Dos herencias frente a la historia: la dignidad de los Caracciolo y la miseria de los Labbé

Dos herencias frente a la historia: la dignidad de los Caracciolo y la miseria de los Labbé

Tras la muerte del concejal y pescador Milko Caracciolo, el autor de esta columna resalta cómo los apellidos Caracciolo y Labbé representan una profunda diferencia política arraigada en su historia familiar, planteando "que la memoria de Milko sea un faro y una advertencia: mientras existan herederos del odio y el privilegio como los Labbé, será indispensable multiplicar a los luchadores sociales como los Caracciolo".

Por Jean Flores Quintana | Politólogo

La muerte tiene formas extrañas de ordenar la historia. Hace tan solo unos días, el mar de San Antonio —ese litoral bravo que ha sido testigo mudo del horror de la dictadura y de la épica de la resistencia— reclamó la vida de Milko Caracciolo. Falleció en su ley, pescando, ejerciendo el oficio ancestral que definió su identidad de clase, lejos de los lujos y prebendas del poder central. Su partida no es solo la pérdida de un concejal o un dirigente; es el hito que nos obliga, casi por deber moral, a poner frente a frente dos linajes que explican la tragedia y la esperanza de Chile: la estirpe de los Caracciolo versus la miserable casta de los Labbé.

Para entender la dimensión ética de Milko, hay que mirar a su padre, Cosme Caracciolo. En un país acostumbrado a los pactos de silencio y a la "justicia en la medida de lo posible", Cosme —histórico dirigente de la pesca artesanal— fue una anomalía de valentía. Fue el pescador que se atrevió a señalar con el dedo al coronel. Mientras gran parte de la clase política de la transición se acomodaba a convivir con los herederos de la dictadura, Cosme fue la pieza clave, el eslabón de memoria viva que permitió la detención y procesamiento de Cristián Labbé Galilea.

Lee la nota de archivo| Cosme Caracciolo: Lo ocurrido conmigo fue una clase de tortura que dio Cristián Labbé a los militares que estaban ahí

No hablamos de cualquier criminal. Labbé padre representa la quintaesencia del pinochetismo sociológico y el poder fáctico de la Unión Demócrata Independiente (UDI). Fue el torturador de Tejas Verdes y Rocas de Santo Domingo que, amparado por el gremialismo, logró lavarse la cara y reciclarse como alcalde de Providencia durante 16 años. Gestionó la comuna con la misma arrogancia con la que antes gestionaba la vida y la muerte en los campos de concentración, siempre blindado por la estructura partidaria de la derecha tradicional. Fue el testimonio inquebrantable de Cosme el que rompió ese cerco de impunidad, situando al militante UDI en la escena del crimen, desmoronando su coartada y revelando el sadismo operativo que se escondía tras el terno de alcalde.

Pero las herencias no se detienen. Hoy, esa oscuridad tiene un nuevo rostro en el Congreso: el diputado Cristián Labbé Martínez. El hijo no solo porta el apellido, sino que perpetúa la lógica del "enemigo interno" desde su escaño en el Partido Nacional Libertario. Utilizando las pantallas de televisión y su fuero parlamentario, Labbé hijo amenaza la convivencia democrática con una soltura que hiela la sangre, destilando discursos de odio que revictimizan y polarizan. Es la impunidad biológica e ideológica operando a plena luz del día; la demostración de que, para el pinochetismo, la democracia es a menudo solo un paréntesis incómodo en su vocación autoritaria.

En la vereda opuesta, luminosa y digna, caminó Milko Caracciolo. Si el hijo de Labbé heredó el odio y los privilegios de una casta militar vergonzante, Milko heredó la conciencia de clase y el amor por el territorio. Nunca necesitó el blindaje de los grandes conglomerados financieros ni las órdenes de partido de la élite. Como dirigente de la pesca artesanal, enfrentó a los gigantes industriales y a la corrupta Ley de Pesca con la misma fiereza con la que su padre enfrentó a la DINA.

Su paso por la institucionalidad, como concejal de San Antonio (militante del Partido Igualdad), no fue para buscar el ascenso social, sino para defender a la comunidad. Entendió que el borde costero no es una mercancía para el lucro de unos pocos, sino el sustento de miles de familias. Su principal militancia estaba en los sindicatos, en las caletas y en las asambleas territoriales.

El contraste final es devastadoramente poético. Milko Caracciolo muere trabajando, con las manos en las redes, conectado hasta el último segundo con la naturaleza y la producción material de la vida. Su muerte es coherente con su existencia: una vida de esfuerzo, sin atajos, construida sobre la verdad y el trabajo físico. Por otro lado, la vigencia política de los Labbé se sostiene sobre la mentira, el ocultamiento de información sobre detenidos desaparecidos y la manipulación mediática de los partidos de la burguesía financiera y la clase patronal.

San Antonio despide a un imprescindible. Pero al mirar la bahía, queda la certeza de que la historia no la escriben los que torturan ni los que amenazan la democracia; la historia profunda de Chile la escriben los que, como Cosme, se atreven a hablar, y los que, como Milko, viven y mueren luchando por la dignidad de su pueblo.

Que la memoria de Milko sea un faro y una advertencia: mientras existan herederos del odio y el privilegio como los Labbé, será indispensable multiplicar a los luchadores sociales como los Caracciolo.

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