La desidia de los Servicios Locales de Educación Pública contra más de 700 trabajadores en Chile

La desidia de los Servicios Locales de Educación Pública contra más de 700 trabajadores en Chile

Sr. Director

En la previa de año nuevo, el ministro de Educación, Nicolás Cataldo, salió en redes sociales hablando de los "avances" de las políticas implementadas en 2025. La verdad, es que la superficialidad del ministro es aberrante.

Ante una nula agenda política que se haga verdaderamente cargo de la educación del país, la actual administración se ha dormido en los laureles, vaciando las consignas que repletaron las calles por comunidades educativas durante el ciclo 2006-2019.

Ejemplo de aquello, se ve en la situación en la que se encuentran los Servicios Locales de Educación Pública (SLEP) y sus trabajadoras/es que han enfrentado la precarización laboral, los impactos de una austeridad selectiva y mínimos avances (si es que corren suerte) en las condiciones de los establecimientos que favorezcan el aprendizaje.

A nivel nacional, más de 700 trabajadoras y trabajadores de la educación han enfrentado la desidia de los SLEP a fin de año, en una lastimosa y naturalizada dinámica de despidos. Una mirada rápida: SLEP Andalién Costa, con 300 posibles desvinculaciones; SLEP Valdivia, con hasta 120 desvinculaciones; SLEP Del Pino, con 75 despidos; SLEP Santa Rosa, con más de 150 notificaciones; SLEP Magallanes, con más de 150 despidos; y el progresivo despido de trabajadoras/es en el SLEP Elqui dan cuenta de esta grave situación.

Pero el modelo continúa, mientras el círculo directivo de estos servicios no se acortan sus sueldos. Para el año 2026 se proyecta la implementación de una decena de nuevos SLEP, encontrándose en la zona centro-sur el SLEP Puelche (que reúne administraciones de la provincia del Biobío) y el SLEP Valle Diguillín.

Evidentemente, los despidos de los SLEP han sido más, pero muchas veces pasan de forma sigilosa con los llamados que equipos directivos realizan a última hora entre Navidad y año nuevo. La amargura es inevitable.

Confío, y espero, que todas y todos los colegas puedan desempeñarse en espacios de trabajo en donde sean reconocidas y reconocidos por sostener la educación, cuál Atlas, en sus hombros, ante un desprestigio de nuestro quehacer y una clase política que, teniendo la oportunidad de cambiar un poco la balanza, no dudó en darnos un portazo en la cara.

Por M. Silva Mardones

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