
La obra de Habermas me parece hoy insípida. Fuera de las aulas, su rol no es más que brindar tinta a una burguesía ilustrada alemana, progresista pero profundamente autoritaria. Una que recita a Habermas para palabrear sobre el derecho internacional ante la "guerra de agresión" rusa, pero apoya ante la “guerra de agresión” estadounidense-israelí contra Irán.
Por Edmundo Arlt
Ha muerto Jürgen Habermas. Realizó un intento sincero de generar una filosofía política, disfrazándola de sociología, ante el fracaso de las ofertas europeas existentes. Muchos obvian convenientemente estas propuestas absolutamente deficientes: la demencia del maoísmo -como Foucault- durante Revolución Cultural; el apoyo a un bolchevismo brezhnevista, militarista e incompetente, condenando por «tibio» al reformismo jruschovista; o el respaldo a los hijos del capitalismo más exitoso de la historia en sus anhelos guevaristas-tupamaros, plagados del infantilismo de izquierda de la RAF en la Alemania Federal. Digo «europeas» porque Habermas compartió esa ignorancia tan kantiana, disfrazada de universalismo, que le permitía escribir sin siquiera nombrar a la Revolución Cubana, la experiencia allendista o la estrategia ISI.
Su filosofía política puede tomarse como "teología" o como "protocolo de conversación". Es fácil atacarlo por lo primero: Habermas aparece aquí como un idealista ingenuo que no comprende cómo funciona la sociedad "real". Pero, aplicando el principio de caridad a lo segundo, se pueden extraer discusiones interesantes. ¿Acaso no soñaba la izquierda con sóviets, sindicatos o asambleas que no fuesen cooptados ni por el dinero ni por el poder, manteniéndose cercanos a las dinámicas del "mundo de la vida"?
También puedes leer: Estado de excepción mediático
Lo imperdonable es que Habermas nunca abandonó la calidez de la "filosofía universitaria", esa que siempre le es leal al statu quo, como denunciara Schopenhauer. A diferencia de quiebres famosos como el de Freud con Jung o el de Jonas con Heidegger, Habermas jamás escribió una línea contra sus mecenas. Él, que estaba muy presto a calificar de "fascistas de izquierda" a las y los radicalizados estudiantes del 68 exaltados por la guerra de Vietnam, toleró sin problemas que su maestro Adorno defendiese públicamente a colegas que habían ocultado su pasado nazi, como Helmut Schelsky. El mismo Schelsky que argumentaba ante el Tribunal Constitucional la necesidad de seguir encarcelando a los homosexuales que habían sobrevivido a los campos de la barbarie nazi. Ante una Europa que fomentaba activamente la fractura de Yugoslavia, Habermas prefirió apoyar la intervención militar en Kosovo, sin reflexionar jamás hasta las últimas consecuencias sobre dichas intervenciones en Irak, Afganistán, Siria o el Líbano.
Una mancha imborrable será su postura sobre el genocidio en Palestina. Tras publicar un mediocre volumen sobre un “Nuevo Cambio Estructural de la Esfera Pública”, no pronunció palabra contra la persecución del movimiento propalestino en Alemania. No protestó, por ejemplo, cuando el Ministerio de Educación ordenó conformar una lista negra de profesoras y profesores que defendiesen la libre expresión del estudiantado propalestina para así desfinanciar sus proyectos. Tampoco dijo nada cuando la restricción al derecho de manifestación llegó al absurdo de castigar penalmente a quien grite "Palestina libre" en las calles alemanas. Lo más grave, sin embargo, fue su cobarde intento de conectar subrepticiamente el apuntar a la ya entonces obvia intención genocida del Estado de Israel con el antisemitismo.
La obra de Habermas me parece hoy insípida. Fuera de las aulas, su rol no es más que brindar tinta a una burguesía ilustrada alemana, progresista pero profundamente autoritaria. Una que recita a Habermas para palabrear sobre el derecho internacional ante la "guerra de agresión" rusa, pero apoya ante la “guerra de agresión” estadounidense-israelí contra Irán. Una que condena con razón el envío de la mujer afgana a la premodernidad, pero que no tuvo reparos en abandonar a las y los casi diez mil colaboradores locales (Ortskräfte) que apoyaron al Estado alemán durante dos décadas. En su filosofía no se encuentra una línea sobre la catastrófica integración turca y menos aún sobre la potestad del Estado alemán («Radikalenerlass») de prohibir que comunistas, socialistas y anarquistas se conviertan en funcionarios públicos para-todos-los-efectos-prácticos.