De otro lado de la vereda

De otro lado de la vereda

Comenzó a ganar terreno la liviandad: la palabra libertad y paz se neoliberalizó. Escuchamos, pero no juzgamos fue el eslogan de un momento: dejar pasar, dejar pasar, contar hasta 10 y dejar pasar de nuevo, total, estoy plena, radiante y brillante.

Por Viera Alondra

Ayer, en la población donde vivo no hubo bocinazos ni celebraciones. En las esquinas se juntaron los mismos borrachos de siempre, los y las pasteras seguían deambulando, haciendo sus rutas cotidianas. 

Corrí a ver a mi abuela, la llamé y la noté algo ansiosa. Sé que a estas alturas no ve otro camino que el electoral, fabricado por unos pocxs para gobernar a muchxs. Me abracé con mi compañera y me cayeron unas lágrimas de angustia, porque más allá de todo lo podrido, igual duele. En el fondo del alma igual duele. 

Nos despedimos y corrí, subí las escaleras al cuarto piso y abrí la puerta. En un sillón, terminando el aseo, estaba mi abuela. Mientras preparaba la lana para hilar, me decía: por la mierda, nunca lo pensé. Era una especie de reflexión muy interna que no podía guardar. Después me miraba y me decía: Hijita, la gente le tiene miedo al comunismo, si leyeran, si estudiaran, sabrían lo que es realmente. Luego bajaba la cabeza y susurraba: Qué vamos a hacer ahora. Y así, nuestra conversación se transformó en una especie de montaña rusa de ires y venires. No le dije mucho, sólo la escuché. Me despedí de un abrazo grande y largo. En el fondo de su corazón sé que estaba preocupada por todxs nosotrxs, sé que recuerda el día que detuvieron a mi abuelo, sé que recuerda cuando salieron los milicos y apuntaron a mi papá, sé que recuerda cuando volvieron a salir el 2019.

Lo personal es político se perdió hace mucho tiempo

Ser radicales, críticas, poner límites, romper relaciones tóxicas, etc. se volvió impopular. Comenzó a ganar terreno la liviandad: la palabra libertad y paz se neoliberalizó. Escuchamos, pero no juzgamos fue el eslogan de un momento: dejar pasar, dejar pasar, contar hasta 10 y dejar pasar de nuevo, total, estoy plena, radiante y brillante.  Y acá no estoy planteando que no tengamos que gozar, reír a carcajadas y hacer lo que amamos. Para nada. Eso también es una forma de luchar contra este sistema que nos quiere tristes y amargadas. Hablo de las luces, de los egos y la fama. La necesidad de brillar por sobre lxs demás a costa de todo. A costa de abrazar a los maltratadores y abusadores, a costa de tocar tambores con ellos, bailarles y cantarles, a costa de ver como entran y salen jalando todo el día y toda la noche, a costa de institucionalizarnos sin cuestionarlo. 

Sé que tenemos que trabajar para vivir (lamentablemente), pero ¿en qué momento las artes y las culturas se volvieron un trabajo similar al de las fábricas o al de los retails? 

Y así lo mismo con lo socioambiental. Se volvió una necesidad institucionalizar las luchas, ser operadores del SEA, pactar con Arauco y con CMPC, conversar y dialogar con los opresores, con los mismos que matan a Julia Chuñil, a Maca Valdés y reprimen todos los días en Wallmapu. 

Y así podríamos seguir, porque al fin y al cabo hubo una caída libre a la neutralidad, al camino más “fácil” y a la desesperanza. Me incluyo. Voté en las elecciones pasadas por miedo al fascismo y creí que con la nueva constitución podría cambiar algo, así rápido, olvidando los años de reflexiones, discusiones políticas, clases de historia, conversatorios, y más. Olvidando todos los espacios que han levantado muchas compañeras por años y años y años.

Desde aquí me posiciono y reivindico mi error. Porque prefiero eso que quedarme callada creyendo que siempre tengo la razón, conversando con las mismas de siempre para sentirme mejor y más ilustrada. 

Sostengo firmemente que la salida no es institucional, no creo en esta democracia burguesa y apitutada. No voy a caer derrotada en un contexto donde los únicos derrotados son esa izquierda que se decía clasista, antipatriarcal, feminista, ambientalista y no sé cuanta cosa más. Ellos perdieron. Porque siguen perpetuando este modelo, porque se sentaron y firmaron por la paz mientras mataban en las calles, porque siguen aprobando proyectos que destrozan los territorios, siguen matando y haciendo desaparecer. Sin mencionar que siguen permitiendo que los medios tradicionales de comunicación hagan lo que quieran, mintiendo y construyendo realidades absolutamente creíbles. Les acomoda que todo siga tal cual, que todo se mueva un poquito no más, que todo avance lento, porque así es la dialéctica marxista leninista, la república, la democracia y bla bla bla. Pero el fascismo y las fotos de Pinochet se multiplican en las fotocopiadoras del país. ¿Eso sí avanza rápido no? Y bueno, seguramente ahora serán la tremenda oposición. No me cabe la menor duda.

Y nosotras, ¿Qué?

Pienso que estas fisuras del capitalismo (que pega sus más fuertes coletazos) nos invita a una reflexión mucho más profunda de cómo queremos habitar, con quienes y de qué manera. Nos invita a entender que es el comienzo de una gran crisis que se está viendo y viviendo en todo el mundo desde hace un tiempo. No son 4 años de “resistir”. Es un empujón a tomar posición y repensar cómo queremos construir los años que nos quedan, incorporando lo aprendido para no volver a cometer los mismos errores, construyendo desde los afectos, pero sin abrazar a todxs porque “hay que estar unidxs”. Esa es una frase construida por ellos, a los que no les conviene que marquemos límites, a los que toman todas nuestras luchas y las llevan a sus cotidianidades, las suavizan y las hacen súper masticables para el cafecito de Starbucks que se toman por la mañana. 

Yo no voy a saludar a los violentos, no son mis compañeros por más de izquierda que sean. No voy a abrazar a los abusadores ni violadores – que por cierto nunca se han acercado a pedir perdón y tampoco los perdonaría-, no voy a validar los malos tratos en las relaciones sexoafectivas, no voy a sentirme cómoda con las denostaciones y los discursos de odio, no voy a validar que los que tocan música afro celebren la hispanidad, no voy a luchar por ellos ni con ellos. Eso ya lo aprendí. 

Y a esto me refiero con lo personal es político, sin ánimos de ser perfectas porque no me interesa: me equivocaré muchas veces – sin duda-, pero es desde adentro donde hay que comenzar para mirar el porvenir. Hay futuros posibles que tenemos que imaginar y trazar. No el que ellos nos han impuesto por tanto tiempo. 

Hacer redes seguras, salir un poquito de la virtualidad profundizada en la pandemia y mirarnos a los ojos para co-crear.  Cuestionarnos si nuestras acciones responden, aunque sea un poco a lo que predicamos, cantamos, leemos y creamos. Sino todo se vuelve un slogan repetido cotidianamente para sentirnos un poquitito mejor y más revolucionarixs.

………….

Son las 12:04, lunes 15 de diciembre. La carreta del caballo pasa cargada de fierros pesados por fuera de la casa. El Calle – perro callejero de la cuadra- mira hacia la esquina. Los borrachos no han llegado aún, supongo que se juntarán más tarde, como todos los días.

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