Cómicos sin candilejas, el montaje que nos retrotrae al teatro nacional de hace un siglo

Cómicos sin candilejas, el montaje que nos retrotrae al teatro nacional de hace un siglo

Este jueves comenzó la temporada de nueve funciones de Cómicos sin candilejas, los jueves, viernes y sábados hasta el 13 de junio en la Sala de Cámara de Teatro Biobío, en el marco de la programación la programación “Hecho en Biobío”. Sus entradas se pueden adquirir aquí.

Aniceto Hevia

Cómicos sin candilejas constituye una pieza que enriquece el acervo dramático de Teatro La Obra, caracterizado por un ensamblaje cuidado de diseño escenográfico, sonoridad y una búsqueda persistente en la memoria nacional, plasmando las contradicciones, miserias y belleza de las relaciones humanas.

Todo esto se imbrica en la representación de las penas y alegrías de un trío de teatristas de principios de siglo veinte en Chile, varados en la pampa salitrera cuando la extracción del nitrato decaía, como lo reconoce Evaristo, más conocido como el Guatón Genial, al mostrar un telegrama a través del cual pide ayuda. Olga y Nicanor son los interpretes itinerantes de un sinnúmero de obras y sainetes de este grupo, ella siempre de actriz cómica y ahora como actriz "de carácter", y él haciendo memorables papeles como "joven galán" y Jesucristo.

El Guatón Genial es el modelo de figura incombustible con quien cada espectador ha podido tratar alguna vez. Él tiene “los contactos", está al tanto de las innovaciones teatrales, es quien siempre propone y convence de una nueva veta para seguir dentro del laberinto en que a veces se transforma la existencia y es también quien administra la plata del trío dramático.

Gisel Sparza, dramaturga y directora de Cómicos sin candilejas e integrante de la compañía Teatro La Obra, cuenta que la ficción representada tiene como punto de fuga la vida de la actriz cómica Olga Donoso, así como la de Evaristo Lillo y Nicanor de la Sotta, quienes también fueron actores del cine mudo nacional. Contestó las consultas de Resumen acerca del trabajo detrás de esta obra de larga duración, estrenada el pasado año y que vuelve a ser montada en las tablas penquistas.

- ¿De qué modo te fuiste aproximando a las vidas de estos teatristas, y qué circunstancias te condujeron a decidirte crear un texto dramático inspirado en el teatro de la época?

Se vinculan con la necesidad o el impulso de hacer una obra que haga memoria respecto a nuestro propio oficio. Una de nuestras líneas de trabajo tiene que ver con la memoria. Entonces me dije: “¿por qué no hablar respecto a la memoria de nuestro propio trabajo, de nuestra disciplina?” Con la intención también de difundirla y de acercarla a las audiencias para que se sientan parte de esta historia teatral que también les pertenece.

Llegué a los años 20, porque en los años 20 se produce un fenómeno en el Teatro Chileno: es que venía despegando con mucha fuerza y producto de la crisis económica debido al cese de la exportación de salitre y la llegada del cine, el teatro empieza a tener un declive. Empiezan las salas teatrales a transformarse en cines, la gente ya no va tanto a los espectáculos, porque antes se hacían como tres funciones por día y en ese momento, con suerte, se hacía una. No se producen obras tan seguido, baja el número de giras.

Antes el teatro se sostenía mucho por la venta de ticket y ya eso empieza a cambiar. A pesar de que nunca fue para hacerse millonario, siempre fue fragil, pero ahí comienza una crisis importante.

Y bueno, llegué a estos personajes, que son emblemáticos: Evaristo Lillo, conocido verdaderamente como el Guatón Genial, uno de los mejores cómicos que hacía de Huaso, muy pícaro; Olga Donoso, proveniente de una familia de tradición teatral, una gran comediante que hizo más de mil obras, y después pasó a ser actriz de carácter y Nicanor de la Sotta, que es también un actor de cine, él hizo el primer Manuel Rodríguez y era conocido en teatro porque interpretaba a Jesús como nadie. Y esos son los personajes, los actores reales de los cuales, “nos apropiamos” para traerlos de vuelta y invitarlos a nuestros cómicos sin candilejas.

Cómicos sin candilejas. Fotografíaa de Jordi Regot.

- Es interesante apreciar cómo las relaciones laborales de estos teatristas están atravesadas por circunstancias absolutamente vigentes. Cuéntanos de ellas y qué representa esta situación para ti.

La precariedad de ayer es la precariedad de hoy. Incluso, cuando se vivía la época de oro del el teatro chileno, siempre fue precario como oficio y lo sigue siendo.

Antes estaba presente la figura del productor, que era un mismo actor que se transformaba en productor [como es el caso del Guatón Genial]. Siendo teatristas, como cualquier persona nos escapamos de los problemas humanos, y probablemente situaciones como esa así sucedían. De hecho, algunas de las anécdotas que aparecen en la obra, como el bautizo de un niño por muchas ciudades del país, es algo que realmente aconteció. Siempre estaba esa picardía, esa forma de siempre ganar.

