[{"data":1,"prerenderedAt":-1},["ShallowReactive",2],{"post:ellas-desean-a-pedro-pascal-ellos-desean-ser-donald-trump":3,"ProgressiveImage_nvNmCSyocJVDBg0fZET6EpC0RTL3r7dO4QWZVhVp0w":50,"ProgressiveImage_hCZVKI7EXe6GgdV5dTFPQW7fUIbXhBsaW1Kw5iVg":60,"ProgressiveImage_47v86odjhzm4dzFJQ1SnqZwCpcjiRyfs3mIvXkf9Yw":69,"ProgressiveImage_mmQ4Oi8WgpLBnEKyi60KKy06n3tmckusqbknH359b0M":78,"ProgressiveImage_hTGhDw40an4FTFNBdokoWZywvIYmFRvcHBBXpQIvEiM":87,"ProgressiveImage_SvAcgKhTuOV4wteCQKJqgVFnFducSkOc1HDzEwlyY":96,"ProgressiveImage_PsmTZUgtYoc1up5kOS307jURiQwLwMvTo49GEZ8L5F0":105,"ProgressiveImage_nDcSFfV9Nw898l9of3tDXG66kQmAFiHW271njwde3yY":114,"ProgressiveImage_9NJQ52mqNGiHqWPA3G6aaOqO27iFnUrT7XBGV8YlE":123,"ProgressiveImage_xNI0KQ88l8HZrIppsFTCuQboqSpvyRMrZLMdkybCPww":132,"ProgressiveImage_dzxeP11Lo49OSYms3TkqAbcwurkB0LnZzUxBtJvyHM":141,"ProgressiveImage_jtTw7Ge2XnZ8j8ZgP4wJJ2ZoCyZMe9QehPJbfchv1sM":150,"ProgressiveImage_coDnHDwFzIhMbfv8xUpxB2xbDMZjsSVJcFuZ8amxfQ":159},{"ID":4,"the_title":5,"the_time":6,"the_time_m":7,"the_slug":8,"thumbnail":9,"the_tags":10,"the_category":38,"the_permalink":8,"the_content":43,"prev_post":44,"next_post":47},172141,"Ellas desean a Pedro Pascal. Ellos desean ser Donald Trump","2026-04-09T05:00:39.000Z","2026-04-08T20:00:04.000Z","ellas-desean-a-pedro-pascal-ellos-desean-ser-donald-trump","\u002Fwp-content\u002Fuploads\u002F2026\u002F04\u002Fellas-desean-a-pedro-pascal-ellos-desean-ser-donald-trump.jpg",[11,14,17,21,24,27,31,34],{"term_id":12,"name":13,"slug":13},21444,"antifeminismo",{"term_id":15,"name":16,"slug":16},21446,"derechizacion",{"term_id":18,"name":19,"slug":20},3295,"Donald Trump","donald-trump",{"term_id":22,"name":23,"slug":23},817,"feminismo",{"term_id":25,"name":26,"slug":26},21445,"malestar",{"term_id":28,"name":29,"slug":30},19745,"Masculinidad","masculinidad",{"term_id":32,"name":33,"slug":33},17456,"masculinidades",{"term_id":35,"name":36,"slug":37},21443,"pedro pascal","pedro-pascal",[39],{"term_id":40,"name":41,"slug":42},19,"Opinión","opinion","\u003Cp>\u003Cstrong>La autora alerta que ambos personajes son abordados \"en esta columna como arquetipos\", toda vez que lo \"que estamos viendo no es que los hombres «sean así»: es que el fascismo contemporáneo ha encontrado en la masculinidad en crisis su materia prima más barata e inflamable. Y que nosotras, mientras tanto, hemos encontrado en Pedro Pascal un alivio que no es político sino psicoafectivo\".\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cem>Por Verónica Aravena Vega | Doctora en Estudios de Género y Política\u003C\u002Fem>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Abro instagram y en treinta segundos me aparece Pedro Pascal abrazando a alguien en una alfombra roja, llorando en una entrevista sin que le tiemble el pulso, sosteniendo a un niño ficticio con la misma ternura con la que uno sostiene algo que sabe frágil. El algoritmo sabe lo que quiero ver. O eso cree. Porque lo que me pregunto mientras el scroll sigue solo, no es por qué me gusta Pedro Pascal. Me pregunto por qué ese hombre es viral entre nosotras al mismo tiempo que Donald Trump arrasa entre ellos.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">No es una pregunta estética. Es una pregunta política. Y como toda pregunta política honesta, parte de una simplificación deliberada: un titular no es un censo, ni un fenómeno cultural es la descripción de cada individuo. Hay hombres que aman a Pedro Pascal y mujeres que votan a Trump, hay personas que no encajan en ninguna de estas burbujas y vidas que desbordan cualquier categoría. La realidad social es siempre más porosa, más contradictoria, más rica que cualquier esquema binario. Pero los fenómenos de masas no se explican desde las excepciones. Se explican desde los patrones. Y el patrón, aquí, es demasiado elocuente para ignorarlo.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Conviene aclarar que Pascal y Trump son analizados en esta columna como arquetipos. El primero podría ser cualquier hombre que encarne esa masculinidad cuidadora que el mercado ha convertido en objeto de deseo; el segundo podría ser Milei en Argentina, Abascal en España, Bolsonaro en Brasil, o cualquier otro caudillo que haya encontrado en la masculinidad restaurada su oferta política más rentable. Lo que importa no son los nombres propios sino las estructuras que representan y los deseos que movilizan.