
Chile llegó a 2026 con la inflación bajo control y las tasas listas para bajar. En pocos días, la posibilidad de estimular el crecimiento se ve lejano.
Por Ignacio Muñoz, Magíster en Dirección General de Empresas
Después de la pandemia vivimos cuatro años de política monetaria deliberadamente restrictiva —con la Tasa de Política Monetaria (TPM) alcanzando un máximo de 11,25% en 2022— habían logrado lo que se buscaba: la inflación convergía al 3% y el corredor de tasas del Banco Central proyectaba su normalización durante 2026[1]. Junto con aquello, el ministro del interior y la Dipres fueron celosamente restrictivos, molestando a más de una institución.
El resultado es consistente con lo que la literatura macroeconómica establece sobre ciclos de desinflación: Romer y Romer (2004) exponen que los episodios de desinflación exitosos requieren períodos sostenidos de política monetaria contractiva, con costos en producto y empleo que se recuperan en el ciclo siguiente[2]. Lo que venía en este ciclo es crecer con responsabilidad: tasas más baratas, crédito accesible, recuperación del consumo, crecimiento. El nuevo gobierno heredó una economía con mejores condiciones que sus predecesores, más allá de la idea ampliamente difundida de que se dejó un desastre.
Lamentablemente, gracias al aliado favorito de la actual administración, se genera un alza del petróleo de más de 50% en marzo de 2026, vía guerra con Irán (guerra que parece imposible de ganar). El vicepresidente del Banco Central lo dijo sin ambages: el conflicto es inflacionario en el corto plazo. Los quince economistas encuestados por Bloomberg antes de la reunión del 24 de marzo esperaban, sin excepción, que la TPM se mantuviera en 4,5%, abandonando el recorte que era consenso un mes antes. Goldman Sachs descartó toda rebaja en el primer semestre[3]. Barclays bajó su proyección de crecimiento para Chile a 2,2% y proyecta un déficit de 2,3% del PIB si el crudo se mantiene en US$100 por barril (según la versión de Bloomberg en inglés).
Te puede interesar | No hay austeridad: asesores de Kast podrán ganar lo equivalente a 18 sueldos mínimos tras gestión de expresidente Boric
Sabemos que los shocks del precio del petróleo tienen efectos asimétricos: los aumentos bruscos generan contracciones económicas desproporcionadas respecto a los beneficios que producen las caídas equivalentes, particularmente en economías importadoras netas con baja capacidad de absorción fiscal como Chile[4]. Ante ese shock, el MEPCO buscar ser modificado por decreto so excusa de esa “fiesta” que nunca ocurrió.
Pero el petróleo no explica todo. Hay al menos tres presiones adicionales que no son externas sino decisiones propias, y cuyo efecto sobre las expectativas de los agentes económicos es importante.
El anuncio de eliminar el IVA a la venta de viviendas nuevas por doce meses buscaba reactivar un sector con 100.000 unidades sin comprador. El efecto fue previsible: Ingevec reportó caídas de entre 30% y 40% en sus ventas en los días siguientes. Nuevamente, la academia tenía su opinión sobre este tipo de medidas: Mankiw y Reis formalizaron el concepto de «expectativas rígidas» mostrando que los agentes incorporan los anuncios de política con rezago, pero cuando el anuncio es suficientemente claro —como una rebaja fiscal inminente— el comportamiento racional es esperar antes de actuar, generando una contracción transitoria de demanda exactamente opuesta al objetivo de política[5]. Pero es entendible que alguien tan ocupado para fabricar mecanismos para la colusión no tenga tiempo para leer teoría, especialmente cuando contradice todo su discurso económico.
A esto se suman las tarifas eléctricas, que acumularon alzas superiores al 50% entre 2024 y 2025 y cuya deuda subyacente —$734 mil millones— se seguirá pagando hasta al menos 2035 en cada cuenta que llega a los hogares. Como una ayuda adicional al bolsillo de los chilenos, la Ministra de Energía anuncia nuevas alzas. Los shocks de costos en suministro de energía tienen un efecto de segunda ronda sobre la inflación subyacente cuando los agentes los perciben como permanentes, lo que refuerza las expectativas inflacionarias más allá del impacto directo sobre los precios[6]. Y los anuncios sobre restricciones a la gratuidad universitaria no son solo política educacional, puesto que la incertidumbre sobre beneficios de educación superior altera las decisiones de ahorro y consumo de los hogares de ingresos medios en el corto plazo, comprimiendo la demanda agregada de manera anticipada[7].
Sería injusto cargar al gobierno de Kast con el alza del petróleo, dado que a diferencia de los cambios al MEPCO, las guerras no se decretan. Pero hay una diferencia entre sufrir un shock externo y amplificarlo con decisiones propias. La económica política en contextos de shock distingue precisamente entre la respuesta óptima —que consiste en preservar los estabilizadores automáticos y evitar señales que deterioren las expectativas— y la respuesta que agrava el cuadro añadiendo incertidumbre doméstica al shock externo[8]. El anuncio del IVA a la vivienda sin el detalle necesario, la ambigüedad sobre la gratuidad, la rebaja tributaria que debilita la recaudación precisamente cuando el fisco más necesita capacidad de maniobra: ninguna de estas cosas vino de Irán, de la “ideología de género” ni del gobierno anterior.
La pregunta que el gobierno deberá responder (no con un depende) no es por qué subió el petróleo, sino por qué, cuando el ciclo finalmente entregaba lo que cuatro años de sacrificio prometían, las primeras decisiones propias del nuevo gobierno apuntaron exactamente en la dirección contraria.
[1] Banco Central de Chile, Informe de Política Monetaria, diciembre 2025. Disponible en bcentral.cl
[2] ² Romer, C. y Romer, D. (2004). «A New Measure of Monetary Shocks: Derivation and Implications». American Economic Review, 94(4), 1055–1084. doi.org/10.1257/0002828042002651
[3] https://www.df.cl/economia-y-politica/macro/malas-noticias-para-kast-y-quiroz-goldman-sachs-recorta-proyeccion-de-pib
[4] Hamilton, J. (2003). «What is an Oil Shock?». Journal of Econometrics, 113(2), 363–398. doi.org/10.1016/S0304-4076(02)00207-5
[5] Mankiw, N.G. y Reis, R. (2002). «Sticky Information versus Sticky Prices: A Proposal to Replace the New Keynesian Phillips Curve». Quarterly Journal of Economics, 117(4), 1295–1328. doi.org/10.1162/003355302320935034
[6] Blanchard, O. y Galí, J. (2007). «The Macroeconomic Effects of Oil Shocks: Why are the 2000s so Different from the 1970s?». NBER Working Paper N.° 13368. nber.org/papers/w13368
[7] Dynarski, S. (2003). «Does Aid Matter? Measuring the Effect of Student Aid on College Attendance and Completion». American Economic Review, 93(1), 279–288. doi.org/10.1257/000282803321455287
[8] Blanchard, O., Dell'Ariccia, G. y Mauro, P. (2010). «Rethinking Macroeconomic Policy». IMF Staff Position Note, SPN/10/03. imf.org/external/pubs/ft/spn/2010/spn1003.pdf