderecha envalentonada que impulsa una agenda de retrocesos civilizatorios sin precedentes. Vienen por todo: niegan los crímenes de la dictadura, reivindican la violencia estatal como método de control social y buscan desmantelar los derechos humanos más básicos. Su proyecto es instaurar el miedo como política de Estado, borrando de un plumazo las conquistas sociales y populares. Para ellos, un mapuche muerto o un activista ambiental preso no son tragedias, son victorias en su cruzada por imponer un orden autoritario y racista.

La justicia chilena, con su clasismo brutal, es cómplice de este escenario. Prisión preventiva para el que defiende el bosque; libertad para el uniformado que dispara y tribuna política para el fascista que incita al odio.

A 18 años de que la Uzi de Ramírez apagara la vida de Catrileo, la indignación debe ser una trinchera inexpugnable. La bala que mató a Matías es la misma violencia que hoy utiliza el neofascismo para intentar doblegarnos. No son luchas separadas. El enemigo es el mismo modelo extractivista y autoritario que depreda la naturaleza y desprecia la vida. Defender la memoria de Matías hoy es organizar la resistencia contra la barbarie que avanza.

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