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">En las elecciones estadounidenses de 2024, Trump obtuvo el 58% del voto de los hombres menores de 30 años. Harris ganó entre las mujeres del mismo grupo de edad con un 67%. Una brecha de casi treinta puntos entre personas de la misma generación, que crecieron en los mismos años, con los mismos teléfonos en la mano, viendo las mismas series en las mismas plataformas. Esa fractura no es un accidente estadístico: es el síntoma más crudo de una \"grieta de género\" que no se llama así, que no tiene frente definido, que se libra en los cuerpos y en los deseos antes de llegar a las urnas.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Me interesa lo que ese dato revela sobre cómo el capitalismo tardío ha encontrado en la masculinidad herida su filón más rentable.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Empecemos por el lado que nos resulta cómodo, el que nos da placer sin culpa aparente: Pedro Pascal. Porque ahí también hay trampa.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">La filósofa Carolina Meloni lo ha descrito como «el hombre que toda hetero o bisexual quisiera tener a su lado», y tiene razón en el diagnóstico pero quizás no en el entusiasmo. Porque Pedro Pascal no es una revolución. Pedro Pascal es un síntoma de lo que nos falta. Sus personajes —Joel en The Last of Us, Din Djarin en The Mandalorian, un catálogo de hombres exhaustos que cuidan igual— encarnan una masculinidad que la psicóloga Marilú Rasso describe como «performativa que no es violenta»: protección, vulnerabilidad y ternura. El director Craig Mazin lo formuló de otra manera: su atractivo se debe a que «todo el mundo tiene buenos recuerdos de una figura paterna positiva en su vida, o un terrible vacío donde debería haberla habido». Nostalgia o anhelo. Siempre la misma herida con distinta forma.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cem>\u003Cstrong>Lee |\u003Ca href=\"https:\u002F\u002Fresumen.cl\u002Farticulos\u002Fcansados-de-malas-noticias-asi-nos-quieren-saturadas-e-incapaces-de-imaginar-un-futuro-mejor\"> ¿Cansados de malas noticias? Así nos quieren: saturadas e incapaces de imaginar un futuro mejor\u003C\u002Fa>\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fem>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Pero quedarse aquí sería hacer exactamente lo que el sistema quiere: consumir la imagen sin interrogar la estructura que la produce. Pascal necesita una lectura más sucia, más incómoda.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Pascal encarna un hombre que exhibe atributos culturalmente codificados como femeninos —la ternura, el llanto, el cuidado— sin perder ni un gramo de su capital simbólico. El truco es ese: puede permitirse la vulnerabilidad porque tiene suficiente capital —de fama, de clase, de éxito— para absorberla sin quebrarse. Lo que en un hombre corriente se leería como debilidad, en él se lee como profundidad. Esa asimetría es profundamente clasista. El cuidado sin épica, el cuidado cotidiano, el cuidado que nadie viraliza, sigue siendo mayoritariamente femenino e invisible.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Lo que deseamos en Pascal no es a Pascal: es la representación de algo que echamos en falta en los vínculos reales. Es un objeto de deseo construido sobre la orfandad afectiva de toda una generación de mujeres que aprendieron que los hombres reales no cuidan, no lloran, no sostienen. Pascal ocupa ese espacio con una precisión casi quirúrgica: es lo que el patriarcado nos quitó convertido en fantasía consumible. El problema no es desear eso. El problema es que tengamos que desearlo como excepción.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Ahora el otro lado. \u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Trump no llegó a la presidencia dos veces porque los hombres jóvenes sean tontos. Llegó porque el capitalismo lleva cuarenta años rompiéndolos sistemáticamente y la derecha fue más rápida que la izquierda en ofrecerles un relato para ese dolor. Y aquí es importante detenerse: no estamos hablando de culpabilizar a estos chicos. Los malestares materiales —precariedad, imposibilidad de acceder a la vivienda, salarios que no dan, futuros que no llegan— se convierten en reacción antifeminista cuando no hay otra narrativa disponible para nombrarlos. No son monstruos. Son jóvenes que buscan pertenencia, reconocimiento, un lugar en el mundo que no les pida que se disculpen por existir. El problema no son ellos: es el sistema que convierte ese malestar legítimo en combustible para el odio.