Cómicos sin Candilejas invita a visitar la precariedad de ayer. Y esperamos que la audiencia se haga eco y se dé cuenta que la precariedad cambió un poquito, pero que siempre ha sido parte del oficio.

- Asombra presenciar cómo el diseño lumínico, escenográfico y la caracterización de los personajes enriquecen de manera determinante la obra. ¿Bajo qué premisas definieron estos aspectos?

Las premisas para el diseño tuvieron que ver siempre con la época, con los años 20, que es una época bien llamativa y es bien singular... El teatro se hacía de forma distinta, por ejemplo, tú ingresabas a una compañía haciendo de galán y para ello tenías que ser más o menos atractivo y tener en tu poder un traje azul. Los personajes se vestían siempre de una misma manera y la gente los identificaba por la ropa que tenían. Si hacías de médico, era importante que tuvieras un bigote falso, o no se entendía que eras médico... existían estos códigos y complicidades entre la audiencia y los actores. Todas esas referencias estéticas nos sirvieron.

También se apeló a la precariedad de esos hoteluchos ya venidos a menos en las salitreras. Los personajes ya ni siquiera tienen sus ropas, se quedaron con los vestuarios de la última obra que hicieron.

Trabajamos esos registros con la diseñadora de vestuario Verónica Garrido, con quien hizo la escenografía: Valentina Vergara en colaboración con Jordi Regot, y la iluminación, con Nicole Needham.

- La música y el diseño sonoro es en los trabajos de Teatro La Obra un elemento que queda en la memoria sus espectadores. Háblanos de cómo fue la composición y el registro de las piezas para Cómicos sin candilejas.

Sí, la música siempre es muy importante para nosotros, porque pensamos que conecta de una manera inconsciente con la audiencia. Por eso le damos un gran valor al aspecto musical. Y Javiera Hinrichs sabe traducir eso muy bien, sabe interpretar qué sucede en escena, crear ese puente que nos lleva a conectar con la gente de una manera mucho más sensible.

Ahora se trabajó principalmente inspirándonos en los ritmos del Charleston, en las Big Band, en los Foxtrot. Para eso nos hicimos asesorar de Yayo Durán y de su escuela Surcos. Invitamos también a músicos a participar, quienes grabaron las trompetas que componen una base sonora sobre la cual Javiera toca su batería.

Y bueno, ella está en este personaje inspirada en los pianistas que acompañaban las películas en el cine mudo. Siempre cuando uno iba al cine veía una persona al piano que iba acompañando sonoramente la acción que iba aconteciendo en pantalla. Nos apropiamos de eso, a través de la figura una baterista que va acompañando la acción y también jugueteamos un poco con ese foley atmosférico que va acompañando, subrayando algunas acciones en los pasos, los golpeteos en la puerta, en las ideas, hay un foley también más allá de lo musical que va acompañando y esencial fueron las pistas que se crearon para que los intérpretes pudieran bailar, que es un Charleston y un Ragtime, coreografiados por Diana Albornoz.

Cómicos sin candilejas. Fotografía de Paulina Barrenechea.

- Qué reflexión te parece oportuna en el contexto de las celebraciones por el Día del Patrimonio y el inicio de temporada de Cómicos sin candilejas.

Me gustaría que la audiencia sienta parte de su historia la historia del teatro. Hoy en día estamos recordando las figuras como Evaristo Lillo, Nicanor de la Sotta u Olga Donoso, quién sabe si en cincuenta años más, alguien va a ser una obra donde aparezca un Héctor Noguera, un Pepe Sosa.

Es una manera también de nosotros, como teatristas, agradecer, reconocer el trabajo de quienes han abierto brecha en este oficio que nos tiene tan enamorados, que es nuestra pasión, y que la hacemos con todo corazón. Siempre con la intención de despertar el lado más humano y sensible de las personas, hoy en día muy necesario. Además de despertar la memoria, vincularnos con nuestras emociones, despertar la empatía y darnos cuenta que el arte sostiene el alma de un país... parece una frase muy manoseada, pero creo que es real.

Hoy, cuando hay tantos recortes para el ámbito de la cultura, es una pena porque nos precarizan aún más, porque saben también que vamos a seguir acá, porque no hacemos esto por dinero, hay un amor profundo por el oficio.

FICHA ARTÍSTICA

Dramaturgia y Dirección General – Gisel Sparza Sepúlveda
Elenco – Alfonso Esteban Lara, Francisca Díaz, Pacha Medina
Creación Sonoro Musical e Intérprete – Javiera Hinrichs Deppe
Diseño de Escenografía y Maquillaje - Valentina Vergara
Realización Escenográfica- Valentina Vergara y Jordi Regot
Diseño y Creación Vestuario – Verónica Garrido
Diseño iluminación –Nicole Needham
Comunicaciones – Paulina Barrenechea
Diseño Gráfico – Leticia Zapata
Registro Audiovisual - Monstruosa Estudio
Asesoría en Composición y Arreglos Musicales- Yayo Durán
Coreografías – Diana Albornoz
Creación y Diseño Guía Pedagógica – Francisca Rodríguez

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