
Por Ignacio Muñoz
Después del peor resultado en términos porcentuales de una alianza de izquierda y, paradójicamente, la mejor votación histórica de un candidato del Partido Comunista, los análisis oportunistas abundan. Todos buscan explicar la derrota con diagnósticos oportunistas. Como buen general después de la guerra, entrego aquí mi propia visión.
En el siglo XXI las elecciones ya no se juegan en la calle, en los debates o en campañas televisivas, sino mayormente en el espacio virtual. Y el gobierno de Gabriel Boric decidió no disputar ese espacio ante la creencia desactualizada de que los logros materiales y un discurso centrado se impondrían por osmosis en la conciencia de los chilenos. Por lo visto el Copago Cero, Ley TEA, Papito Corazón, la Ley Integral contra la violencia hacia las mujeres, las 40 horas o el aumento de las pensiones no fueron tan bien percibidas. Eso es porque estamos en una época donde las sensaciones modifican nuestras percepciones y, por ende, nuestra conducta, independiente de los cambios materiales, lo que se percibe claramente al ver los avances en combate contra la delincuencia versus su percepción (ENUSC).
Se ha hablado largamente de errores de campaña, de problemas comunicacionales, de falta de épica o de desconexión con las “preocupaciones reales de la gente”. Pero quiero centrarme en algo más estructural, algo que se arrastra desde el inicio del gobierno de Boric —e incluso antes, si recordamos el relato que vinculó la revuelta social con la delincuencia común— y que resulta clave para entender el escenario actual: la renuncia del Ejecutivo a usar su poder para combatir la campaña sucia y sistemática desplegada en redes sociales.
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Esto es especialmente preocupante si tomamos en consideración una verdad incómoda pero ineludible: en Chile, el mayor poder real al que puede aspirar la izquierda es el poder del Ejecutivo. No controla los grandes medios, no domina el poder económico, no tiene hegemonía cultural estable. El Ejecutivo es, en términos concretos, su principal plataforma institucional. Y, aun así, ese poder fue utilizado con excesiva prudencia, o mejor dicho una descomunal incuria, considerando los resultados.
El candidato ganador basó su campaña en una idea simple y eficaz: la alternancia como respuesta a un “mal gobierno”. Orden frente al caos. Cambio frente al desgobierno. Y, sobre todo, una operación discursiva brutalmente exitosa: Jara es Boric, y Boric es Jara. No importaron las trayectorias, las diferencias reales ni los matices. La campaña no se construyó desde la crítica ideológica, sino desde la mentira reiterada: Chile se cae a pedazos, no se puede salir a la calle, el país vive una crisis terminal. No era una crítica desde la derecha tradicional ni un debate honesto sobre modelos de desarrollo; era —y es— vender ilusiones en base a un imaginario propio de un meme. Efectivo y exitoso.
Y aquí es donde la izquierda institucional o intelectual falla completamente: no existe una relación directa entre las críticas legítimas que se le pueden hacer al gobierno de Boric y el triunfo de la derecha como proyecto político anti-Boric. Lo que ganó no fue una evaluación racional del desempeño gubernamental, sino la instalación exitosa de un clima emocional, de una sensación de catástrofe permanente, amplificada hasta el paroxismo por redes sociales.
Desde la campaña de 2021 vimos un aumento explosivo de campañas sucias en plataformas digitales. Luego, durante el primer proceso constitucional, la proliferación de noticias falsas fue simplemente devastadora. La misma lógica se repitió para atacar reformas laborales, previsionales y tributarias. Durante todo el gobierno del presidente Boric, el uso de redes sociales para generar reacciones emocionales negativas fue exitoso una y otra vez, con una sola excepción: el segundo proceso constitucional, donde la derecha no logró articular un relato “en positivo” y terminó perdiendo.
Pero fuera de ese paréntesis, el patrón se repite. En primera y segunda vuelta ocurrió lo mismo. Se atacó indiscriminadamente a candidatos, se mezclaron figuras, se caricaturizaron posiciones, se falsearon datos. Se llegó incluso al extremo de incorporar formalmente a la campaña de Kast a uno de los mayores difusores de desinformación en Chile: Bernardo Fontaine. Nada de esto fue improvisado.
La propaganda en redes sociales permite campañas quirúrgicas, diseñadas para audiencias específicas según edad, localización, intereses, patrones de consumo y perfiles psicológicos. No se trata de convencer a todos, sino de activar miedos precisos en segmentos concretos. El Pew Research Center[1] ya mostraba en 2020 que el 60% de los adultos en Estados Unidos usaba redes sociales como principal fuente de información política. En Chile, con un ecosistema mediático aún más concentrado y una televisión en declive, ese porcentaje es probablemente mayor.
La influencia de las redes en la participación electoral y en la formación de opinión pública está ampliamente documentada. El estudio publicado en Nature en 2012[2], que analizó el comportamiento de 61 millones de usuarios de Facebook, demostró empíricamente cómo ciertos mensajes podían modificar conductas políticas reales. El Programa en Democracia y Tecnología de la Universidad de Oxford[3] publica informes anuales donde se puede evidenciar los efectos de las campañas de desinformación coordinadas.