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cem>\u003Cstrong>Te puede interesar | \u003Ca href=\"https:\u002F\u002Fresumen.cl\u002Farticulos\u002Fla-zanja-que-el-desierto-borrara-sobre-la-obscenidad-de-excavar-una-frontera-en-atacama\">La zanja que el desierto borrará: sobre la obscenidad de excavar una frontera en Atacama\u003C\u002Fa>\u003C\u002Fstrong>\u003C\u002Fem>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">La manosfera no inventa ese malestar. Lo captura. Lo redirige. Lo transforma en odio con un nombre de mujer. Según el reporte Diverting Hate (2024), existe una correlación directa entre el consumo de contenido de la manosfera y actos de violencia masiva. Plataformas como YouTube, X y TikTok sirven de escenario para influencers que promueven narrativas misóginas aprovechando algoritmos que amplifican lo que más rabia enciende. El resentimiento es un producto rentable. La soledad masculina, un mercado enorme.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Las consecuencias no son abstractas. En septiembre de 2025, un estudiante de 19 años influido por la ideología incel asesinó a un compañero dentro de la UNAM. Ese mismo año, dos profesoras fueron asesinadas en Michoacán por un alumno vinculado a estas comunidades digitales. El tiroteo en Allen, Texas (2023): el perpetrador consumía contenido de la manosfera. Estos no son casos aislados: son el extremo visible de una radicalización que se produce en silencio, pantalla a pantalla, en los cuartos de adolescentes que se sienten residuos sociales y que encuentran en el odio una forma de comunidad. Mientras tanto, según ONU Mujeres, en 2024 murieron asesinadas por sus parejas o familiares casi 50.000 mujeres en todo el mundo. El mandato de masculinidad no es una metáfora. Es una estadística de personas asesinadas.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Y esto no es un fenómeno lejano. En Chile el discurso antifeminista en redes ha crecido hasta ser el más concentrado y radicalizado de los doce países analizados por la consultora LLYC en 2024. Las comunidades antifeministas chilenas generan un 30% más de conversación que el promedio regional. El interés por el feminismo en Google ha caído un 36% en tres años. La contraofensiva es global, pero tiene geografías muy precisas. Y en el país de Pascal, la tensión es máxima.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Trump entendió todo esto antes que nadie. Su masculinidad no es solo una pose: es una oferta. «Soy su guerrero. Soy su justiciero», declaró en la CPAC. A los hombres jóvenes les prometió algo más valioso que el dinero: devolverles un lugar en el orden simbólico que sienten que han perdido. No es ignorancia. Es una narrativa que funciona porque toca algo real —la precariedad, la soledad, el desamparo— y le pone un culpable equivocado.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Es lo que Fernández-Savater diagnostica como la «derechización del malestar»: el capitalismo produce la crisis, la ultraderecha ofrece el relato. Y en ese relato los gymbros se esculpen el cuerpo para recuperar una virilidad que el sistema les niega, los criptobros apuestan a que la especulación les devuelva el control, los incels concluyen que si no pueden ser deseados es porque las mujeres son el enemigo. Son tecnologías existenciales para tramitar una crisis que tiene causas estructurales pero que el sistema se encarga de que no se lean como tales. Baruch Spinoza llamaba «pasiones tristes» a los afectos que disminuyen la potencia de actuar: el miedo, la envidia, el resentimiento, la impotencia. La manosfera es una fábrica de pasiones tristes. Y Trump, su producto más acabado.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Entonces, ¿qué tenemos? Dos imágenes de masculinidad que circulan en el mismo momento histórico sin casi tocarse, dirigidas a audiencias distintas, producidas por el mismo sistema que se beneficia de ambas.