
La temporada de incendios en Chile apenas comienza y ya deja una imagen que cruza el océano: una avioneta blanca, modelo Thrush Aircraft S2R T660, caída entre los cerros del sur del país, y un piloto español de 55 años que volvió a nacer entre fierros retorcidos y humo.
Por: Gustavo Villarubia
Gerardo Azañedo combatía un incendio forestal en el sector La Fortuna, comuna de Lebu, en la región del Biobío, cuando la aeronave se precipitó a tierra durante la jornada del domingo. Las imágenes circularon rápidamente por redes sociales: el avión siniestrado, brigadistas corriendo, sirenas, teléfonos grabando. Azañedo fue trasladado de urgencia al Hospital de Concepción, donde permanece fuera de riesgo vital, aunque con varias fracturas que lo mantendrán alejado del aire por un largo tiempo.

Para muchos en España, su nombre apareció de pronto asociado a una tragedia lejana. Para quienes viven en el sur de Chile, su caída fue solo un capítulo más en una historia que se repite cada verano con una precisión inquietante.
Porque aquí, el fuego nunca llega solo.
Incendios que no son accidente
La temporada de incendios forestales ya se ha activado en varias regiones del país y mantiene a brigadas, bomberos y equipos aéreos en estado de alerta permanente. Pero en el Biobío —una de las zonas más castigadas en la última década— la conversación ya no gira solo en torno al clima, el viento o las altas temperaturas.
En redes sociales, en conversaciones de pueblo y en relatos recogidos sobre el terreno, se repite una palabra incómoda: intencionalidad.
“Fuego a pedido”, escribió alguien en un mensaje que circuló esta semana. Y aunque suene brutal, para muchos resume mejor que cualquier informe técnico lo que está ocurriendo.
El robo hormiga y el bosque quemado
Cristian tiene 58 años, pero parece mayor. El sol, el polvo y el cerro le suman años encima. Vive desde hace ocho años de la venta de madera; más bien, de astillas. En esta región, donde el frío todavía manda y la leña sigue siendo calefacción y sustento, el bosque es trabajo, aunque sea precario.
Durante años, él y otros entraban de madrugada a faenas forestales para cargar troncos caídos, recorrer cerros enteros a pulso y vender lo que podían. Un ciclo duro, agotador y silenciosamente culposo.
“Pero hace tres o cuatro años cambió todo”, me dice, mirando un pino calcinado que se sostiene como un esqueleto negro.
—Muchos se metieron en la otra.
“La otra” es la quema intencional. Incendiar hoy para recoger mañana. Las forestales no retiran árboles quemados; quedan ahí, disponibles, secos, listos para convertirse en leña. Para algunos, el fuego se transformó en atajo.
Cristian lo detesta. No por moral abstracta, sino por supervivencia.
—Yo soy contra las forestales, pero si seguimos así nos vamos a quedar sin nada. Ni bosque, ni pega, ni vida.
El show del fuego
En Curanilahue, el superintendente de Bomberos, Néstor —voz grave, gesto cansado— plantea otra herida aún más difícil de mirar.
—¿Qué cosa más triste que descubrir que menores quemen el bosque?
Por la mañana conduce un furgón escolar. Por la tarde combate incendios. Transporta niños que, según cuenta, a veces son los mismos que luego encienden una chispa para ver el “espectáculo”.

Porque el incendio, para algunos, se ha vuelto eso: un show. Helicópteros, avionetas, sirenas, brigadistas corriendo entre pinos. En la Estación La Colcha, cerca de la ruta 160, familias completas se detienen a mirar los despegues y aterrizajes de los aviones. Sacan fotos. Aplauden. Observan.
La tragedia convertida en coreografía.
Rumores que queman más que el fuego
En Los Álamos, vecinos muestran un video grabado con un celular. La imagen es inestable: un joven de unos veinte años, retenido tras correr cerro abajo. Según quienes lo detuvieron, lo vieron encender el fuego. En el registro, entre sollozos, confiesa que le pagaron cien mil pesos para hacerlo después de las siete de la tarde. Dice algo más inquietante: que el beneficio no era suyo, sino de terceros, incluso —según él— vinculados al combate del fuego.
No hay denuncias formales. No hay nombres. El joven fue llevado por Carabineros y horas después ya estaba de vuelta en el pueblo. Todo quedó, otra vez, en nada.

Mientras escucho el relato, una sirena corta el aire. Un carro de Bomberos pasa a toda velocidad rumbo a los cerros de Lebu. Minutos después, el humo vuelve a levantarse. Avionetas aparecen en el cielo.
Una de ellas, días antes, cayó con un piloto español dentro.
Y esto recién comienza

En el Biobío, el humo ya no solo anuncia incendios. Anuncia una red de silencios, miserias y responsabilidades difusas. Anuncia una temporada que recién empieza y que, como cada año, pondrá en riesgo a quienes apagan fuegos que otros —por dinero, por descuido o por espectáculo— parecen decididos a encender.
El fuego se apaga.
Pero lo que revela… sigue ardiendo