Todo esto era conocido. Todo esto estaba sobre la mesa. Y aun así, el gobierno optó por no dar la pelea. No usó el poder del Ejecutivo para enfrentar la desinformación de manera estructural, ni para disputar el sentido común digital, ni para construir un relato propio que contrarrestara la mentira sistemática. Se confió en exceso en la moderación, en la institucionalidad, en la idea de que “no vale la pena bajar al barro”.
Pero la política contemporánea se juega, precisamente, en ese barro. Y los de Kast ganaron porque lograron instalar una pelea que el gobierno nunca quiso dar. No porque tuvieran mejores argumentos, sino porque entendieron antes —y mejor— dónde se estaba librando la verdadera batalla.
La derrota no fue solo electoral. Fue, sobre todo, una derrota estratégica. La izquierda tuvo el poder, tuvo el diagnóstico y tuvo el tiempo. Lo que no tuvo fue la voluntad de usarlo.
Yo entiendo que la elite cercana a las esferas del poder con sus panegiristas y epígonos, buscarán decir que es un periodo de reflexión y autocrítica, sin mencionar responsables ni poner a disposición sus cargos si es el caso. O, en un esfuerzo mínimo saldrán a criticar al votante, especialmente el más popular, de no entender su mensaje críptico. Los más astutos volverán a la fórmula autocomplaciente de la extinta concertación, diciendo que se hizo lo que se pudo en la medida de lo posible.
Lamentablemente para aquéllos, tenemos ejemplos exitosos como el de AMLO. Andrés Manuel López Obrador —pese a tener flancos criticables—, entendió que el poder mediático es parte constitutiva del poder político. Si no controlas el relato, el gobierno solo podrá jugar a la defensa.
Frente a un ecosistema mediático históricamente hostil, concentrado en grandes conglomerados privados y abiertamente opositores, AMLO no optó por la moderación discursiva ni por la espera pasiva de que los resultados hablaran por sí solos. Hizo exactamente lo contrario: usó el poder del Ejecutivo para construir un canal directo, cotidiano y masivo de comunicación con la ciudadanía[4].
Las mañaneras (conferencias matutinas) no fueron un capricho personal ni una excentricidad latinoamericana. Fueron una estrategia política de disputa del sentido común. Todos los días, durante horas, el presidente fijaba agenda, respondía ataques, desmentía noticias falsas, personalizaba conflictos y, sobre todo, instalaba un marco interpretativo desde el cual leer la realidad nacional. No reaccionaba, sino que se anticipaba.
En términos comunicacionales, AMLO entendió algo que el progresismo chileno parece resistirse a aceptar: la repetición no es vulgaridad, es penetración. El mensaje no se refinaba para convencer a elites ilustradas; se simplificaba para ser recordado. Conceptos como “los conservadores”, “la prensa vendida”, “la corrupción del pasado” o “el pueblo bueno” funcionaron como atajos cognitivos, eficaces para ordenar el campo político y emocional.
¿Resultados? Pese a una cobertura mediática mayoritariamente crítica, López Obrador mantuvo durante casi todo su mandato niveles de aprobación superiores al 60%, incluso en contextos adversos como la pandemia o la crisis de seguridad. Más aún: su proyecto político logró continuidad. Claudia Sheinbaum no sólo ganó la presidencia, sino que lo hizo ampliando la base electoral de Morena, confirmando que el relato construido desde el Ejecutivo logró sobrevivir al propio líder.
Nada de esto ocurrió por generación espontánea. Fue el producto de una decisión política clara: usar el poder del Estado para disputar el espacio simbólico, sin pedir permiso y sin temor a la acusación de populismo por parte de la oposición. La neutralidad comunicacional no existe y en un entorno saturado de desinformación, el silencio institucional es inoperancia.
El contraste con Chile se hace evidente. Mientras en México el Ejecutivo actuó como un actor político consciente de su rol comunicacional, en Chile el gobierno de Boric optó por una estrategia casi pedagógica, como si gobernar consistiera en explicar bien políticas públicas esperando que estas se filtraran lentamente en la opinión pública. En un contexto dominado por algoritmos, emociones y paparruchadas, esa estrategia estaba condenada al fracaso.
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Aquí no hubo mañaneras, ni una política sistemática de confrontación con la desinformación, ni una narrativa persistente que ordenara el caos informativo. Hubo comunicados, vocerías dispersas, llamados a la responsabilidad y una confianza excesiva en que los datos —copago cero, 40 horas, aumento de pensiones— competirían en igualdad de condiciones con memes, titulares falsos y campañas de miedo. No fue una pelea justa. Tampoco lo fue en la cantidad de dinero invertido en redes sociales.
Entonces, la izquierda chilena tuvo un ejemplo exitoso frente a sus ojos y decidió no aprender de él. No se sabe si por pudor, por temor al conflicto o por una concepción liberal–procedimental del poder que confunde institucionalidad con pasividad.
En política, no usar el poder que se tiene no es una virtud moral. Es, simplemente, una mala estrategia.
Ahora que lo pienso, quizás no fue una batalla perdida, ya que nunca participaron en el combate.
[1] https://www.pewresearch.org/journalism/fact-sheet/social-media-and-news-fact-sheet/?spm=a2ty_o01.29997173.0.0.1a6d51711Xrd2N
[2] https://www.nature.com/articles/nature11421?spm=a2ty_o01.29997173.0.0.1a6d51711Xrd2N
[3] https://demtech.oii.ox.ac.uk/
[4] https://anuario.coneicc.org.mx/index.php/anuarioconeicc/article/view/649