
La autora de este escrito analiza los alcances del Caso Epstein en un contexto donde, tras un bombardeo de información, se ha ido decantando en el silencio, señalando que "lo que el caso judicial aborda es el delito sexual, y si bien él ya fue encarcelado, el impacto de la apertura de sus archivos y la lista indica una enorme deuda de la justicia hacia las víctimas".
Por Carmen Avendaño*
Hace siete años del supuesto suicidio en la cárcel de Jeffrey Epstein. Este violador, mecenas, proxeneta, consultor bursátil, secuestrador, filántropo, inversionista inmobiliario, pederasta, traficante de información, fue el anfitrión de las fiestas más salvajes (en el decir de Elon Musk), en Nueva York, Nuevo México o su isla privada Saint James (saint Jeffs la llamaba de cariño), hasta su segunda detención y muerte el 2019.
El documental que hoy se puede ver en Netflix, Jeffrey Epstein, Asquerosamente rico, data del 2020 y da cuenta del proceso judicial con entrevistas a policías, periodistas y víctimas. La segunda candidatura de Trump prometió abrir los archivos Epstein, que lo muestran en una fiesta junto a él, doblado de la risa.
Dichos archivos arrojan dos largas listas: una de millonarios e influyentes de diversas esferas y una de menores de edad vulnerables. Eran de conocimiento de la justicia hace tiempo: la policía de Florida había empezado a investigar a Epstein el 2005, luego que la de Nueva York obviara una denuncia de 1996.
Según una nota de NPR, la empresa de Epstein usaba el término «work» (trabajo) como un código para abuso sexual, dentro de su ordenado registro de contactos. Entre las niñas llevadas a la isla los mecanismos de control incluían la incomunicación, amenazas, robo de pasaporte, además de engaño sistemático a los familiares a los que decían que la niñas estaban bien cuidadas y apoyadas en sus estudios.
Todo indica que la violación era parte de la preparación de las niñas para los clientes de Epstein, quienes aparentemente lo buscaban como consultor político, traficante de información, en el marco de la fiesta con menores cuidadosamente registrada para posteriores chantages. Sin embargo las autoridades dicen que Epstein «necesitaba tres reuniones al día».
Esa frecuencia señala a las niñas como objeto donde la edad indica la calidad de “nuevo” y a él como un consumidor compulsivo, perpectiva que parece celebrar el presidente de E.E.U.U. en el reportaje del 2002, donde admite conocerlo desde hace 15 años y lo describe como “un tipo estupendo [terrific guy] con quien se pasa bien. Se dice que le gustan mujeres bellas tanto como a mí y muchas de ellas están del lado de las más jóvenes. No cabe duda. Jeffrey disfruta de su vida social.” En ese mismo reportaje lo describe Bill Clinton, un año antes presidente de E.E.U.U.: “Jeffrey es un financiero exitoso a la vez que un filántropo comprometido con un sentido agudo de los mercados globales y un conocimiento profundo de la ciencia del siglo XXI.”
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Las fotos con niñas junto al presidente del mundo, un cineasta de tercera o debajo de un príncipe de cuarta rebalsan los celulares como una ola de alquitrán fétido, donde el crimen no termina en el abuso, sino que figura como un pretexto para el chantage asociado al lobby sionista.
Lo que más me impresiona de ver esas fotos es que ya lo sabíamos: que las redes de secuestro, violación y compraventa de niñas no se han desmantelado aún porque se sirven de ellas los poderosos; porque este tráfico de personas provee menos placer que formas de manifestar y articular el poder, de elegir entre niñas de escasas opciones. El silencio de los dignatarios del mundo viene a confirmarlo.
Las agresiones a mujeres suelen presentarse como aisladas y no como parte de una cultura que se ufana de la libertad de las mujeres de andar descubiertas, por oposición a los países donde van tapadas, mientras lucra con esa desnudez parcial, como lo revela el alto costo de la lencería. Epstein fue por 20 años gerente financiero de Les Wexner, el dueño de Victoria’s Secret, de cuyos desfiles de ángeles salía “materia prima” para el mercado de la inocencia.
Más de 370 millones de niñas y mujeres –esto es, una de cada ocho– han sufrido violaciones o abusos sexuales antes de los 18 años, según estimaciones de UNICEF publicadas el 2024. En los tres primeros meses de 2021, en Chile, la Policía de Investigaciones registró un total de 1.686 víctimas y denunciantes en casos de delitos sexuales.
El delito más frecuente es el de abuso sexual contra niños y niñas de menos de 14 años de edad, con 691 en 2021. En el 89,3% de los casos las víctimas son mujeres. El 10,6% del total que corresponde a los hombres ubica la mayor parte de las víctimas entre los menores de 14. En el caso de los victimarios el 95,2% de los perpetradores corresponde al sexo masculino. De ellos, el 64,5% se encuentran entre los tramos de 30 a 64 años. Bajo la máscara de lo anormal está el viejo consenso masculino: mientras más joven la mujer, mejor. Epstein no es la excepción, sino la antigua regla de una modernidad extremadamente dispareja.
Según el documental, la primera denuncia contra Epstein fue hecha en 1996 por una artista recién egresada que retrataba a sus hermanas menores. En su debut expositivo la galerista le pidió que vendiera sus obras -que ya estaban comprometidas-a esta pareja de mecenas, Epstein y Maxwell, que la persuadieron de animar a su hermana menor para ir a una residencia con estudiantes a la isla privada de Epstein, donde se encontró con que la única estudiante era ella. Si la denuncia hubiera sido tomada en cuenta, cientos de niñas se habrían librado del infierno.
