¿Cansados de malas noticias? Así nos quieren: saturadas e incapaces de imaginar un futuro mejor

¿Cansados de malas noticias? Así nos quieren: saturadas e incapaces de imaginar un futuro mejor

Ante una avalancha de malas noticias, la autora de esta columna alerta que "si no aprendemos a incorporar el cansancio como parte de la política, si no construimos espacios para imaginar y sostener futuro, seguiremos atrapados en un presente que nos devora".

Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política

Me levanto y lo primero que veo es el teléfono en el velador. Otra noticia de violencia, otro incendio, otro gráfico de precios que sube y sube. El café ya está frío antes de que pueda beberlo y mientras tanto siento que el mundo me golpea antes de que pueda poner un pie en la calle: inflación, precariedad, protestas que terminan en represión, fronteras que sangran y nos atraviesan con cada alerta. El cuerpo se tensa solo de mirar la pantalla. La cabeza empieza a silbar por dentro. No es el cansancio del trabajo ni de la rutina: es un cansancio que viene de afuera, que se mete por la piel, por los ojos, por los nervios, y se instala en los huesos. Y no se va. El cuerpo aprende a cerrarse, la mente se vuelve reactiva, y la imaginación se agota antes de empezar.

En los últimos años, Chile ha sido un flujo constante de urgencias que consumen energía emocional: campañas presidenciales polarizadas hasta el cansancio, discursos sobre seguridad y criminalidad que producen alarma, debates sobre migración, inflación y desigualdad que no terminan nunca, mientras la precariedad económica sigue drenando energía de la gente. Cada evento exige reacción inmediata. No hay espacio para pensar a largo plazo ni para sostener debates complejos. La saturación se vuelve estructural: los cuerpos y los psiquismos se desgastan, y con ellos, la capacidad de imaginar algo distinto. Es imposible pensar un país nuevo cuando cada día es un combate por la atención, por la supervivencia emocional. Nos miramos entre nosotros y nos preguntamos si algún día habrá espacio para algo más allá de la urgencia. Nadie sabe responder.

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A nivel global, la situación es igual de implacable. Ucrania, Gaza, Irán, Sudán: guerras que no terminan. Incendios, inundaciones, sequías que se superponen sin pausa. Europa y Estados Unidos: polarización, crisis democráticas, avances de la extrema derecha que ya no sorprenden a nadie, y eso es lo más aterrador. Cada acontecimiento llega a nuestros cuerpos a través de pantallas, golpea el sistema nervioso antes de que podamos procesarlo. Byung-Chul Han habla de la vida 24/7, de la eliminación de la pausa y del silencio, de cómo la hiperconectividad drena la energía psíquica. Tiene razón. Cada alerta, cada titular, cada video violento deja su marca. El resultado es un trauma continuo que erosiona la imaginación, fragmenta el deseo y hace imposible la acción política sostenida. Cada día sentimos que debemos responder, opinar, indignarnos. Y en esa urgencia no queda nada para pensar en alternativas. Nada.

El miedo se convierte en afecto organizador. Las discusiones sobre seguridad capturan el espacio público porque el cansancio hace que lo simple sea atractivo: soluciones rápidas, enemigos claros, castigos visibles. La democracia requiere paciencia, tensión, capacidad de sostener el desacuerdo sin romperse. El autoritarismo promete alivio. En cuerpos agotados, esa promesa seduce, claro que sí. Y no es solo acá: en cualquier lugar del mundo donde la saturación afecta los cuerpos, las soluciones simplistas ganan terreno. La fatiga no produce indiferencia política. Produce una política distinta: más reactiva, más punitiva, incapaz de sostener nada que exija tiempo. Sin energía psíquica no hay proyecto colectivo que aguante.

En ese sentido, el cansancio no es despreocupación ni cinismo. Es autopreservación, y hay que decirlo sin culpa. Pero sus efectos son visibles: la acción política se reduce a gestos reactivos, la indignación se consume en historias de 24 horas, la rabia se vuelve estética y la empatía un gesto digital. Nada sedimenta. La crisis climática es el ejemplo más brutal: requiere transformación profunda, cooperación, planificación de décadas, pero nos llega como emergencia permanente. Incendios, inundaciones, récords de temperatura. Alarma, fatiga, resignación. Una y otra vez.

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La saturación nos convierte en supervivientes. Eso es lo que hace. Y los supervivientes no transforman nada, solo aguantan.

Hay que parar un momento aquí. No como gesto de autoayuda, sino como acto de lucidez: este agotamiento no es una falla personal. Es información. Nos dice que el modelo de atención permanente no es sostenible, que los cuerpos tienen límites que la urgencia mediática ignora a propósito. La saturación no es un efecto colateral del mundo complejo. Es una condición que se administra, que se produce, que conviene a quienes prefieren cuerpos reactivos antes que mentes que deliberen. No es un accidente. Es un sistema.