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Estas dos burbujas casi no se comunican. Y eso es exactamente lo que el sistema necesita para funcionar: que nosotras consumamos nuestra fantasía de masculinidad alternativa en paz, y que ellos consuman la suya de masculinidad restaurada en sus propias cámaras de eco, y que ninguno de los dos grupos se pregunte por qué estamos tan solos los unos de los otros, ni qué estructura económica y política se beneficia de esa separación.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">La brecha de género en el voto no es un problema de comunicación. Es el reflejo de décadas de neoliberalismo actuando diferente sobre cuerpos sexuados. Las mujeres jóvenes votan derechos porque los derechos les han sido arrancados del cuerpo. Los hombres jóvenes votan a la ultraderecha porque el sistema les prometió que ser hombres era suficiente para prosperar, y esa promesa se ha roto, y nadie de la izquierda ha llegado a tiempo con un relato que no suene a culpabilización.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Lo que estamos viendo no es que los hombres «sean así»: es que el fascismo contemporáneo ha encontrado en la masculinidad en crisis su materia prima más barata e inflamable. Y que nosotras, mientras tanto, hemos encontrado en Pedro Pascal un alivio que no es político sino psicoafectivo. \u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Me pregunto, qué hacemos con la economía libidinal que necesita que nosotras fantaseemos con el hombre que cuida mientras ellos fantasean con el hombre que manda, y que nadie conecte los puntos entre las dos fantasías y el mismo régimen que las produce.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">El feminismo tiene una tarea urgente que no es pedagógica: es política. No se trata de explicarle a los hombres jóvenes por qué están equivocados, ni de culpabilizarlos por el malestar que el propio sistema produjo. Se trata, como propone Nuria Alabao, de sacar la cuestión de género de la guerra cultural —donde solo podemos perder— y devolverla al terreno de las condiciones materiales de existencia. Eso significa construir relatos en los que la precariedad masculina y la violencia contra las mujeres no sean problemas opuestos sino síntomas del mismo sistema. De politizar el dolor masculino desde una perspectiva de clase y de género que no empiece por la culpa sino por el diagnóstico compartido: que el mandato de masculinidad produce sufrimiento en hombres y mujeres, aunque de forma diferente. Que destruirlo no es un gesto de generosidad hacia los varones, sino una condición para la emancipación de todos y todas. Que la igualdad no es un castigo para los hombres: puede ser su liberación también.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Y se trata, también, de mirarnos a nosotras mismas con la misma honestidad incómoda. ¿Cuánto de nuestro deseo por Pedro Pascal es deseo político transformador y cuánto es simplemente el deseo de que exista, en algún lugar, un hombre que no haga daño? ¿Y por qué tenemos que fantasear con eso como si fuera un milagro, como si la ternura masculina fuera una rareza en lugar de la base mínima de cualquier relación vivible?\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">Que nos parezca extraordinario lo que debería ser ordinario. Ese es el problema.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n\u003Cp>\u003Cspan style=\"font-weight: 300;\">No Pedro Pascal. El mundo que hace que Pedro Pascal sea una excepción.\u003C\u002Fspan>\u003C\u002Fp>\n",{"post_name":45,"post_title":46},"trump-cuando-matar-una-civilizacion-se-dice-en-voz-alta","Trump: Cuando matar una civilización se dice en voz alta",{"post_name":48,"post_title":49},"humedal-paicavi-estamos-a-tiempo-de-protegerlo","Humedal Paicaví: ¿Estamos a tiempo de protegerlo?",["Island",51],{"key":52,"params":53,"result":55},"ProgressiveImage_nvNmCSyocJVDBg0fZET6EpC0RTL3r7dO4QWZVhVp0w",{"props":54},"{\"thumbnail\":\"\u002Fwp-content\u002Fuploads\u002F2026\u002F04\u002Fellas-desean-a-pedro-pascal-ellos-desean-ser-donald-trump.jpg\",\"title\":\"Ellas desean a Pedro Pascal. 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