En 1997, a los 20 años, me fui a Florida con mi tía para entrar a la universidad. Una vez ahí me di cuenta que era prácticamente imposible para alguien que estudiaba inglés en un programa estatal para migrantes y limpiaba la casa de una pareja de judíos. En una ocasión un hombre en el supermercado me ofreció llevarme con las bolsas y en el trayecto me invitó a conocer su barco. Aunque su belleza era de otro mundo, la idea de desaparecer en alta mar me disuadió. No veía viable salir de ahí si no me gustaba, como seguramente le pasó a muchas adolescentes atrapadas por Epstein.
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Entre la primera denuncia y la sentencia del 2019 pasaron 23 años: dos -o más- generaciones de víctimas. Pero también pasó el Me too, un movimiento que arrancó desde el mundo del espectáculo y logró encarcelar a a Harvey Weinstein, productor de Miramax acusado de abuso entre otras actrices por Ashley Judd, y que figura en una foto del archivo Epstein junto al susodicho, Maxwell y el príncipe Andrew.
El revuelo de los grandes nombres y las teorías conspirativas nos hace olvidar de lo que se trata: un caso de justicia tardía, pero también una muestra de los frutos del feminismo que avanza: las denunciantes supieron hacer red. Sin embargo en el documental se deja ver que el encarcelamiento de Epstein tomó por sorpresa a todo el mundo: habían perdido la esperanza y de pronto sucedió. Eso, aunado al supuesto suicidio, provoca sospecha, cuando menos. Se le suma el suicidio del Virginia Guiffre y la petición directa de Ghislaine Maxwell al presidente Trump de que la perdone a cambio de reivindicarlo.
De acuerdo al comunicado de prensa de la fiscalía de Nueva York sobre la sentencia de Ghislaine Maxwell, ella empezó a participar en el abuso desde 1994 aprox. Una víctima relata en el documental que el solo hecho de que ella estuviera ahí, en lugar de un hombre solo, era un incentivo para aceptar sus promesas. Ella ofrecía un masaje o pedía un masaje que las preparaba. Las víctimas llegaban a los 14 años de edad.
Hay relatos de que algunas se enamoraron de Epstein, sin embargo, la permanencia en su entorno parece haberse dado no por lazos afectivos sino por otros servicios, ya fuera a su clientela política, o como asistentes en sus diversas propiedades, lo que sucedió con Virginia Guiffre. Reclutada desde el club de Mar-a-lago de Trump a los 16 donde trabajaba dando masajes, Virginia permaneció con la pareja hasta el momento en que le plantearon engendrar a través de ella. No menciona si le disgustó la idea de tener un hijo producto de la violación, o porque los considerara no aptos para la paternidad o porque hubiera presenciado algunas de las atrocidades que se les imputan en las redes-como el canibalismo. El caso es que la propuesta gatilló su escape. La biografía donde deja testimonio, coescrita por la periodista Amy Wallace, apareció en octubre del 2025, seis meses después de que Virginia Giuffre muriera, y ha contribuido notablemente a reavivar la opinión pública.
Sin duda la asociación de Maxwell y Epstein fue clave en el éxito de sus crímenes. ¿Quién pervirtió a quién? En la avalancha mediática sobre el caso hay quien dice que Ghislaine era la jefa de Epstein. Que ella había sido entrenada por su padre, Robert Maxwell, el espía dueño de medios de comunicación que apareció ahogado junto a su yate Lady Ghislaine. Otros periodistas la retratan como una socialité obediente. Una de las testigos narra que le pidió si la podía reemplazar porque de nuevo Jeffrey necesitaba que le chuparan el pene. Es posible que fuera su jefa y a la vez se sometiera a sus deseos, en su marco generacional.
Ella y él eran judíos beneficiarios del sionismo: el caso explica tristemente la indiferencia de la élite a la masacre de niños palestinos: una élite para la cual la infancia -el futuro- no merece el menor respeto. A la vez, solo la impunidad en que se ha desarrollado la invasión a Palestina desde mediados del siglo XX puede explicar un fenómeno como esta pareja de sionistas operando por décadas más allá de toda ley.
El caso de Jeffrey Epstein tiene tantos niveles políticos que incluso algunos periodistas serios se quejan de que el aspecto morboso del abuso tiende a opacar su papel como intermediario de alto nivel, cuyo tráfico de información estratégica podría superar el tráfico sexual, en términos de impacto global. Sin embargo, lo que el caso judicial aborda es el delito sexual, y si bien él ya fue encarcelado, el impacto de la apertura de sus archivos y la lista indica una enorme deuda de la justicia hacia las víctimas. Además, si la atención pública se centrara en pedir cuentas a los nombrados, empezando por Trump, tendría un gran impacto en la política mundial. Hasta ahora los mandatarios se han librado de tomar postura. Desde el punto de vista feminista no hay dos artistas sino un mismo procedimiento patriarcal con aspectos financieros-colonialistas-machistas articulados gracias al cuerpo de las mujeres antes de que lleguen a serlo.
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* Nacida en Santiago de Chile, 1976. Ha publicado los libros de poesía Más allá de la palabra cielo (Monterrey, 2002), Madre sol (Morelia, 2006), Adiós Rimbaud (Monterrey, 2013), Nada significa nada (Ciudad de México/Santiago de Chile 2017, Viña del Mar, 2019). Su trabajo editorial se reparte entre Monterrey y Viña del Mar, abarcando la traducción, el arte, los talleres. Dirige Ediciones Moneda. IG: @carmenvioletaavendano