La saturación nos impide imaginar. El futuro, que antes podía ser un proyecto compartido, hoy se siente como algo que no nos pertenece. Franco "Bifo" Berardi habla de desacelerar como estrategia colectiva: recuperar espacios donde la conversación no dependa de algoritmos, donde el duelo pueda hacerse en común, donde la rabia no tenga que performarse para existir. Desacelerar no es rendirse. Es sobrevivir para poder hacer algo después. Organizar no es solo acción visible; es respiración compartida, mirada que reconoce el cansancio, espacio donde proyectar lo posible sin que el cuerpo colapse.

La política que no considere la dimensión afectiva de quienes participan seguirá chocando contra un muro que no ve. Los cuerpos se cansan y se cierran, y nadie lo pone en el orden del día. Reconocer la fatiga colectiva es un acto político: es aceptar que la construcción de futuro no depende solo de ideas y estrategias, sino de la energía que podamos sostener juntos. No hay programa que resista si las personas que lo sostienen están quemadas.

Quizás la radicalidad hoy no está en gritar más fuerte ni en producir indignación permanente. Está en generar condiciones para que la imaginación y el deseo puedan volver a circular. En desacelerar, en cuidarse, en recomponer vínculos sin que medie un algoritmo. Sin eso, cualquier proyecto se quiebra antes de empezar. La persistencia importa más que la intensidad. Eso es lo que nadie quiere escuchar y lo que más hace falta decir.

Pienso en un vecino que durante la pandemia armó una huerta en su patio. Me dijo que era su manera de resistir la saturación: poner las manos en la tierra, mirar crecer algo. Eso también es político, aunque no se vea. Organizar hoy puede ser eso: construir espacios donde el deseo vuelva a circular, donde el futuro no sea un fantasma sino algo que se puede tocar. No heroicidad. Estrategia afectiva. Colectiva.

Pero la pregunta queda ahí, incómoda: ¿y ahora qué hacemos? 

La respuesta no es individual ni heroica. No se trata de desconectarse para salvarse. Se trata de aprender a construir desde el cansancio, no a pesar de él. Reconocer que la energía psíquica es un recurso político tan real como el dinero o el tiempo, y que administrarla colectivamente es también una forma de organización. Una forma que la izquierda tradicional nunca supo nombrar.

Hay experiencias que ya lo están haciendo, sin llamarlo así. En Chile y América Latina hay espacios que funcionan distinto a la política tradicional: asambleas barriales, ollas comunes que son también lugares de conversación y duelo; colectivos de comunicación que publican menos pero con más profundidad, negándose a producir a la velocidad del algoritmo. No son movimientos masivos. No tienen cobertura. Pero sostienen algo que la política convencional perdió: que las personas se sientan vistas en su agotamiento, y desde ahí vuelvan a desear algo juntas. La imaginación no ha desaparecido. Solo está cansada, dormida, saturada. Reconocer eso es el primer paso para que vuelva el futuro. Y eso no es poco. Es casi todo.

Pensadoras como Silvia Federici o Verónica Gago llevan años insistiendo en que la reproducción de la vida —cocinar, cuidar, descansar, conversar— no es el telón de fondo de la política sino su condición de posibilidad. Sin esa base, cualquier movimiento se quema. La pregunta no es solo qué transformar, sino cómo mantenerse en pie mientras se transforma. Y eso exige otra temporalidad. Más lenta. Más atenta a los cuerpos. Menos dependiente de la adrenalina de la crisis.

No hay fórmula. Pero hay una dirección: prácticas que regeneren el deseo, que construyan comunidad antes de pedir sacrificio, que hagan vivible el presente mientras trabajan el futuro. Sin glamour. Sin titular.

Mientras miro el café frío, pienso que este cansancio no es derrota. Es advertencia. Aprender a escucharlo, y convertirlo en estrategia colectiva, podría ser la única forma de que lo que imaginamos no se quede en fantasía. Respirar juntos en medio del incendio no es resignación. Es empezar a construir el futuro, aunque el mundo insista en quemarnos por dentro.

Y sí, es difícil. Cada día golpea más rápido que el anterior. La sobreinformación, la precariedad y el capitalismo nos saturan. Pero si no aprendemos a incorporar el cansancio como parte de la política, si no construimos espacios para imaginar y sostener futuro, seguiremos atrapados en un presente que nos devora. Que nos paraliza. Que hace imposible proyectar siquiera la próxima semana.

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